Secretos en el tiempo
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
– Supongo -Rafe se encogió de hombros-. Pero, ya que te estoy secuestrando, no pienses que voy a dejar que vayas corriendo a la policía.
– Llévame otra vez a Boston -Keely se cruzó de brazos-. Ahora.
– No.
Se abalanzó sobre el volante, lo giró y el coche pegó un bandazo. Rafe maldijo mientras recuperaba la dirección, haciendo lo imposible por no perder los nervios.
– Tú y yo vamos a ir a Vermont. Puedes pasarte las próximas tres horas gritándome o tratando de matarnos o disfrutar del viaje. Yo preferiría disfrutar del viaje -Rafe introdujo un disco de música clásica en el reproductor.
Nada más ponerlo, Keely lo apagó.
– ¿Qué pretendes conseguir con esto?
– No lo sé todavía.
– Puedes contarme lo que quieras, no cambiaré de opinión. Mi padre no es capaz de asesinar a nadie. ¿O es que me quieres secuestrar para hacer sufrir a mi familia?
– Tu familia no sabe ni que existes -contestó con dureza Rafe-. Me costaría pedir rescate por una hija que Seamus Quinn no sabe que tiene. Además, tengo dinero de sobra.
– ¿Entonces qué quieres?
– Tiempo -dijo Rafe después de poner el disco de nuevo.
Pero Keely no estaba dispuesta a facilitarle las cosas. Pulsó el botón para expulsar el disco de la pletina, lo sacó y lo lanzó contra el asiento trasero.
– No voy a dejar que te salgas con la tuya. En cuanto el coche se pare, saltaré. Y luego llamaré a la policía para que te detenga.
Rafe miró por el retrovisor, cambió de carril y aceleró con suavidad.
– Lo que más me gusta de ir a Vermont es que no hay una sola señal de stop hasta el lago Aspen. ¿No es asombroso?
Keely apretó los dientes, emitió un gruñido de frustración. Rafe tenía respuesta para todo. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo cretino que era? Miró el teléfono del coche y se preguntó si le daría tiempo a marcar el número de la policía antes de que la detuviera.
Pero Rafe adivinó sus intenciones y agarró el teléfono. Bajó la ventanilla y lo tiró.
– Acúsame también de ensuciar la carretera -dijo él.
Keely se recostó contra el respaldo. Estaba claro que no ganaría ese asalto. Pero tenía tres horas para urdir su huida. Y cuando tuviera un plan, aprovecharía la primera oportunidad que se le presentara. Mientras tanto, se aseguraría de que Rafe Kendrick pagara por todo lo que le había hecho. Por esos besos largos y profundos, por los orgasmos sísmicos. Por las conversaciones apacibles mientras cenaban y por los juegos en la ducha. Por hacerla dudar de su lealtad a los Quinn. Por todo lo que la había hecho… sentir.
Pero, mientras pensaba cómo vengarse, se preguntó si no sería ella la que pagaría más que ninguno. Le gustara o no, se había enamorado de Rafe Kendrick. Y ese podía ser el mayor error que había cometido en toda su vida.
Cuando llegaran a la cabaña, Rafe estaba dispuesto a quitar los seguros de las puertas y dejar que Keely saliera. No había parado de incordiar durante todo el viaje y dudaba seriamente si había hecho bien en llevarla a aquel refugio. Pero, a pesar de sus reproches, exigencias y amenazas, estaba deseando volver a desnudarla y hacer el amor como dos locos.
Si no había contestado a sus preguntas era porque todavía no tenía respuestas. No estaba seguro de por qué había decidido secuestrarla, pero presentía que si la dejaba marcharse sucedería algo espantoso. Y habría sido imposible hacerle ver su postura en el apartamento de Boston. En el lago Aspen tendrían la tranquilidad necesaria para solucionarlo todo. Solo cuando tuviera la certeza de que Keely comprendía su versión de la historia volverían a Boston.
Si el camino hasta la cabaña era difícil de encontrar en verano, en los meses oscuros de invierno era casi imposible. Redujo la velocidad y, al cabo de unos minutos, divisó una señal de madera clavada en un árbol. Nada más ponía Kendrick. Rafe condujo con cuidado entre la nieve y bajó una colina que llevaba a la cabaña, emplazada en la orilla del lago.
