El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
Para cuando colgó el teléfono, sus hermanos ya se encontraban en el salón. Estaban de pie, calentándose las piernas con el fuego. Sus vaqueros se veían mugrientos y olían a caballo y a suciedad. Una hebilla plateada, la que su padre había ganado en un rodeo hacía mucho tiempo, sujetaba los Levi's de Matt, y el reloj que John Randall había llevado desde que Thorne podía recordar estaba abrochado alrededor de la muñeca de Slade. Todos ellos llevaban recuerdos de su padre, regalos personales que él les había concedido, como el anillo de Thorne. Tenía curiosidad por saber qué promesas les habría pedido cumplir a sus hermanos pequeños, pero no se molestó en preguntarles.
– ¿Qué es eso de que tienes una cita? -preguntó Slade, con una sonrisa que destacaba de la sombra negra que le bordeaba la barbilla.
Thorne miró a su hermano.
– Se me ha ocurrido llevar a Nicole a cenar. Eso es todo.
– Claro -Slade no estaba tan convencido.
Una sonrisa algo maliciosa se fijó en el rostro de Matt mientras se cambiaba de sitio el palillo que tenía en la boca.
– No es exactamente tu tipo, ¿no?
– ¿Qué quieres decir?
– Que es demasiado sencilla para ti -dijo Matt, sin duda divirtiéndose-. Una mujer con tanto cerebro como belleza.
– Esa clase de mujer con la que uno sienta la cabeza -añadió Slade.
Thorne se negó a molestarse por los comentarios fastidiosos de sus hermanos. Ninguno de ellos tenía mucho que opinar en lo que respectaba a asuntos del corazón.
– Es sólo una cita -dijo, aunque sentía que había algo más. Había tenido cientos de citas en su vida, había pasado horas y horas en compañía de muchas mujeres y aun así lo de esa noche parecía diferente… como un poco más serio. Tal vez era porque Nicole trabajaba en el hospital donde su hermana y su sobrino estaban ingresados, pero eso no podía explicar el modo en que se le aceleraba el pulso al verla, las noches en las que soñaba con hacerle el amor, ni el hecho de que estuviera rompiendo una de sus reglas más sagradas: no volver nunca atrás.
Jamás en su vida había salido con una persona con la que ya hubiera estado antes. Le parecía que no servia de nada; si una historia de amor no había funcionado en el pasado, ¿por qué iba a garantizar el éxito una segunda oportunidad? Ya lo decía el refrán: «Más vale prevenir que curar». Y aun así allí estaba, planeando una cita con una mujer que ya había sido su amante mucho tiempo atrás. Se quedó pensativo un segundo y recordó que la había seducido, que le había robado la virginidad y que, después de unas breves semanas de verano, la había abandonado.
No fue porque se hubiera cansado de ella, todo lo contrario. Cuanto más había estado con Nicole, más había querido seguir a su lado, y eso le había aterrorizado. En ese punto de su vida aún le quedaba mucho por hacer, tenía demasiadas ambiciones que satisfacer y no tuvo tiempo para una relación seria ni para una chica a la que bien podría haber elegido como esposa.
Lo cierto era que sus sentimientos por Nicole le habían asustado, pero por otro lado, en aquella época era poco más que un chiquillo. Ahora las cosas habían cambiado.
– Si es sólo una cita, entonces ¿a qué viene todo ese secretismo y por qué me has pedido que…?
– Ocúpate de eso, ¿vale? -le dijo Thorne con brusquedad.
– Vale, vale -respondió Matt con las manos en alto-. Ya lo tienes: dos caballos con sus monturas.
– ¿Qué? -exclamó Slade-. ¿Caballos? ¿Has perdido la chaveta? Vas a salir con una doctora. Una doctora que ejerció en San Francisco antes de venir aquí. Es una dama con clase, sofisticada.
– ¿Pero no una con las que suelo salir? -le preguntó Thorne.
– No la clase de mujer que se sube a un caballo con este tiempo -Slade sacudió la cabeza como si su hermano se hubiera vuelto completamente loco.
