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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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Él le rodeó las nalgas con las manos y siguió haciendo magia con su lengua, una y otra vez, hasta que la hizo estar segura de que el corazón y los pulmones iban a estallarle.

– Thorne…

Mientras ella gemía, apenas capaz de moverse y con el sudor de su cuerpo secándose con el frío aire de la noche, él se movió hacia arriba, le separó las piernas y le besó el vientre, los pechos y el cuello.

– ¿Ahora? -susurró ella.

– Mmm -la besó en la boca y Nicole respondió. Podía sentir su masculina dureza contra su cuerpo.

– Pero…

– Ahora. Puedes hacerlo, Nikki -con su boca cortó la posibilidad de otra protesta y con un decidido movimiento se adentró en ella-. Podemos hacerlo.

Cuando sus miradas se encontraron, él comenzó a moverse, despacio al principio, dando tiempo a que el fuego volviera a encenderse dentro de ella. El cuerpo de Nicole reaccionó cubriéndose de un suave sudor, de un ardor líquido, y sintió la presión del deseo tomando forma de nuevo.

Nicole, cuya mente no paraba de girar, acompasó su ritmo al de su cuerpo, abriéndose ante él, aferrándose a él.

Más y más deprisa. Cerró los ojos, pensó que estaba soñando, gimió y oyó la respuesta de Thorne antes de que cayera sobre ella, sobre sus pechos, con el rostro hundido en el hueco de su cuello.

– Oh, Nikki. Mi dulce Nikki.

Se abrazó a él a la vez que la reminiscencia de esas sensaciones se filtraba en sus huesos.

Finalmente su corazón se relajó y pudo volver a respirar.

Nunca se había sentido así… nunca con Paul, sólo con Thorne.

– Bueno, bueno, bueno -susurró él mirándola-. La espera ha merecido la pena.

– ¿Sí? -enarcó una ceja con gesto insolente y supuso que sus ojos le estarían brillando con una pícara luz-. ¿Ha estado bien para ti…?

– ¡No! -él sacudió la cabeza y se rió; el profundo timbre de su voz resonó en las colinas-. No lo hagas, ¿vale?

– Sólo estaba comprobando.

– O haciéndote la graciosa -la besó en los labios y después le frotó los brazos-. ¿Tienes frío?

– Todavía no.

– Lo tendrás, pero tengo algo para remediarlo -sin preocuparse de su ropa, se levantó y silbó a los caballos. La cabeza de General se alzó y se acercó lo suficiente para que Thorne soltara la alforja. De dentro sacó un termo, una botella y un paquete.

– Me da miedo preguntarte qué estás haciendo -temblando un poco, Nicole se puso la falda y el jersey.

– ¿Te estás vistiendo?

– Por si no te has fijado, está helando -miró hacia el arroyo donde el hielo destellaba entre las raíces expuestas de los árboles en el borde del agua.

– Eres dura, puedes soportarlo.

– Tú eres el machote, ¿vale?

– Eso siempre.

Nicole intentó no mirar su desnudez, se negaba a fijarse en el movimiento de los músculos de sus hombros, en la extensión de su pecho o en la oscura unión de sus piernas. Por el contrarío, se concentró en lo que estaba haciendo: tendiendo un pequeño mantel, dándole un paquete envuelto en papel de aluminio y abriendo un termo.

– ¿Qué es?

– La especialidad de Juanita. Tacos suaves y un carajillo.

– ¿Qué? ¿Estás loco?

– No dejas de mencionar mi salud mental, pero créeme, estoy tan cuerdo como tú. Come -se sentó directamente en el suelo y ella desvió la mirada de sus largos y musculosos muslos para aceptar una taza de café caliente con alcohol.

– No puedo creerlo -desenvolvió su taco y le dio un mordisco. Una deliciosa mezcla de sabores explosionó dentro de su boca. Dio un sorbo al café y sintió el caliente líquido deslizarse por su garganta-. Dime que no es así como tratas a todas las mujeres.

– No. Sólo a una -la miró durante un largo minuto y ella, evitando mirarlo a los ojos, hundió su nariz en la taza y dio un trago.

