Secretos en el tiempo
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
– No debería ayudarte -murmuró mientras se colocaba el brazo de Rafe sobre los hombros y lo ayudaba a ponerse de pie.
Este renqueó exageradamente hasta que hubieron regresado a la cabaña. Una vez allí, le quitó la linterna, sacó las pilas y se las guardó en el bolsillo. Luego plantó a Keely frente a la chimenea.
¡No te has roto el tobillo! -exclamó Keely.
– ¿Tienes idea de cuánto habrías aguantado en el bosque? Ha sido una estupidez. Mañana por la mañana te habrían encontrado muerta – Rafe se sentó en el sofá, se sacó del bolsillo un pañuelo y se lo llevó a la frente, que ya había dejado de sangrar. Keely siguió de pie, mirándolo con desconfianza, esperando la próxima oportunidad de escapar-. Quítate la ropa -le ordenó Rafe entonces.
– ¿Qué? -contestó Keely, y pareció que los ojos le habían crecido.
– Ya me has oído. Quítate la ropa. Y las botas.
– Si crees que vamos a acostarnos, estás muy equivocado. Si estás caliente, puedes irte a… tirarte a un árbol.
Rafe se levantó a regañadientes, la agarró y la sentó sobre la mesa del café. Luego se agachó a bajarle la cremallera de las botas y se las quitó de un tirón. Sin decir una palabra, las llevó a la chimenea y las echó al fuego.
Keely gritó y corrió hacia la chimenea, pero las llamas ya habían arruinado el calzado.
– Eran mis botas favoritas. Me costaron el sueldo de una semana.
– Te compraré otras. Como si quieres diez pares, maldición. Pero ahora no las necesitas. Así te será más difícil escapar, ¿no te parece? -se burló. Keely apretó el puño y le pegó en un hombro tan fuerte como pudo. Pero no pareció inmutarse-. Ahora la ropa.
– ¡No!, ¡no pienso dejarte que quemes mi ropa! -Keely le lanzó una mirada basilisca.
Pero Rafe no se dejó intimidar. No podía arriesgarse a que se fugase otra vez y se matara en el intento. Intentó agarrarle el jersey, pero Keely levantó una mano pidiéndole que parara. Se levantó de la mesita del café, caminó despacio hasta la cadena de música y, tras echar un vistazo al repertorio de discos, eligió uno y lo puso. Un solo de guitarra con aire de blues sonó por los altavoces.
Rafe la miró con cautela mientras Keely retrocedía hacia la mesa. De pronto, empezó a moverse siguiendo la música, contoneándose sinuosamente, imitando lo mejor que podía a una bailarina de striptease.
– ¿No querías que me quitara la ropa? – dijo mientras se quitaba la chaqueta y se la lanzaba. Le pegó en plena cara, pero Rafe no se molestó en sujetarla y la dejó caer al suelo, incapaz de apartar la vista.
Prenda a prenda, fue desvistiéndose: primero se sacó el jersey por encima de la cabeza, luego se quitó los vaqueros. Los balanceó delante de la cara de Rafe antes de dejarlos caer a sus pies y seguir con el baile. Rafe tuvo una erección… en contra de su voluntad. Keely había tomado el mando de la situación en unos pocos segundos, demostrando que, en lo concerniente al deseo, tenía la sartén por el mango
El colgante le saltaba de un pecho a otro de un modo tentador, atrayendo la atención sobre lo que no estaba a la vista. Keely se echó las manos a la espalda por el cierre del sujetador, pero Rafe no la permitió llegar tan lejos. En un movimiento veloz, le agarró una mano y tiró de ella hasta tumbarla en el sofá. Luego se puso encima, atrapando su cuerpo. Aunque Keely intentó liberarse. Rafe no estaba dispuesto a permitírselo.
– Ya basta -dijo él, sujetándole las manos por encima de la cabeza.
– Eres tú quien me lo ha pedido -contestó Keely, forcejeando todavía. Arqueó las caderas contra él y notó su erección-. Y yo diría que te estaba gustando.
– ¿Y a ti qué te gusta? -Rafe bajó la cabeza hacia uno de sus pechos y cubrió el pezón con la boca, humedeciendo el satén del sujetador. Luego se retiró y sopló hasta que la punta se irguió-. ¿Te gusta esto, Keely?
