La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Pero ¿es que no has escuchado una sola palabra de lo que ha dicho antes? -preguntó, incrédula.
– Ahora mismo está un poquito desilusionado. Cansado. La muerte de Melinda y el caso Eldridge han hecho mella en él -de repente le brillaron los ojos-. Pero eso cambiará. Ya lo verás.
– No lo creo.
– ¿Ah, no? Tú tienes el defecto de malinterpretarlo, hija. Hace nueve años, creíste que Melinda y él habían roto.
Savannah bajó los dos escalones para quedar al mismo nivel que su padre.
– Travis pensaba que estaba embarazada. Y tú respaldaste la versión de Melinda.
– Me la creí.
– Era mentira.
– Yo no sé nada de eso -Reginald frunció el ceño-. ¿Es lo que te ha dicho él? Bueno, es lógico, ¿no? -volvió a suspirar-. Ten presente que nadie le puso una pistola en la cabeza para que se casara con Melinda, con bebé o sin bebé de por medio. Él se casó con ella por decisión propia y su matrimonio duró cerca de nueve años. ¡Nueve años! -se interrumpió-. Oh, por supuesto que se sentía atraído hacia ti. Esa atracción siempre ha existido, todavía existe, pero es sólo física. Es la misma diferencia que va del amor al deseo, de una esposa a una amante -al ver la expresión consternada de su hija, le dio unas palmaditas cariñosas en el brazo-. Ya sabes que yo únicamente quiero lo mejor para ti, cariño…
– ¿De veras, papá? -replicó, dominando a duras penas su furia-. Yo no estoy tan segura. Porque lo menos que podías haber hecho era decirme que sabías lo mío con Travis.
– ¿Para qué? ¿Qué sentido habría tenido eso? Vuestra aventura había terminado y él se había casado. Lo más inteligente era dejar las cosas en paz.
– ¿Cuándo vas a convencerte de que no puedes manipular mi vida, así como tampoco obligar a Travis a presentarse a gobernador?
Reginald parecía repentinamente cansado.
– Yo no pretendo manipularte, Savannah. Sólo estoy intentando ayudarte a tomar las decisiones adecuadas.
– ¿Y la decisión adecuada sería olvidarme de Travis?
– Es que no quiero verte sufrir otra vez -susurró-. ¿No basta con un matrimonio desgraciado en la familia?
– Pero Wade y tú…
– Somos buenos socios, no me entiendas mal -Reginald desvió la mirada hacia el salón, donde su yerno seguía sentado en el sofá-, pero nunca debió haberse casado con Charmaine y, además, es un pésimo padre para Josh -sonrió, tenso-. Usa la cabeza, Savannah. No dejes que te obnubile el corazón -finalmente se volvió para dirigirse a su despacho.
Savannah intentó ignorar su consejo mientras subía las escaleras hacia la habitación de Josh.
Seis
Las luces de seguridad creaban un resplandor azulado, etéreo, sobre el paisaje nevado. Travis esperaba en las cuadras. Su alta y oscura figura se recortaba contra la puerta.
Estremecida de frío y procurando olvidar las advertencias de su padre, Savannah se dirigió a su encuentro.
– ¿Qué tal está Josh?
– Bien, supongo.
– ¿No estás segura?
– ¿Cómo te sentirías tú si tu padre te hubiera humillado delante del resto de la familia?
– No muy bien.
– ¿Lo ves? Supongo que estará «no muy bien» en estos momentos.
Travis le tomó la mano, entrelazó los dedos con los suyos y se la metió en el bolsillo del abrigo.
– Supongo que sabrás que no puedes resolver todos los problemas del mundo.
– ¿Es eso lo que te enseñaron en la facultad de Derecho?
– No -sacudiendo la cabeza, la guió por el sendero que llevaba al estanque-. Lo creas o no, he aprendido un montón de cosas solo.
– Y yo no quiero resolver los problemas del mundo. Sólo el de un niño pequeño.
– No es tu hijo.
– Ya lo sé -susurró Savannah-. Ése es el problema.
– Uno de ellos.
