Secretos en el tiempo
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
– El caso es que no soy chica de duchas. Prefiero los baños.
Rafe dio un paso hacia ella. Alargó una mano por sorpresa y la agarró por el brazo. Tiró de Keely dentro de la ducha, bajo la cascada de agua corriente y la besó a fondo.
– Te voy a enseñar a que ames también las duchas -prometió él con voz ronca.
Estaba sentado en el banco de un parque, con el abrigo de cachemir abierto al calor del sol de mediodía. Miraba a los patinadores deslizarse sobre un círculo gigante de hielo, recordando el tiempo que había pasado patinando con Keely el día de Navidad. Si alguien le hubiera dicho que iba a pasar la tarde sobre un lago helado, lo habría tomado por loco. Pero debía reconocer que se había divertido. Al terminar el día hasta se había convertido en un patinador pasable.
Había compartido tantas cosas con Keely en los últimos cinco días. Pero, sobre todo, no habían dejado de divertirse: ya fuera en la cama, sin complejos, o cenando tranquilamente con una botella de buen vino o champán, o paseando por el río. Rafe nunca le había dado mucho valor a la diversión, pero era evidente que estaba aprendiendo una nueva dimensión de la vida. Había sonreído más en la última semana que en todo el año anterior. En los anales de sus aventuras con las mujeres, sabía que Keely se alzaría en el primer puesto. Era dulce y comprensiva fuera de la cama, salvaje y apasionada entre las sábanas. Y el contraste lo fascinaba. Otras mujeres habían tratado de dar esa imagen, pero en Keely era genuina.
Con todo, un nubarrón negro seguía cerniéndose sobre ellos. Keely no era solo una mujer con la que se había acostado. Era una Quinn. La hija del asesino de su padre. Y debería estar reprochándose por su comportamiento con ella, en vez de preguntarse qué nueva aventura compartirían juntos esa noche.
Gozaba con su cuerpo. Como ella misma había dicho, no tenían ningún compromiso, nada de ataduras. Solo era un intercambio sexual y el deseo no tardaría en desaparecer. Luego podrían seguir adelante con sus vidas.
– No tienes por qué sentirte culpable -se dijo. Luego soltó una palabrota. Tenía que controlarse. Se estaba obsesionando. Pensaba en Keely a todas horas: se preguntaba qué estaría haciendo, con quién estaría hablando, si estaría pensando en él. Aunque no estaba seguro de haberse enamorado, tampoco podía definir con precisión lo que sentía. Le gustaba Keely. Era bonita, atractiva e intrigante. Y se lo pasaba bien con ella.
Dios, nunca había estado más de un mes con la misma mujer, a una media de dos citas semanales y cinco noches de sexo decente hasta aburrirse. Hizo balance del tiempo que llevaba con Keely y lo sorprendió descubrir que ya había sobrepasado su récord.
– Perdón, ¿eres el hijo de Sam Kendrick? Rafe levantó la cabeza, despertando de su ensimismamiento. Un hombre mayor estaba de pie frente a él, con una chaqueta vieja y un par de vaqueros azules desgastados. El tiempo no había tratado bien a Ken Yaeger. Tenía la cara llena de arrugas, un par de pelos en toda la cabeza, los dientes negros, a falta de un tratamiento en el dentista.
– Sí.
Yaeger se sentó en el banco y se frotó las manos.
– ¿Por qué diablos hemos quedado aquí? Esta ciudad está llena de tabernas con calefacción y whisky. Ya pasé bastante frío cuando era joven. No necesito pasar más -Ken metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una petaca-. ¿Quieres un trago?
– ¿Qué tal ha ido? -preguntó Rafe tras rechazar la petaca con un gesto de la mano.
– Parecían bastante interesados -Yaeger se encogió de hombros-. Me preguntaron por qué quería hablar después de tanto tiempo y les solté un rollo sobre cargos de conciencia. Lo escribí todo en un papel y me dijeron que me llamarían. Tienen que decidir quién se encarga de llevar el caso.
– No entrarías borracho, ¿verdad?
– ¿Qué más da? La verdad es la verdad.
– Quiero oírla -le exigió Rafe-. Cuéntamelo todo tal como se lo has contado a la policía.
Yaeger se paró a pensárselo unos segundos, dio otro trago de la petaca y se aclaró la voz.
