El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
Sobre los presentes cayó un silencio embarazoso. Se atrevió a quebrarlo Venancio de Salvemec.
—Venerable Jorge —dijo—, vuestra virtud os hace ser injusto. Dos días antes de la muerte de Adelmo, presenciasteis una discusión erudita que se desarrolló precisamente en este scriptorium. Adelmo, que se permitía representar seres extravagantes y fantásticos, se preocupaba, sin embargo, de que su arte cantase la gloria de Dios, y fuese un instrumento para conocer las cosas celestes. Hace un momento fray Guillermo citaba al Areopagita a propósito del conocimiento a través de la deformidad. Y Adelmo citó en aquella ocasión a otra autoridad eminentísima, la del doctor de Aquino, cuando dijo que conviene que las cosas divinas se representen más en la figura de los cuerpos viles que en la figura de los cuerpos nobles. Primero, porque así el alma humana se libera más fácilmente del error. En efecto, resulta claro que ciertas propiedades no pueden atribuirse a las cosas divinas, mientras que, tratándose de representaciones a través de la figura de cuerpos nobles, esa imposibilidad ya no sería tan evidente. Segundo, porque este tipo de representación conviene más al conocimiento de Dios que tenemos en esta tierra: en efecto, se nos manifiesta más en lo que no es que en lo que es, y por eso las comparaciones con las cosas que más lejos están de Dios nos permiten llegar a una idea más exacta de él, porque de ese modo sabemos que está por encima de lo que decimos y pensamos. Y, en tercer lugar, porque así las cosas de Dios se esconden mejor de las personas indignas. En suma, lo que discutíamos era cómo se puede descubrir la verdad a través de expresiones sorprendentes, ingeniosas y enigmáticas. Y yo le recordé que en la obra del gran Aristóteles había encontrado palabras bastante claras en ese sentido…
—No recuerdo —lo interrumpió con sequedad Jorge—, soy muy viejo. No recuerdo. Tal vez he sido demasiado severo. Ahora es tarde, debo marcharme.
—Es raro que no recordéis —insistió Venancio—. Fue una discusión muy sabia y muy bella, en la que también intervinieron Bencio y Berengario. En efecto, se trataba de saber si las metáforas, los juegos de palabras y los enigmas, que los poetas parecen haber imaginado sólo para deleitarse, pueden incitar a una reflexión distinta y sorprendente sobre las cosas, y yo decía que el sabio también debe poseer esa virtud… Y también estaba Malaquías…
—Si el venerable Jorge no recuerda, respeta su edad y la fatiga de su mente… por lo demás, siempre tan viva —intervino uno de los monjes que asistían a la discusión.
La frase había sido pronunciada con tono agitado, al menos inicialmente, porque, queriendo justificar la respetabilidad de Jorge, su autor había puesto en evidencia una debilidad del anciano, por lo que refrenó el ímpetu de su intervención y acabó casi en un susurro que sonó como un pedido de excusas. El que había hablado era Berengario da Arundel, el ayudante del bibliotecario. Era un joven de rostro pálido, y al observarlo recordé lo que había dicho Ubertino de Adelmo: sus ojos parecían los de una mujer lasciva. Amedrentado por las miradas de todos; que entonces se posaron en él, se retorcía los dedos de las manos como si intentase sofrenar una tensión íntima.
La reacción de Venancio fue muy extraña. Miró de tal modo a Berengario que éste bajó los ojos:
—Muy bien, hermano —dijo—, si la memoria es un don de Dios, también la capacidad de olvido puede ser encomiable, y debe respetarse. Y yo la respeto en el anciano hermano con quien hablaba. De ti esperaba un recuerdo más vivo de lo que sucedió estando aquí reunidos con tu queridísimo amigo…
No sabría decir si Venancio pronunció con especial énfasis la palabra «queridísimo». El hecho es que advertí la sensación de incomodidad que se apoderó de los asistentes. Cada uno miraba hacia otro lado y nadie miraba a Berengario, que se cubrió de rubor. De pronto intervino Malaquías, y dijo con tono de autoridad:
—Venid, fray Guillermo, os mostraré otros libros interesantes.