Miró a Keely. Estaba examinando los alrededores, sin duda planeando cómo escapar. Pero Kencor había adquirido todas las tierras que rodeaban el lago, así como el lago en sí.
– Los vecinos más cercanos están a tres kilómetros -la informó-. Y solo vienen en verano. Tienes un paseo de cinco kilómetros hasta la ciudad, si es que encuentras el camino.
Hacía frío. Había carámbanos colgando de las hojas, nieve sobre el tejado de la cabaña, aunque el encargado había retirado la del camino desde la llamada de Rafe. La luz del porche brillaba dándoles la bienvenida cuando empezó a nevar.
Rafe aparcó, se estiró hacia la guantera y sacó una linterna.
– Ya estamos -dijo mientras abría la puerta del conductor. Keely se negó a salir del coche. Permaneció de brazos cruzados, mirando testarudamente hacia delante-. Venga, tengo que enseñarte una cosa -añadió después de sacarla del coche a tirones.
Keely lo siguió, tratando de mantener el equilibrio sobre la nieve, mirando hacia los árboles que flanqueaban el camino.
– ¿Adonde me llevas? ¿Piensas atarme a un árbol para que no escape?
Rafe hizo una pausa, como si estuviera considerando la respuesta.
– No es mala idea. Pero los lobos terminarían contigo en menos de una hora. Se me ocurre otra forma mucho mejor de pasar el rato – contestó mientras avanzaban hacia la puerta de la cabaña. Antes de entrar sacó las llaves del coche, se las enseñó a Keely y las tiró a un pozo que había junto al porche-. Por si intentabas quitármelas. Nos iremos cuando yo diga -aclaró.
– ¿Cómo vamos a salir de aquí? -preguntó ella después de mirar al fondo oscuro del pozo. Rafe le dejó la linterna y Keely alumbró hasta convencerse de que no podrían recuperar las llaves-. Estás loco. Has tirado el teléfono y ahora tiras las llaves. Y si hay una emergencia, ¿qué?
– Siempre podemos hacer señales de humo -contestó tras arrebatarle la linterna. Luego se giró hacia la casa, complacida al ver que Keely lo seguía de cerca, asustada por la presencia de unos lobos que, en realidad, hacía años que no se veían por Vermont. Tal como había ordenado, la nevera estaba llena y la chimenea encendida-. Adelante, échale un vistazo. La cocina está ahí. Hay dos habitaciones. Elige la que prefieras -añadió apuntando hacia las puertas que había a sendos lados de la chimenea.
Rafe se sentó en un sofá colocado frente al fuego y se calentó los pies mientras Keely recorría la cabaña. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y trató de contener un bostezo. Solo necesitaba unos momentos de silencio para estar bien. Pero se sobresaltó al oír la puerta trasera.
Ya había salido cuando llegó a la cocina. Rafe echó a correr, se resbaló con los escalones de la entrada y bajó los últimos dos con el trasero. Se levantó, trató de recuperar el equilibrio, se torció un tobillo y volvió a caerse, golpeándose la cabeza en esa ocasión.
– ¡Mierda! -gritó mientras intentaba ponerse de pie. Puso a prueba el tobillo y decidió que no estaba roto. Pero ya no podría alcanzar a Keely. Rafe lamentó haberla perdido de vista. Con el frío, la nieve y todo a oscuras, seguro que se perdería en el bosque. Y cuando la encontraran muerta de frío al día siguiente, él tendría la culpa.
Rafe sintió algo caliente en la frente, se tocó con la mano y notó los dedos húmedos de sangre.
– ¡Mierda! -repitió. Se sentó en un escalón y se llevó la palma a la brecha de la frente.
– ¿Estás bien?
La voz llegó de un árbol cercano.
– ¿Keely?
– ¿Lo estás?
– No -mintió Rafe-. Creo que me he roto el tobillo. Y me he hecho una brecha en la cabeza. Estoy sangrando, maldita sea.
El ojo de la linterna iluminó la nieve y, segundos después, Keely apareció a su lado. Lo observó unos instantes y maldijo con suavidad.