– Pues… verás, yo llevaba unos tres años trabajando en el Increíble Quinn. Seamus quería hacer una última salida antes de que llegara el invierno. Yo conocía a Sam Kendrick de Gloucester, y sabía que estaba buscando trabajo. El barco en el que faenaba no solía salir a finales de temporada. Y como tu madre estaba… ya sabes, enferma, Sam no tenía intención de embarcarse luego en invierno. Así que se apuntó a la tripulación de Seamus Quinn para una escapada -Yaeger hizo una pausa y le dedicó una sonrisa mellada a Rafe-. Tu padre era un buen tipo. Podría haber capitaneado su propio barco si hubiera tenido dinero suficiente para comprarlo.
– Estaba ahorrando para hacerlo -comentó Rafe.
– Llevábamos a bordo dos semanas y la bodega estaba medio llena. Entonces empezaron a llegar informes meteorológicos. Seamus quería sortear la tormenta y seguir pescando. Tu padre quería tocar puerto. Pero Seamus tenía la última palabra. Aun así, el tiempo siguió empeorando y al poco todos queríamos volver a tierra. Teníamos un mal presagio y todos sabíamos que si no regresábamos acabaríamos naufragando. Estábamos asustados. No tardamos en estar todos contra Seamus.
– ¿Un motín?
– Más o menos. Tu padre estaba en la cubierta, asegurando el equipo para que las olas no se lo llevaran. Yo estaba arriba, en la caseta del timón. Seamus salió y empezaron a gritarse. Sam le lanzó un puñetazo y le dio en la barbilla. Seamus alcanzó a Sam en el estómago. Sam volvió a atacar y perdió el equilibrio. Entonces Seamus fue por él, le dio un empujón y Sam cayó por la borda. El cielo estaba negro y la tormenta se acercaba. Intentamos encontrarlo, pero llegamos tarde. El agua estaba muy fría. A esa temperatura solo se pueden aguantar diez, quince minutos como mucho – Yaeger tembló y dio otro trago a la petaca-. Recuerdo la cara que tenía cuando conseguimos pescarlo. Esa imagen no se me olvidará en la vida.
Rafe bajó la mirada, sintió que la rabia se recrudecía en su interior, redoblando su determinación. Seamus Quinn pagaría por lo que había hecho.
– ¿Por qué no contaste la verdad entonces?
– Seamus nos convenció para que lo hiciéramos pasar por un accidente. Que se había tropezado con una cuerda. De ese modo, se entendería que había muerto mientras trabajaba y tu madre recibiría una pensión mayor. Si Sam tenía algo de culpa en su muerte, recibiría menos. Y él fue el que lanzó el primer puñetazo. Estaba organizando un motín.
– Así que Seamus consiguió una tapadera para cubrir su asesinato. Y además defraudó a la compañía de seguros.
– Sí, supongo que puede decirse así.
– ¿Hubo alguna investigación?
– La pesca es una profesión peligrosa. Es un hecho que todo el mundo acepta. Y toda la tripulación contó lo mismo, así que no hubo más historia. Yo me callé y recibí mi paga.
– ¿Hay alguien más que pueda confirmar tu historia?
– Los policías me preguntaron lo mismo. Wait McGill murió hace unos años. Johny Sayers se hundió en el Katie Jean en 1981. Y de Lee Franklin no sé nada hace diez años. Creo que respaldaría mi historia. Seamus empujó a tu padre por la borda -Yaeger hizo una pausa y dio otro trago a la petaca-. Bueno, he cumplido mi parte. ¿Qué consigo yo a cambio?
– ¿Qué esperas?
– No te lo he contado por motivos de salud. Tengo gastos.
– Creía que querías ayudar a mi madre.
– Eso no me ayuda a llegar a fin de mes. Rafe se llevó la mano al bolsillo y sacó la cartera. Tomó todo el dinero que llevaba en efectivo y se lo dio a Yaeger.
– Para cubrir tus gastos por venir aquí. Te daré más para que vuelvas a casa cuando Quinn esté en la cárcel. Pero deja que te aclare algo: no te estoy pagando por prestar declaración. Solo cubro tus gastos porque eres amigo de la familia. Si mencionas mi nombre en algún momento, cierro el grifo.