El grupo se deshizo. Vi que Berengario echaba a Venancio una mirada cargada de rencor, y que Venancio se la devolvía, desafiándolo sin palabras. Al advertir que el anciano Jorge se alejaba, movido por un sentido de respetuosa reverencia, me incliné para besar su mano. El anciano recibió el beso, posó su mano sobre mi cabeza y preguntó quién era. Cuando le hube dicho mi nombre, se le iluminó el rostro.
—Llevas un nombre grande y muy bello —dijo—. Sabes quién fue Adso de Montier-en-Der? —preguntó. Confieso que no lo sabía. Y el mismo Jorge respondió—: Fue el autor de un libro grande y tremendo, el Libellus de Antichristo, donde profetizó lo que habría de suceder… pero no lo escucharon como merecía.
—El libro fue escrito antes del milenio —dijo Guillermo— y esos hechos no se produjeron…
—Para el que no tiene ojos para ver —dijo el ciego—. Las vías del Anticristo son lentas y tortuosas. Llega cuando no lo esperamos; no porque el cálculo del apóstol esté errado, sino porque no hemos aprendido el arte en que ese cálculo se basa —y gritó, en voz muy alta, volviendo el rostro hacia la sala, y con una sonoridad que retumbó en las bóvedas del scriptorium—. ¡Ya llega! ¡No perdáis los últimos días riéndoos de los monstruitos de piel jaspeada y cola retorcida! ¡No desperdiciéis los últimos siete días!
VÍSPERAS
En aquel momento llamaron a vísperas y los monjes se dispusieron a abandonar sus mesas. Malaquías nos dio a entender que también nosotros debíamos marcharnos. Él y su ayudante, Berengario, se quedarían para poner todo en orden y (así se expresó) preparar la biblioteca para la noche. Guillermo le preguntó si después cerraría las puertas.
—No hay puertas que impidan el acceso al scriptorium desde la cocina y el refectorio, ni a la biblioteca desde el scriptorium. Más fuerte que cualquier puerta ha de ser la interdicción del Abad. Y los monjes deben utilizar la cocina y el refectorio hasta completas. Llegado ese momento, para impedir que algún extraño o algún animal, para quienes no vale la interdicción, pueda entrar en el Edificio, yo mismo cierro las puertas de abajo, que conducen a las cocinas y al refectorio, y a partir de esa hora el Edificio queda aislado.
Bajamos. Mientras los monjes se dirigían hacia el coro, mi maestro decidió que el Señor nos perdonaría que no asistiéramos al oficio divino (¡el Señor tuvo que perdonarnos muchas cosas en los días que siguieron!) y me propuso que recorriéramos la meseta para familiarizarnos con el sitio.
Salimos por la cocina y atravesamos el cementerio: había lápidas más recientes, y otras signadas por el paso del tiempo, que hablaban de las vidas de monjes desaparecidos hacía siglos. Las tumbas, con sus cruces de piedra, no llevaban nombres.
El tiempo empezaba a ponerse feo. Se había levantado un viento frío y un velo de niebla cubrió el cielo. El ocaso se adivinaba detrás de los huertos y la oscuridad invadía ya la parte oriental, hacia la que nos dirigimos pasando junto al coro de la iglesia para llegar al fondo de la meseta. Allí, casi contra la muralla, donde ésta tocaba el torreón oriental del Edificio, se encontraban los chiqueros, y vimos a los porquerizos que estaban tapando la tinaja donde habían vertido la sangre de los cerdos. Advertimos que detrás de los chiqueros la muralla era más baja y permitía asomarse al exterior. Al pie de la muralla, el terreno, cuya pendiente era muy pronunciada, estaba cubierto por un terrado que la nieve no lograba disimular totalmente. Comprendí que se trataba del estercolero: desde donde estábamos se arrojaban los detritos, que llegaban hasta el recodo donde empezaba el sendero por el que se había venturado Brunello en su huida. Digo estiércol porque se trataba de un gran vertedero de materia hedionda, cuyo olor subía hasta el parapeto por el que me asomaba. Sin duda los campesinos accedían al estercolero por la parte inferior y utilizaban aquellos detritos en sus campos. Además de las deyecciones de los animales y de los hombres, había otros desperdicios sólidos, todo el flujo de materias muertas que la abadía expelía de su cuerpo para mantenerse pura y diáfana en su relación con la cima de la montaña y con el cielo.