La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– No, no me llamó ella -Ben sonrió-. ¿Alguna vez te ha llamado tu hermana para pedirte ayuda?
– Eh, no -admitió Mel con una sonrisa-. ¿Entonces cómo…?
– He venido a cuidarla, aunque eso también es un asunto algo delicado porque, según tu hermana, no necesita a nadie. En ese sentido, las cosas no han cambiado mucho.
– De modo que has venido a cuidarla -repitió Mel lentamente-. Pero Emily me dijo que había contratado a una enfermera…
– ¿Y te lo tragaste?
Mel clavó la mirada en sus risueños ojos y sacudió la cabeza.
– Oh, no. No ha podido mentirme.
– Me temo que sí.
– Y tú viniste corriendo. Qué gesto tan dulce… -intentó pensar si alguna vez había estado con un hombre que hubiera sido capaz de dejarlo todo, su trabajo, su vida, para correr a su lado, desde el otro extremo del mundo, nada más y nada menos.
Y no, nunca había estado con un hombre así.
Mantenía la mirada lejos del hombre que estaba en el jardín de al lado, un hombre que jamás le había dicho a nadie que la había deseado, aunque sólo hubiera sido en una ocasión.
– Rachel está mejorando mucho -dijo Ben.
Y si Mel hubiera sido una mujer de fácil sonrojo, se habría ruborizado al darse cuenta de que no había preguntado por la salud de su hermana.
– Supongo que podré comprobarlo por mí misma -dijo, y le dirigió a Ben una de aquellas sonrisas ante las que normalmente se rendían los hombres estúpidos, sólo para ver lo que podía suceder.
Completamente inmune a su sonrisa, Ben le abrió la puerta y, sin que ella le hubiera dado permiso, Mel sintió que se le encogía el corazón. ¿Por qué los hombres con los que se acostaba no le abrían la puerta?
Bueno, la verdad era que Garret lo había hecho. Pero no quería volver a pensar en él.
– ¿Rach? -Ben se acercó a la barra que había en el centro del vestíbulo y llamó a Rachel. Después se volvió hacia su hermana-. La he dejado hace una hora en el vestíbulo, iba a intentar ponerse a trabajar.
– ¿Tanto ha mejorado? -la última vez que había visto a su hermana parecía al borde de la muerte.
– No, pero tu hermana es condenadamente cabezota. Quizá puedas convencerla de que almuerce. Está comiendo como un pajarito.
Mel lo siguió y sacudió la cabeza. Ben ni siquiera se había fijado en sus labios pintados, ni había recorrido con la mirada su cuerpo, ni siquiera el minúsculo vestido blanco que llevaba.
Esperaba que por lo menos Garret la hubiera mirado con atención.
Y no porque estuviera pensando en él…
Subieron la escalera. Y cuando llegaron a la puerta cerrada del estudio, Ben volvió la cabeza y sonrió.
– ¿Estás preparada para que te arranquen la cabeza?
Mel apartó a Garret de sus pensamientos.
– ¿Por qué lo preguntas?
– Bueno, a lo mejor Rachel no intenta morderte cada vez que la miras, pero… -rió suavemente-, parece que Rachel y yo sacamos lo más extremo de cada uno de nosotros.
El hecho de que no hubiera dicho «lo peor de nosotros», la dejó paralizada. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Puso los brazos en jarras.
– ¿Estáis haciendo alguna estupidez, como acostaros juntos? Porque espero que en esta ocasión os aseguréis de utilizar los preservativos correctamente.
La puerta se abrió de golpe y apareció Rachel, apoyada en el bastón y fulminándolos con la mirada.
– Hola, cariño -dijo Ben con extremada dulzura-. Ya he vuelto a casa.
Rachel lo miró con los ojos entrecerrados y se volvió hacia Melanie.
– ¿Quieres preguntarme algo directamente a mí?
Oh, Dios. Mel cometió el error de mirar a Ben.
– No lo mires a él -le exigió Rachel-. Mírame a mí, estoy aquí. De pie, y, ya que lo preguntas, sí, me duele terriblemente.
– Eh, hermanita. Tienes un aspecto… magnífico.
Rachel soltó un bufido y regresó al interior del estudio.