– ¿Entonces soy especial? -dijo bromeando.

– Mucho -seguía mirándola.

Otro sorbo y un bocado más. Nicole quería creerlo con toda la ingenuidad de su ya perdida juventud, pero no se atrevía.

– ¿Tan especial que has necesitado dieciocho años y una tragedia para volver a verme?

Él estaba a punto de dar un sorbo, pero se detuvo con la taza a medio camino de la boca. Uno de los caballos resopló en algún lugar cerca de ellos.

– A lo mejor antes no me he explicado con claridad. He empezado a disculparme por el pasado, pero me has detenido.

– Lo sé, no tienes que…

– Claro que sí, Nikki. Tengo muchas excusas, pero no son más que eso y la verdad es que tampoco son muy buenas. Esperaba que me creyeras y te fiaras de mí.

– Bueno, eso resulta bastante difícil cuando estás ahí sentado como Dios te trajo al mundo y a mí me está costando un gran esfuerzo concentrarme en tu cara, no sé si me entiendes…

– Te entiendo perfectamente -dijo y dejó a un lado su taza. A ella se le detuvo el corazón porque sabía lo que vendría a continuación. En un segundo, había vuelto a agarrarla, a besarla como si nunca hubiera pretendido parar y, tras quitarle la ropa, había vuelto a hacerle el amor.

Nikki, la romántica jovencita que aún residía escondida en las zonas más ocultas de su interior, se sintió en el paraíso al pensar en una historia de amor con Thorne McCafferty.

Pero Nicole, la mujer madura, sabía que acababa de cruzar un umbral en dirección a un infierno emocional.

Nueve

– A menos que se produzcan complicaciones inesperadas, el bebé va a superarlo… -la voz del doctor Arnold fue como un bálsamo calmante, pero Thorne, aliviado, quiso saltar y atravesar el techo del estudio donde había recibido la llamada. Durante horas había estado intentando concentrarse en modificar un contrato que Eloise le había enviado por fax, en contactar con su agente inmobiliario y con su contable, pero en todo momento había estado preocupado por su hermana y el bebé.

Y además estaba Nicole. Siempre la tenía en mente. Habían pasado dos días desde su primera noche juntos al lado del arroyo y había tenido que contenerse para no ir tras ella, pero tenía demasiado en qué pensar como para dejarse llevar por una aventura amorosa.

– … de modo que mientras siga mejorando, diría que podrá marcharse a casa en unos tres días. Ya que a su hermana no se la puede trasladar, supongo que ya han hecho los preparativos para ocuparse del niño.

– Por supuesto -dijo Thorne, aunque la verdad del asunto era que no había hecho muchos progresos en la búsqueda de niñera y a la habitación de arriba aún le quedaba mucho para poder acoger a un recién nacido.

– Bueno, si tiene alguna pregunta, llámeme. Iré a ver al niño cada dos horas y la enfermera me notificará cualquier cambio que se produzca.

– Gracias -dijo Thorne y sintió como si se hubiera liberado del mayor peso que había cargado en su vida-. Gracias a Dios -susurró y descansó la cabeza sobre el escritorio. No podía imaginar lo que habría pasado si el pequeño J.R. no hubiera sobrevivido; en ningún momento había permitido que sus pensamientos vagaran por ese oscuro y doloroso camino.

Tal vez las cosas por fin estaban cambiando. Dejó de lado el papeleo con el que estaba trabajando y, con los pies cubiertos únicamente por unos calcetines, salió del estudio. En la última semana había cambiado sus hábitos, había dejado el estricto estilo de vida que seguía en Denver y se había relajado. El estado de Randi y del bebé había alejado su mente de adquisiciones de empresas, de fusiones y de contratos. Había sentido menos interés por la creación de compañías informáticas que por el rancho… la tierra que una vez había rechazado.

«¿Y Nicole? ¿No es una de las razones por las que la vida aquí ahora te parece tan idílica?».

Al frotarse la barbilla se dio cuenta de que esa mañana no se había afeitado, pero no le importó. De camino a la cocina se preguntó si se estaba ablandando o si es que había espabilado.

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