Esta siguió luchando, pero Rafe notó que con mucha menos convicción.
– Suéltame -le ordenó.
Rafe le agarró ambas muñecas con una mano y deslizó la que le quedaba libre por todo el cuerpo de Keely. Cuando llegó a las bragas, la metió por debajo y tocó la humedad entre las piernas.
– ¡Vaya, vaya! -dijo mientras le hundía un dedo. Keely exhaló un suspiro entrecortado-. Dime que lo deseas. Dime que quieres tener un orgasmo.
Giró la cara para no contestar, pero cuando volvió a tocarla, subió las caderas de nuevo contra la mano de Rafe. Este le soltó las muñecas sin dejar de penetrarla con el dedo. Observó su cara mientras la tocaba, la expresión concentrada de placer a medida que la llevaba hasta el límite.
Cuando se puso tensa y contuvo la respiración, Rafe bajó el ritmo. Quería retardar el orgasmo para que fuera lo más potente posible. Entonces gimió su nombre y empezó a tener espasmos, a respirar jadeando, a temblar.
Rafe bajó el dedo una vez más, húmedo con su deseo. Keely escondió la cara contra el pecho de él para que no pudiera verla. Aunque Rafe había querido poner las cosas claras, de pronto se arrepintió del método que había escogido. Se echó hacia atrás hasta poder mirarla a la cara. Entonces se le desgarró el corazón. Una lágrima caía por la mejilla de Keely, resbalando hasta parar junto a la oreja.
Rafe se apartó, se puso de pie junto al sofá, consciente de repente de lo que acababa de hacer.
– Keely, yo…
– No digas nada -se adelantó ella. Se levantó del sofá y se agachó a recoger la ropa del suelo-. Me voy a la cama. Más vale que duermas con un ojo abierto, porque pienso largarme a la menor oportunidad.
Rafe puso una mueca al oír el portazo de la habitación. Se desplomó sobre el sofá y se cubrió los ojos con un brazo. Sabía lo que acababa de hacerle: la había humillado volviendo en contra de ella su propio deseo. Pero, tratándose de Keely Quinn, era incapaz de pensar debidamente. Los sentimientos acababan sometiendo a la lógica y el sentido común.
– Maldita sea -murmuró. Lo mejor sería reconocer la verdad, porque era evidente: no la había llevado a la cabaña para convencerla de nada; la había llevado allí porque tenía miedo de que se fuera y no volver a verla nunca. Se había enamorado de Keely Quinn. Y no podía hacer nada al respecto.
Keely se acurrucó en la cama, subiéndose el edredón para taparse la nariz fría. La luz del alba se filtraba a través de las cortinas e intentó adivinar qué hora sería.
Había dado vueltas y más vueltas la mayor parte de la noche, oyendo el viento contra las ventanas. Y cuando por fin había conseguido dormirse, había tenido un montón de sueños interrumpidos. Debería odiar a Rafe por lo que le había hecho, pero en realidad había disfrutado aquellos momentos. Nunca había tenido una relación tan apasionada y desinhibida con ningún hombre. Pero con Rafe le bastaba una caricia para hacer saltar por los aires todas sus reservas. Adiós a la niña buena católica. Bienvenida, ninfómana.
Hasta sabiendo que pretendía destrozar a su familia, no podía controlar lo que sentía hacia él. Era como una droga, nociva y adictiva, que destruía su control. Keely estaba segura de que jamás encontraría a otro hombre igual en toda la vida, que la hiciera retorcerse de deseo con mirarla. En adelante, compararía a cada hombre con el que estuviera con Rafe Kendrick y lo que había compartido con él.
Llamaron con delicadeza a la puerta y Keely se sentó en la cama, tapándose con el edredón.
– Estoy despierta -dijo.
Rafe empujó la puerta despacio, entró. Le ofreció un par de botas, que le estaban grandes, como en señal de paz.
– Por si quieres salir de la casa -dijo-. He quitado la nieve de esta noche.
– Gracias -Keely asintió con la cabeza-. ¿Me vas a acompañar o puedo salir sola?