Secretos en el tiempo
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
Le haría frente nada más entrar en el apartamento. Estaba decidida a que le diera alguna explicación. Mientras lo esperaba, había pensado en tomar una copa de vino, pero había resuelto no hacerlo, convencida de que necesitaba estar lo más lúcida posible. Además, con lo irritada que estaba, podría utilizar la botella de vino como arma arrojadiza.
No sabía qué palabras escoger. Solo sabía cómo se sentía: traicionada, confundida, dolida. Era curioso: creía que era inmune a esos sentimientos. Que Rafe no podía hacerle daño si no se permitía enamorarse de él. Pero, ¿entonces?, ¿estaba enamorada de él o el impacto de la noticia la tenía aturdida?
El sonido de la llave en el cerrojo la sobresaltó. No lo saludó de inmediato, sino que optó por observar su sombra. Parecía cansado, tenso, lanzó las llaves sobre una mesa y dejó el maletín en el suelo. Por más que quiso, no pudo verlo como el enemigo. Cuando encendió la luz, Keely contuvo la respiración.
– ¡Keely! -Rafe la vio al instante-. Dios, ¿qué haces aquí?
– ¿Dónde esperabas que estuviera?
– Creía… ¿no deberías estar trabajando? Keely tragó saliva. No estaba segura de si sería capaz de articular una frase coherente.
– Han tenido que cerrar el bar. ¿Te sorprende?
– ¿Se puede saber de qué hablas? -Rafe se alisó el cabello. Luego se acercó despacio a Keely-. ¿Estás enfadada por algo?
– ¿Debería?
– Maldita sea, Keely, si vas a responder a cada pregunta que te hago con otra pregunta, mejor dejamos de hablar. Pero si tienes un problema, cuéntamelo y lo hablamos. No voy a ponerme a jugar contigo.
– ¡Vaya!, ¡no vas a jugar conmigo! ¿Y qué has estado haciendo desde que nos conocimos? No, no contestes. Antes dime: ¿qué hacías en el Pub de Quinn la noche que nos conocimos? -Keely se paró, lo miró a la cara y vio la respuesta en sus ojos-. Has sido tú, ¿verdad? Todo lo que le está pasando a Seamus. Es por ti.
– Keely, yo…
El corazón se le estaba desgarrando por segundos. Una cosa era sospechar de Rafe, pero otra ver confirmadas las sospechas en su cara.
– Crees que Seamus tuvo algo que ver con la muerte de tu padre. Estaba oyendo a mis hermanos hablar del tema y cuando dijeron tu apellido… no podía creérmelo. Pero luego todo encajó. Al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer un hombre rico y de mundo con una empleada de un bar?
Rafe le agarró una mano y la apretó con tal fuerza que Keely no pudo retirarla.
– Escúchame un momento y te lo explicaré. Keely dio otro tirón y consiguió soltarse.
– Dime que no tienes que ver con que la policía haya detenido a mi padre. Dime que no eres tú el que ha mandado al inspector al pub -dijo apretando los puños, reprimiendo las ganas de golpearle-. Dímelo.
– No puedo -contestó Rafe antes de dejarse caer sobre el sofá-. Todo lo que dices es verdad. Encontré un testigo contra Seamus Quinn y lo convencí para que declarase. Llamé a un amigo que tengo en el departamento de inspección y le pedí que examinara el Pub de Quinn. Y cuando Seamus intente encontrar un contratista para limpiar el amianto, no habrá nadie en Boston que acepte. Y he comprado la hipoteca del pub y si fallan en el pago, me quedaré con el bar.
Su sinceridad le cayó como un puñetazo en el estómago, robándole el aire de los pulmones. No podía respirar. Abrió la boca, pero no consiguió hablar. ¿Cómo podía resultarle tan odioso el hombre con el que había compartido tantos momentos tan íntimos?
– Antes de decirme cuánto me detestas, quizá deberías considerar una cosa. ¿Y si es verdad?, ¿y si tu padre es responsable de la muerte del mío?
– No… no puede ser -contestó con voz trémula.
– Me parece que sí. Todas las pruebas lo indican.
