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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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Mindy chilló, Jenny reaccionó y Nicole no pudo haber salido de la casa más deprisa. Se puso la chaqueta, le plantó un beso a cada niña en la frente y volvió a hacerlo cuando las gemelas armaron un pequeño escándalo. Según salía con Thorne hacia el porche, podía oírlas gritar y llorar:

– Mami… no te vayas… mami, mami, mami… por favooooooor.

– Es bonito ver que te quieren -apuntó Thorne mientras le sujetaba la puerta de la camioneta.

– Siempre lo es -respondió ella mirando hacia la casa, donde dos pequeñas caras tristes se pegaban al cristal de la ventana de la cocina. Las saludó con la mano, pero las niñas no le devolvieron más que un gesto de tristeza y desamparo-. Esto les durará menos de dos minutos. En cuanto la camioneta desaparezca al doblar la esquina, volverán a estar tan contentas.

– ¿Estás segura?

– Segura -se recostó sobre el asiento y lo miró-. Bueno, señor McCafferty, ¿Adónde vamos?

Su sonrisa fue un destello blanco en la oscuridad.

– Ya lo verás -respondió él antes de echar marcha atrás y ponerse en camino.

– Con que ahora te pones misterioso, ¿eh?

– Yo siempre soy misterioso.

– En sus sueños, señor McCafferty -dijo ella.

– No, Nikki -respondió mirándola-. En los tuyos.

Ocho

– ¿Estás loco? -preguntó Nicole sacudiendo la cabeza cuando Thorne entró en el camino que conducía al rancho Flying M, el último lugar en el mundo en el que ella quería estar. Demasiados recuerdos, demasiados sentimientos hacía tiempo olvidados que amenazaban con poner en peligro su estabilidad mental.

– Me han acusado de eso más veces de las que crees.

– Creía que íbamos a ver una película o a cenar o… -dejó su frase inacabada cuando limpió el vaho de la ventana y vio la invernal noche tachonada de estrellas.

El hielo se aferraba a las briznas de hierba y reflejaba la luz de los faros. En el campo iluminado por una luna perlada, las oscuras siluetas del ganado y los caballos se movían en silencio. La casa del rancho brillaba en la distancia. Unos cálidos parches de luz resplandecían desde algunas de las ventanas y las luces exteriores le daban al lugar un aire de misterio.Thorne aparcó cerca del garaje y se metió las llaves en el bolsillo.

– No me digas que vas a cocinar tú -murmuró Nicole sarcásticamente.

– ¡No! No me gustaría envenenarte -bajó del coche, lo rodeó y le abrió la puerta a ella.

– ¿Entonces?

– Ya lo verás.

– Otra vez te pones enigmático -comentó al tomar la mano que le había tendido y saltar sobre la arenilla que crujía bajo sus botas mientras se dirigían a los establos de la mano. El corazón ya le golpeaba el pecho con fuerza y un torrente de adrenalina difícil de ignorar la recorría por dentro. ¿Qué tendría Thorne en mente?

Él abrió la puerta y Nicole entró. No estaban solos. Allí había dos caballos, embridados y ensillados.

– Estás loco.

– ¿Eso crees?

– Sin duda.

– Vamos, doctora. ¿Dónde está tu sentido de la aventura? Tú eliges: aquí tienes a General, es dócil como un corderito -dijo Thorne, señalando al caballo color castaño-. O si lo prefieres, puedes quedarte con la señorita Brown, pero he de avisarte porque, al igual que todas las mujeres, tiene mucho carácter.

– Machista.

– Siempre -su sonrisa aumentó mientras ella, negándose a echarse atrás, desataba las riendas de la señorita Brown. Los oscuros ojos del animal la observaron.

– Hace mucho que no me subo a un caballo -admitió Nicole dirigiéndose a la yegua a la vez que la acariciaba-, pero creo que vamos a llevarnos bien -la señorita Brown sacudió su negra cabeza y la brida sonó con fuerza.

