El Destino Aguarda
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Destino Aguarda». Краткое содержание книги:
Nicole Stevenson nunca había olvidado la pasión de juventud que había compartido con Thorne… ni el daño causado por un rechazo para el que no había habido la más mínima explicación. Ahora había madurado y, sin embargo, él seguía teniendo la habilidad de hacer que se sintiera como una torpe chiquilla. Aunque, de todos modos, ¿cómo podía encajar un ejecutivo millonario en su tranquila vida de madre soltera?
– ¡No quiero extraños en esta casa! -dijo la firme voz de Juanita.
– Thorne está entrevistando a unas niñeras…creo que las ha mandado una agencia -dijo Slade.
– Precisamente uno que sólo quiere ganar dinero. ¿Qué sabe él de cuidar bebés?
– Bien dicho.
– Me arden las orejas -dijo Thorne cuando entró en la cocina.
Juanita tenía las manos llenas de harina y estaba utilizando todo su peso para estirar masa con un rodillo. De vez en cuando se paraba para espolvorear la masa con avena o harina y el gesto de su cara era de absoluto enfado.
– Ese bebé necesita a su madre y la señorita Randi… ¡no querría que alguien a quien no conoce y en quien no confía se ocupara de su hijo! -Juanita se tomó unos segundos y se santiguó-. Ya les he dicho esto antes.
– Aún no he contratado a nadie.
– Bien -Juanita soltó una sarta de palabras en español que Thorne agradeció no poder entender.
Slade se rió y sacudió la cabeza. Se metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó un pedazo de papel doblado.
– Larry Todd ha firmado. Voy a reunirme con él en… -miró su reloj- media hora.
– Bien.
– Esta tarde a última hora Kurt Striker vendrá a hacernos una visita. ¿Estarás por aquí?
– Por supuesto. ¿Ha descubierto algo más?
– Nada que yo sepa, pero luego lo veremos -Slade fue a la puerta trasera, donde le esperaban sus botas. Cerca, Harold, el perro medio tullido de su padre, estaba tumbado sobre una alfombra. Harold movió el rabo y Slade lo recompensó acariciándolo detrás de las orejas mientras Juanita les dirigía una mirada de advertencia al perro y al hombre.
– Acabo de fregar los suelos.
– Lo sé, lo sé.
Harold apoyó la cabeza entre sus patas y la miró con ojos tristes.
– Quédate ahí -dijo ella señalando al perro con el rodillo.
– No se está moviendo -respondió Slade.
– Buenas noticias -dijo Thorne haciendo que Juanita y Slade le prestaran atención.
– ¿Sobre la señorita Randi?
– Sobre el bebé. Está recuperándose.
Slade dio un grito de alegría y Juanita rezó y se santiguó con los ojos llenos de lágrimas de alivio.
– Lo sabía -dijo.
– ¿Lo sabe Matt? -preguntó Slade, incapaz de dejar de sonreír y con los ojos rojos.
– Creo que no. Acabo de recibir la llamada. ¿Por qué no se lo cuentas?
– Ahora mismo.
– Bien -Thorne se pasó una mano por la barbilla-. Yo iré a la ciudad y hablaré con algunos abogados sobre el asunto de Randi y después me pasaré por el hospital. Os veré a ti y a Striker luego.
– Muy bien -con un escueto saludo a Juanita, «la guardiana» como a veces la llamaba, Slade desapareció por la puerta de atrás.
– Gracias a Dios que el bebé va a salir adelante -dijo Juanita al volver a ponerse a trabajar con la masa-. Y en lo que respecta a ése… -señaló con la cabeza hacia la puerta que estaba cerrándose tras Slade-, es demasiado… irrespetuoso… -añadió en español-. Demasiado -agitó una mano y al hacerlo levantó una nube de harina a su alrededor.
– Demasiado irreverente.
– Sí. Irrespetuoso.
– Y lo dices tú, que una vez te referiste a la madre de Randi como «bruja».
– Eso fue hace muchos años y es irreverente…
– Querrás decir «irrelevante».
– Era verdad.
– Si tú lo dices.
– Lo digo.
– Él ha tenido que luchar contra sus propios demonios.
– Sí -Juanita apretó los labios y metió las manos en el cuenco para volver a su tarea, aunque en el fondo tanto ella como Thorne comprendían a Slade y el tormento personal que había padecido.