Keely caminó hasta la ventana, se agarró a la barandilla y apretó hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
– ¿Y yo?, ¿formaba parte del plan? ¿También me ibas a utilizar contra mi propia familia?
Rafe se levantó, pero ella retrocedió al verlo acercarse. No quería permitir que volviera a tocarla.
– Esa noche, a la salida del pub, no sabía quién eras. Imagínate mi sorpresa cuando me contaste que en realidad eras una Quinn.
– ¿Y no reconsideraste lo que estabas haciendo?, ¿a pesar de saber que era hija de Seamus?
– ¿Por qué había de hacerlo?
Keely se giró, fue a darle una bofetada, pero Rafe le detuvo la mano a tiempo. Luego la soltó.
– Es verdad, no tenías ningún motivo – murmuró ella-. Yo no era más que la tía a la que te estabas tirando. Muy bien, tú estás en un bando y yo en otro, fin de la historia. Pero no vas a ganar. Haré todo lo que pueda para asegurarme de que no haces daño a mi familia.
– Eso no va a pasar -contestó Rafe con una voz tan confiada que le produjo un escalofrío.
Luego la agarró por el brazo y tiró de Keely hacia la puerta. Al principio pensó que su intención era echarla del apartamento, pero luego se paró a recoger las llaves y pulsó el botón del ascensor. No, quería ponerla en ridículo, echándola incluso del portal.
– Suéltame -le ordenó Keely.
– No -dijo él. Entraron en el ascensor, pero no se paró en la planta de salida, sino que continuó bajando hasta el aparcamiento-. Vamos a hablarlo. Y después de oír mi versión de la historia, puedes volverte corriendo con los Quinn. Pero me vas a oír.
– No quiero oír nada que tengas que contarme. Son todo mentiras -Keely forcejeó, tratando de liberarse, pero en el fondo estaba rezando por que Rafe tuviera una explicación que justificara su comportamiento. O que, de alguna manera, entre los dos, descubrieran que se trataba de un gran malentendido.
– Entra -dijo Rafe tras abrir la puerta del coche.
– No.
– Entra -repitió impaciente, haciendo un esfuerzo por contener su frustración.
– Si quieres decirme algo, dímelo aquí.
– No, no podemos -Rafe hizo una pausa-. Necesito enseñarte algo -añadió y la empujó con suavidad para se metiera en el coche. Keely supo que debía haberse resistido, que se había convertido en el enemigo. Pero también sabía que Rafe no era la clase de persona que acusaba de asesino a alguien a la ligera. ¿Tendría alguna prueba que mostrarle?
Se acomodó de mala gana en el asiento del acompañante. No estaba traicionando a su familia por ir con él. Solo necesitaba conocer todos los hechos. Y, sin embargo, se sentía avergonzada. Tenía que reconocer que lo que sentía por Rafe había derrotado su lealtad hacia su familia.
– ¿Adonde vamos? -preguntó mientras él se sentaba.
– A un sitio donde podremos hablar -Rafe arrancó y bajó el seguro de todas las puertas pulsando un botón. Unos minutos más tarde, estaban en la calle, sorteando el tráfico del anochecer.
– ¿Adonde me estás llevando? -repitió Keely con el ceño fruncido cuando Rafe tomó la carretera interestatal norte.
En vez de responder, marcó un número en el teléfono del coche:
– Hola, soy Rafe. Estoy de camino al lago Aspen. Asegúrate de que haya comida en la cocina y de que la calefacción esté dada. Estaremos unos días como poco -dijo y colgó antes de devolver toda su atención a la carretera.
Keely sintió que se le formaba un nudo en el estómago. Nunca había visto a Rafe tan enfadado, tan lleno de rabia, a punto de explotar.
– ¿Se puede saber dónde está el lago Aspen?
– En Vermont.
– ¿Vermont? ¡No quiero ir a Vermont!
– Me da igual. Vas a ir -contestó con frialdad.
– No tienes nada que enseñarme, ¿verdad? Me has mentido para que subiera al coche.
– Si no, no lo habrías hecho.
– ¿Me estás secuestrando? Secuestrar va en contra de la ley. Si no quiero ir a Vermont, me estás secuestrando. Podría hacer que te detuvieran.