– A lo mejor no voy a salir con una doctora -dijo Thorne, aunque vio que era necesario que se explicara-. A lo mejor voy a salir con una vieja amiga, con Nikki Sanders.
– Que ahora es madre, divorciada y licenciada en Medicina.
– Bueno, chicos, vosotros os quedáis aquí guardando el fuerte que ya me ocupo yo de Nikki.
– O ella se ocupa de ti… -apuntó Matt-. Escucha, ten cuidado, ¿vale? No parece ser mujer de una sola noche.
– Y puede que tengamos que ponernos en contacto contigo si hay algún cambio en el estado de Randi o del bebé -aclaró Slade.
– Tendré el móvil encima.
Slade asintió.
– Vale. Por si acaso hubiera algún problema.
– ¡No lo habrá! -Matt era insistente.
– Esperemos que no -dijo Slade, pasándose de manera inconsciente un dedo sobre la cicatriz que le recorría la mejilla-. Ya hemos tenido bastante.
Y Thorne no podía llevarle la contraria en eso. En los últimos años, parecía como si la mala suerte hubiera sido parte del legado familiar. John Randall había vivido su vida al máximo, había hecho fortunas y las había perdido, había disfrutado de una buena salud y se había pensado que Dios le había concedido el derecho de ser guapo, rico y poderoso. Había pasado por encima de ésos que se habían cruzado en su camino, había dejado a una buena mujer por una modelo más joven y había engendrado a tres hijos y una hija. Pero cuando el destino se había vuelto en su contra, destruyendo su fortuna, despojándolo de una caprichosa mujer y robándole su salud, se había quedado impactado, estupefacto por el hecho de que la suerte lo hubiera ignorado y porque los dioses de la fortuna le hubieran dado la espalda y se hubieran reído y mofado de él por su penosa arrogancia, dejándolo finalmente convertido en la sombra del hombre que una vez había sido.
Pero su muerte no había terminado con esa espiral. Randi había perdido a su madre hacía menos de un año. Slade había sufrido su propia pérdida personal y el accidente de Randi, su coma y la enfermedad del recién nacido parecían ser parte de una cruel vuelta del destino.
Pero estaba a punto de detenerse. Tenía que parar. Randi y el pequeño J.R. se recuperarían. El misterio del padre del niño y del accidente quedarían resueltos. Y él mismo sentaría cabeza, se casaría y tendría hijos…
Se detuvo al llegar a lo alto de las escaleras. ¿Cómo había dejado que sus pensamientos fueran tan lejos? ¿Casado? ¿Hijos?
«No en esta vida», se dijo, pero sintió la presión del anillo de boda de su padre en el bolsillo de los pantalones y tuvo la ligera sospecha de que la doctora Nicole Stevenson podría hacerle cambiar de opinión. Y lo cierto era que ya estaba sucediendo porque no podía esperar más a verla otra vez.
¿Por qué había accedido a algo tan estúpido como una cita? Eso se preguntaba Nicole mientras se ponía su vestido negro favorito. Sin embargo, arrugó la nariz con desagrado al verse reflejada en el espejo; era demasiado sofisticado para Grand Hope, aunque por otro lado, Thorne estaba acostumbrado a mujeres de grandes ciudades que acudían a bailes de caridad y a galas de todo tipo.
Tenía más ropa desparramada por la cama, desde pantalones vaqueros negros y jerséis a ese maldito vestido.
– Será sólo para un par de horas -se dijo mientras se sentía como una colegiala preparándose para una cita con el chico más popular del colegio. Finalmente se decidió por unos pantalones de lana grises, un jersey ajustado azul marino de cuello vuelto, unos pendientes de aro de plata y botas negras-. El conjunto para ir a cualquier parte.
– Ey, mami. Estás guapísima -dijo Mindy al entrar en el dormitorio con su pijama.
Molly entró deslizándose y sorbiéndose la nariz por el catarro.
– Gracias -dijo Nicole-, pero estáis predispuestas.