Con esos pensamientos negativos en la cabeza, Thorne volvió al despacho y llamó a Eloise, que no pudo ocultar con su voz la tensión que se vivía en la oficina.
– Buzz Branson ha estado llamando dos veces al día. A tu contable le gustaría hablar de los beneficios y pérdidas de la construcción de Hillside View y Annette Williams ha dejado su número en dos ocasiones -su conciencia le dio una punzada ante el nombre de Annette, aunque pensaba que habían llegado a un entendimiento la última vez que habían hablado. Estaba claro que no.
– Si me llama alguien, dale el número de aquí. Si no estoy, pueden dejar un mensaje en el contestador.
– Lo haré. Y ahora puede que quieras saber que se sigue hablando de una huelga organizada por el sindicato de carpinteros y que podría afectar a una de las cuadrillas. Además uno de los socios de Tech-Link está siendo investigado por Hacienda.
Thorne emitió un largo silbido.
– Estás llena de buenas noticias, ¿eh?
– No me gustaría que te sintieras poco querido -le dijo Eloise irónicamente.
– No te preocupes. Y como ya te he dicho, dales mi número… lo tengo conectado a dos líneas y a un contestador automático, así que recibiré todos los mensajes.
– Lo haré -prometió.
Thorne colgó sintiéndose más decepcionado con su trabajo que en mucho tiempo. Miró por la ventana los relucientes acres de la tierra en la que habían crecido. Apoyó un hombro contra el marco de la ventana con los pulgares enganchados en el cinturón de sus vaqueros y observó a una manada de ganado moviéndose perezosamente por los acres marcados por el frío. Unos pelajes rojos, negros y moteados en gris se movían lentamente y de vez en cuando un ternero que se quedaba solo berreaba.
Thorne había amado aquel lugar de niño, le había dado la espalda al crecer y se había pasado los siguiente veinte años evitándolo. Ahora, le había llegado al corazón. Al igual que cierta doctora. «Lo estás perdiendo, McCafferty», pensó sin la más mínima pena. «Lo que sea que te alejó de tu padre y de tus hermanos se está apagando con la edad».
Y no podía permitir que eso sucediera.
En lugar de quedarse divagando sobre cómo había cambiado su actitud, fue hacia las escaleras y subió a su habitación. Ya habían llegado algunas de sus ropas y pensó que lo mejor sería sacudirse de encima esa sensiblera nostalgia que lo había invadido desde que había vuelto a ver a Nicole. Sacó su traje favorito, uno gris con camisa blanca almidonada y corbata burdeos, fue al baño, se dio una ducha y se afeitó.
– ¿Aún no ha respondido? -preguntó Nicole a la enfermera de la UCI.
Randi McCafferty yacía quieta, inmóvil, con los monitores conectados y los vendajes ya retirados de su cara. Estaba recuperándose lentamente, al menos por fuera, pero parecía estar peor que nunca. Su piel había perdido color, estaba llena de costras y sus mejillas seguían hinchadas.
– No. Hasta hemos hablado con ella y uno de los hermanos… el que tiene los ojos oscuros…
– Matt.
– Sí. Ha estado aquí antes y ha hablado con ella durante quince minutos, pero no se ha visto la más mínima respuesta -sostuvo la mirada de Nicole-. A veces esto lleva tiempo. El doctor Nimmo no está preocupado todavía y es el mejor neurocirujano de por aquí.
Eso era verdad, y los otros médicos que estaban atendiendo a Randi, la doctora Oliverio, un traumatólogo y una tocoginecóloga, también eran de los mejores.
– Lo sé, pero esperaba que ya se hubiera empezado a notar. Ya que el bebé está recuperándose, sería muy bonito…
Volvió a mirar a la hermana de Thorne. «¡Despierta, Randi! ¡Tienes mucho por lo que vivir!».
– Por desgracia la prensa sigue husmeando. Han llamado varías personas del periódico local y una mujer ha intentado meterse aquí. Se hizo pasar por la hermana de la paciente.
– Randi no tiene hermanas -dijo Nicole furiosa.
– Lo sabíamos -la enfermera sonrió-. Los de seguridad se ocuparon de ella.
Nicole deseó que los periodistas dejaran a Randi y al bebé tranquilos. Comprendió que el misterio que rodeaba el accidente y el embarazo de Randi era un acontecimiento en esa pequeña ciudad, pero le parecía que era algo desproporcionado. Los pacientes necesitaban recuperarse… sin el ojo de la prensa escudriñándolos.