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Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:

Cuando Thorne McCafferty regresó apresuradamente al rancho familiar, lo único en lo que pensaba era en si su hermana Randi sobreviviría al accidente por el que estaba en el hospital. En ningún momento se esperaba que la doctora de urgencias que la había atendido fuera un viejo amor.
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
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– ¿Qué significa eso? -preguntó Molly con desconfianza.

– Que os gusto porque soy vuestra mamá.

– Sí -asintió Mindy, corriendo en círculos alrededor de Nicole. Molly corrió más deprisa a la vez que se deslizaba sobre el suelo de madera.

– Tened cuidado -dijo Nicole.

– ¿Están entreteniéndote? Chicas, vamos a la cocina -gritó Jenny-. Vamos a hacer palomitas.

– No pasa nada -gritó Nicole.

Molly comenzó a perseguir a su hermana y las dos se rieron mientras Nicole se recogía el pelo, se aplicaba máscara de pestañas, un poco de sombra de ojos y un toque de pintalabios. Después volvió a mirarse al espejo. Estaba impactada por su imagen y no porque estuviera para morirse de guapa, sino porque tenía una luz en la mirada que la dejó asustada. Parecía una mujer enamorada.

– No vayas -se dijo al ver las luces de los faros a través de los cristales de la ventana. «Thorne».

– ¿Ir adonde? -preguntó Molly.

– No querrías saberlo.

– ¿Adónde vas? -preguntó Mindy.

– Voy a salir -Nicole se agachó para abrazarlas, con cuidado de que la nariz goteante de Molly no le rozara el jersey-. Ven, vamos a arreglar esto -dijo alargando la mano para tomar un pañuelo de papel, pero Molly sacudió la cabeza bruscamente y salió corriendo.

– No pasa nada.

Nicole la alcanzó en la cocina donde Jenny estaba haciendo las palomitas y el olor a mantequilla y el sonido de los granos de maíz saltando le recordó a un polígono de tiro al blanco. Se oyó un golpe en la puerta y las gemelas salieron corriendo hacia el salón tan rápido como les permitieron sus pequeñas piernas.

– ¡Yo abro! -gritó Mindy.

– ¡No, yo! -Molly, con sus elásticos ricitos volando sin control, la echó a un lado. Nicole llegó justo cuando Mindy, sin ni siquiera mirar por la ventana, abrió la puerta. Un aire frío entró en la casa. Thorne estaba en la entrada y Nicole, con Molly en brazos, logró sonarle la nariz a la niña entre violentas protestas y gritos.

– Lo siento -dijo ella, mirando por encima de su hombro. Se le había soltado el pelo del recogido-. Entra.

– ¡No, no! ¡No, mami! -gritó Molly.

Thorne entró, Nicole tiró el pañuelo usado y se apartó de un soplido los mechones de la cara. Molly, con el orgullo herido, corrió a su habitación mientras Mindy, chupándose un dedo, miraba al alto extraño con unos ojos abiertos de par en par y desconfianza.

– Es mi hija Mindy -dijo Nicole- y el tornado que se ha ido chillando por el pasillo es Molly.

– ¡No soy un «nado»! -protestó Molly.

Thorne no pudo contener la sonrisa.

– Y yo que al oírlo he pensado que le estabas arrancando la piel a unos gatos vivos.

– ¡Te odio, mami! -gritó Molly y cerró la puerta.

Nicole ignoró el arrebato de su hija y se colocó el pelo.

– Me alegra que hayas podido ver mis habilidades maternas en acción.

La puerta al fondo del pasillo volvió a abrirse.

– Lo digo en serio, en serio. ¡Te odio!

¡Pum! La puerta se cerró de golpe.

– Discúlpame -la sonrisa de Nicole fue algo forzada-. Tengo que ir a ocuparme de mi hija.

– Yo también -Mindy siguió a su madre por el pasillo.

Nicole podía sentir los ojos de Thorne en su espalda y deseó que hubiera ido a otra hora del día. ¿Por qué las niñas tenían que armar jaleo justo ahora? Llamó suavemente a la puerta. Los sollozos de Molly eran exageradamente altos cuando Nicole entró y la encontró echada dramáticamente sobre una de las camas.

Nicole cruzó la habitación esquivando muñecas, ropa y cochecitos tirados por el suelo.

– Venga, cielo, no es para tanto.

– Es… es… -dijo Molly hipando entre lágrimas.

Nicole la estrechó entre sus brazos y comenzó a mecerla lentamente con la cabeza de la niña en la parte interior de su cuello, sin pensar en cómo las lágrimas podían estropearle el jersey.