Ramas heladas invadían el sendero y se enganchaban en sus abrigos. Las pisadas de sus botas crujían en la nieve recién caída. El barro de la orilla del estanque estaba cubierto de hielo y los desnudos árboles que rodeaban las aguas negras se asemejaban a retorcidos centinelas custodiando un santuario. Un santuario que la fiebre del amor había iluminado nueve años atrás.
Travis se detuvo cerca del viejo roble donde antaño se había sentado tantas veces a reflexionar.
– Ha pasado mucho tiempo -comentó, mirando las oscuras aguas.
El dolor del pasado anegaba por dentro a Savannah.
– Demasiado para volver atrás.
– Eras la mujer más bella que había visto en mi vida -le confesó-. Y eso me asustaba. Me asustaba terriblemente. Me pasé dos días enteros intentando convencerme de que no podía acercarme a ti… ¡de que sólo tenías diecisiete años y eras la hija de Reginald, por el amor de Dios! Pero luego, cuando te vi salir del estanque, desnuda, con ese brillo retador en los ojos… -apoyó un hombro en el tronco del árbol-. Toda mi resolución se fue al garete.
– Estabas bebido -le recordó ella.
– Sinceramente, no creo que eso importara demasiado -él alzó una mano y le delineó la barbilla con un dedo, arrancándole un estremecimiento de placer-. Estaba como hechizado, Savannah. Y no quería estarlo. Dios sabe que luché contra ello, pero no pude -esbozó una cínica sonrisa-. Sigo estando hechizado.
En el momento en que sus labios rozaron los de ella, Savannah escuchó miles de advertencias en su mente, pero las desechó todas. La sensación del cuerpo de Travis apretado contra el suyo resultaba tan embriagadora como la que había experimentado nueve años atrás en aquel preciso lugar.
Travis interrumpió el beso para mirarla a los ojos.
– Quiero que te quedes conmigo esta noche -susurró, acariciándole el rostro con su cálido aliento-. No tienes que prometerme nada. Sólo pasar esta noche conmigo. Ya veremos después.
Savannah recordó de pronto las palabras de su padre: «Es la misma diferencia que va del amor al deseo, de una esposa a una amante».
– Travis…
– Sólo dime que sí.
Embebida de su mirada, contuvo las lágrimas y respondió:
– Sí.
Travis volvió a tomarle la mano y la llevó de regreso por el sendero, hacia los edificios del rancho. Savannah no discutió cuando la ayudó a subir las escaleras del apartamento del garaje.
Contempló el dominio privado de su hermana. El resplandor azul de la nieve entraba por las ventanas. Las artesanías cubiertas de Charmaine estaban dispersas por la habitación, como pálidos fantasmas.
– Ha cambiado un poco en nueve años -observó Travis sin molestarse en encender la luz.
Originalmente, el piso superior del garaje era un amplio apartamento. Travis había vivido allí, en tres habitaciones abuhardilladas. Apenas unos años atrás, Charmaine había convertido el salón y la cocina en su taller de cerámica.
La habitación del fondo, sin embargo, seguía intacta. Hacía años que Savannah no la pisaba. Le despertaba demasiados recuerdos. Demasiado dolor. Se apoyó en el poste de la cama mientras la antigua furiosa decepción se apoderaba de nuevo de su corazón. Lo miró a los ojos. Quería confiar en él, pero su traición se le antojaba terriblemente reciente, como si hubiera tenido lugar apenas esa misma noche.
– Intenta olvidar el pasado -dijo él leyéndole el pensamiento. La tomó suavemente de la barbilla-. Vuelve a confiar en mí.
Savannah se quedó sin aliento cuando sintió sus brazos rodeándole la cintura, la calidez de sus labios contra los de ella. Intentó decirse que lo mejor que podía hacer era apartarlo, seguir el consejo de su padre, pero fue en vano.
– Ya no tienes más excusas -musitó Travis contra su pelo-. Nada se interpondrá entre nosotros esta noche.
«El tiempo se acaba», añadió Savannah para sus adentros. «Probablemente mañana te marcharás». Le echó los brazos al cuello, desesperada, correspondiendo a la pasión de su anterior beso con la fiera necesidad de una mujer que había permanecido alejada de su amado durante demasiado tiempo.