– ¿Estás segura? -Thorne se mostraba escéptico.

– Totalmente.

– Sera tu funeral.

– Pues en ese caso asegúrate de mandarme flores.

– Creo que eso ya lo he hecho. Bueno, al menos una flor -Thorne se rió a carcajadas.

Sacaron los caballos por una puerta trasera que daba a unos prados que conducían a un campo cubierto de escarcha.

– Esto es una locura -pensó Nicole en voz alta al comenzar a desabrocharse unos botones de la falda para subir al caballo. La señorita Brown se echó a un lado y se movió inquieta mientras que General esperaba pacientemente a que Thorne montara-. ¿Adonde vamos exactamente? -preguntó agarrando con fuerza las riendas para que su caballo no saliera corriendo-. Y no me digas «ya lo verás».

– Adivínalo.

– No podría -mintió, porque en su interior sabía la respuesta, con tanta seguridad como si él se la hubiera dicho. Cruzaron varias verjas; los animales se mostraban inquietos y la luna parecía una bandeja brillante sobre las oscuras colinas recorridas por el riachuelo.

El corazón de Nicole seguía palpitando con fuerza y se mordisqueó un labio cuando en la última verja Thorne golpeó con la rodilla al caballo y General comenzó a trotar suavemente. La señorita Brown desbocó estirando sus patas, algo más cortas, e intentando desesperadamente no quedarse atrás.

– Tranquila, chica. A su debido tiempo -inclinándose hacia delante, Nicole la acarició, pero según pronunciaba las palabras se preguntó si estaba hablando con el caballo o dándose a sí misma un necesario consejo. ¿A qué venía ese paseo a caballo con Thorne bajo la luz de la luna?

El viento le azotaba el pelo y el aire frío le rozaba las mejillas. Su falda volaba tras ella y un estado de euforia le levantó el espíritu. ¡Podría dejarse llevar por el romanticismo con tanta facilidad! Pero no lo haría.

Por Thorne. No podía confiar en ese hombre, ya se lo había demostrado en su momento y sería una auténtica tonta si volvía a entregarle su corazón.

– Nunca -se juró en voz alta.

– ¿Qué? -Thorne volvió la cabeza. Con gesto tranquilo y el pelo alborotado por el viento parecía más peligroso y oscuro que nunca. Ya no era el pez gordo de una empresa, sino un hombre poderoso, tan salvaje y firme como esa extensión de tierra de Montana.

– Nada. No… No es nada -dijo y, en un intento de evadir las preguntas que pudiera lanzarle, arreó a su pequeña yegua y le dio rienda suelta.

La señorita Brown salió disparada, sus cascos resonaban con fuerza y sus patas se estiraban y retraían. Más y más deprisa, adelantando al caballo más grande como si él estuviera caminando pesadamente.

Nicole se rió. La luz de la luna jugaba con su corazón y con su mente. El viento le arrancaba lágrimas de los ojos y le enmarañaba el pelo. Se sentía más libre y joven que en años, una chica invadida por el amor. Miró hacia atrás y vio a Thorne, agachado hacia delante, con sus ojos como el punto de mira de un rifle y su boca cerrada en un gesto de determinación y satisfacción.

– Oh, Dios -susurró Nicole, y después gritó-: ¡Arre! -la pequeña yegua corrió incluso más deprisa, el polvo se arremolinaba a su alrededor. Avanzaron sobre la tierra lisa hasta que aparecieron los árboles que rodeaban el riachuelo, unas torres negras y enormes que bordeaban el campo y que cada vez estaban más cerca. Nicole tiró de las riendas y oyó a General bufar cuando Thorne lo hizo detenerse.

Intentó recuperar el aliento.

¿Cuánto hacía desde la última vez que había estado allí? ¿Diecisiete años? ¿Dieciocho? Pero entonces había sido verano, una época de juventud y calor, de días excitantes en los que el roce de los labios de Thorne contra su nuca resultaba tan sensual y agradable como una fría brisa.

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