– Shh, shh, cielo -le susurró mientras Mindy, sin querer quedar apartada, le rodeó una pierna con sus regordetes y pequeños brazos y se quedó mirando a la puerta. Allí mismo apareció Thorne, cuyos hombros casi llenaban la anchura de la misma. Una sonrisa se formó en sus labios y se cruzó de brazos.

– ¿Quién es? -preguntó Molly.

– Un… un amigo. El señor McCafferty.

– Thorne -la corrigió él, y Molly lo miró con el ceño fruncido.

– Vaya nombre tan raro -dijo Molly.

Mindy dejó escapar una risita.

– Es gracioso.

– ¿Ah sí? -los ojos de Thorne se iluminaron ligeramente y se agachó-. Pues me ha estado fastidiando desde que puedo recordar. Muchos niños se burlaban de mí. Bueno, ¿y vosotras cómo os llamáis?

Mindy se mordió el labio.

– Ella es Mindy -dijo Molly mirando a su hermana con desdén; se había olvidado de las lágrimas y del disgusto.

– ¿Y tú eres…?

– Molly -bajó al suelo y miró al extraño.

– El señor McCaffer… eh, Thorne y yo vamos a salir.

– ¿Necesitas ayuda? -la voz de Jenny llegó a la habitación. Thorne entró y la joven apareció por detrás con los brazos estirados hacia las gemelas.

– Jenny, te presento a Thorne McCafferty -dijo Nicole y, antes de poder terminar de hablar con la niñera, las gemelas corrieron a los brazos de la chica.

– ¿Palomitas? -preguntó Molly.

– ¿Queréis?

– ¡¡Sííííí!! -respondió Mindy con entusiasmo.

– Vale. Vamos a la cocina a llenar unos cuencos -Jenny le guiñó un ojo a Nicole, murmuró un rápido «encantada de conocerte» y sacó a las niñas de la habitación.

– Bienvenido a mi vida -dijo Nicole recorriendo la habitación con un movimiento de manos-. Es un poco ajetreada.

Él asintió lentamente.

– Entre esto y urgencias, no paras en todo el día -alzó un lado de la boca-. Aunque creo que no cambiarías esto por nada.

– Bueno, pues ahí está usted equivocado, señor McCafferty. En mi mundo ideal soy rica, vivo en una isla privada tropical y mis niñeras cuidan de mis hijas mientras yo me tumbo al sol en la piscina, bebo daiquiris helados y un tío bueno llamado Ramón me da un masaje en las piernas.

Él se rió a carcajadas y Nicole lo acompañó.

– Te morirías de aburrimiento en dos días.

– Probablemente -admitió-. Por muy loca que parezca, me gusta mi vida -intentó pasar por delante de él, pero Thorne la agarró por la muñeca.

– No es ninguna locura.

– ¿No? -el pulso se le aceleró y pudo sentir la calidez de sus dedos contra su piel.

– Está bien.

La mirada de Thorne quedó prendida a ella y por un segundo Nicole creyó que volvería a besarla, allí en la casa, con las niñas a escasos metros. Las rodillas le temblaban sólo de pensarlo.

– No hay mucha gente que valore sus vidas y se den cuenta de lo afortunados que son -ahora llevó la mirada hasta sus labios.

– ¿Y qué me dices tú? ¿Sabes que eres un hombre con suerte?

Él alzó una oscura ceja con aire insolente y el pulso de Nicole palpitó de forma peligrosa. Le rodeó la muñeca con más fuerza.

– En este momento me siento muy afortunado -agachó la cabeza y su aliento le acarició la cara-. Muy, muy afortunado -la besó en la mejilla y ella respiró entrecortadamente. Después, la soltó-. Creo que sera mejor que nos vayamos.

«Dios mío». Nicole estuvo a punto de caer contra la pared, pero recuperó la calma.

– Dame un par de minutos para cambiarme, a este jersey le hace falta -fue a su dormitorio con piernas temblorosas y cerró la puerta. ¿Pero qué le sucedía? Sólo le había tocado el brazo, ¡por el amor de Dios! Ni siquiera la había besado y aun así había estado a punto de derretirse, como una colegiala tonta e inocente. «Como la jovencita que eras cuando saliste con él».

De pronto, furiosa consigo misma, se quitó el jersey, miró hacia abajo y vio que sus pantalones tampoco habían se habían librado. Suspiró. En el fondo del armario encontró otro jersey, uno rojo con cuello en «V»; se lo puso y se cambió los pantalones por una falda negra que se abrochaba por delante. Sin dejar de farfullar, se soltó el pelo y se pasó un cepillo varias veces hasta que le pareció que estaba bien… bien para el gusto de Thorne McCafferty. Descolgó su chaqueta favorita, una de cuero negro, y fue hacia la cocina donde Thorne, aún con gesto de diversión, veía cómo Molly lanzaba palomitas a su hermana cuando Jenny se despistaba.

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