– Rach… -Ben entró en la habitación y sorprendió a Melanie posando las manos sobre los hombros de su hermana, uno de los cuales se inclinaba ligeramente, por el esfuerzo de soportar la escayola-. Vamos, pequeña. Vamos al piso de abajo para que comas algo. Em ha traído esas repugnantes galletas tan saludables, ¿recuerdas? Tendrás que comértelas antes de que vuelva a casa si no quieres que se preocupe por ti.
– Cómetelas tú.
– Bueno, querida, lo haría si no supieran a aserrín.
Rachel se echó a reír. A reír. Ben también rió, le dirigió a Rachel una sonrisa y le acarició la mejilla.
Rachel se sonrojó.
Y, mientras Mel los observaba atentamente, Ben deslizó las manos por los brazos de su hermana al tiempo que la miraba a los ojos con tanto cariño, con tanta intensidad, que dejó a Mel completamente sin aliento.
– Dios mío -dijo con una risa que a ella misma le resultó demasiado estridente-. Cómo cambian las cosas. La última vez, no podías estar en la misma habitación. Y ahora mira.
Rachel volvió la cabeza y se alejó de Ben, de manera que a éste no le quedó más remedio que dejar caer las manos a ambos lados.
– Estamos conviviendo en la misma casa para tranquilizar a Emily, Mel, así que no llegues a conclusiones equivocadas.
– ¿Conviviendo solamente?
– Ya basta, Mel -le advirtió Ben con más vehemencia de la que ella estaba acostumbrada a soportar.
¡Qué valor!, se dijo Mel indignada. Durante años, había estado prácticamente a su servicio, llevando a Emily hasta los confines de la tierra para que pudiera verla. Evidentemente, saltaba de alegría cada vez que la llamaba porque no tenía ningún inconveniente en verlo un par de veces al año, pero, ¿dónde había quedado su gratitud?
– De acuerdo, entonces -dijo con aparente ligereza. Pero de pronto, sintió que la garganta le ardía-. Aunque no logro imaginarme por qué he arriesgado mi trabajo viniendo a toda velocidad hasta aquí. Ah, espera, sí, ahora me acuerdo, ha sido porque Rachel me llamó llorando.
Ben giró el rostro inmediatamente hacia Rachel.
– ¿Estabas llorando?
Una irracional oleada de celos sorprendió a Mel al ver cómo miraba Ben a su hermana. El pendiente de plata resplandecía, el pelo caía rebelde sobre su frente. Aquel cuerpo atlético no debía de haber visto ni de lejos un gimnasio, pero el uso que había dado a sus músculos los mantenía en forma. Todo en él hablaba de rebeldía, de pasión.
¿No se daría cuenta Rachel? Un hombre como él estaba hecho para una mujer… como ella.
No para Rachel. Ella necesitaba tranquilidad, calma, amabilidad. Necesitaba estabilidad y seguridad.
Pero no conocía el significado de aquellas palabras. Maldita fuera, verlos allí a los dos, mirándose el uno al otro, era como estar viendo a alguien deslizando la uña por una pizarra.
– No estaba llorando -Rachel echó la cabeza hacia atrás y miró hacia el techo-. Estaba… no sé. Me estaba compadeciendo y fin de la historia. En cualquier caso, eso fue hace semanas. ¿Y sabes qué? Me están entrando ganas de comer esas galletas con sabor a aserrín.
Ben sacudió la cabeza.
– Deberías haberme llamado a mí.
– ¿Así que ahora te dedicas a hacer de héroe? -Melanie se echó a reír-. Ese es mi trabajo de los fines de semana, amigo, así que… -juntó las manos e intentó parecer hambrienta-, vayamos a por esas galletas y veamos si podemos hacer algo para arreglarlas. Yo apostaría por algo así como el chocolate o el sirope. Algo que engorde.
Necesitaba algo bien calórico para superar el efecto de las tórridas e intensas miradas que Ben le dirigía a Rachel. Necesitaba toda una bandeja de galletas.
Emily se dejó caer en el asiento del abarrotado autobús escolar. Mientras otros niños paseaban a lo largo del autobús, ella permanecía en su asiento con la mirada perdida, intentando decidir si le importaba o no que nadie se sentara con ella. Y la verdad era que no le importaba lo más mínimo.