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El mundo invertido [The Inverted World - es]

Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:

Cuando Helward Mann abandona la ciudad, no tiene motivos para pensar que el mundo que se extiende más allá no sea sino el de su propio planeta de origen. De hecho, y a pesar de las semejanzas, hay pruebas —que él no puede ignorar— que lentamente contradicen todas sus convicciones. A medida que crece su experiencia en el trabajo fuera de la ciudad, se ve forzado a aceptar la razón fundamental y descarnada de esa lucha por la supervivencia. El planeta no es la Tierra. De alguna manera, el mundo en que vive —y por cierto el universo mismo en el cual existe el planeta— es intrínsecamente diferente.
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
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Esperaba terminar pronto su entrenamiento. Había trabajado mucho tiempo con todos los gremios, salvo con uno: el propio, el de los Futuros. Collings le había dicho que se aproximaba la culminación de su aprendizaje. Ese mismo día debía entrevistarse con Futuro Clausewitz y discutir formalmente sus progresos hasta el momento. Helward ansiaba finalizar. Si bien en el aspecto emocional todavía era un adolescente, por las costumbres de la ciudad se lo consideraba un adulto. De hecho, había trabajado y aprendido como para alcanzar la condición de tal. Plenamente consciente de las prioridades extremas de la ciudad —aunque aún no muy seguro de las razones— se sentía listo para recibir su título de gremialista pleno. Durante las últimas millas su cuerpo se había vuelto musculoso y delgado, y su piel se había bronceado de un profundo color oro. Ya no se quedaba rígido al cabo de un día de trabajo, y experimentaba la sensación de bienestar que provocaba una difícil tarea culminada con éxito. Todos los gremialistas con quienes convivió llegaron a respetarlo por la buena voluntad que demostraba para trabajar sin hacer preguntas y a medida que su vida privada en la ciudad se transformó en una relación estable y cariñosa con Victoria, lo aceptaron como un hombre a quien podían confiarle pronto la seguridad de la ciudad.

Con Collings, en particular, Helward había establecido una amigable camaradería de trabajo. Luego de cumplir sus obligatorios periodos de tres millas en cada gremio, le dieron a elegir un período adicional de cinco millas con cualquier gremio menos el suyo propio, e inmediatamente pidió ir con Collings. Le gustaba el trabajo de tráfico porque le permitía conocer ciertos aspectos de la vida de los lugareños.

La zona que estaba atravesando la ciudad era alta y yerma, y las tierras eran pobres. Había pocas aldeas, casi invariablemente conjuntos de desvencijadas chozas. La mugre era terrible y proliferaban las enfermedades. Parecían no contar con una administración central ya que cada caserío tenía sus propios ritos de organización. A veces los recibían con hostilidad. Otras veces, la gente demostraba una gran indiferencia.

El trabajo de tráfico se basaba en gran medida en el criterio personal. Había que estimar las características particulares y las necesidades de la comunidad elegida, y negociar de acuerdo con ellas. En la mayoría de los casos, las negociaciones eran infructuosas. La peculiaridad común a todos los pueblos era un letargo apabullante. Cuando Collings lograba despertar un cierto interés, inmediatamente aparecían las necesidades. En general, la ciudad podía satisfacerlas. Con su alto grado de organización y la tecnología de que disponía, la ciudad había acumulado, durante muchas millas, grandes cantidades de alimentos, remedios y productos químicos, y también había aprendido por experiencia cómo utilizarlos. De modo que, ofreciendo antibióticos, semillas, fertilizantes, purificadores de agua —en algunos casos, incluso, ofreciendo ayuda pira reparar los implementos en uso—, los gremialistas de Tráfico podían establecer las condiciones para sus propias demandas.

Collings había tratado de enseñar a Helward a hablar español, aunque éste tenía muy poca habilidad con los idiomas. Había llegado a entender algunas frases, pero contribuía muy poco en los largos períodos de transacciones.

Se había estipulado un convenio con la aldea que acababan de abandonar. Veinte hombres irían a trabajar a las vías y en un poblado más pequeño de las inmediaciones les habían prometido diez más. Además, cinco mujeres se habían ofrecido, voluntaria o coercitivamente —Helward no sabía muy bien cómo y no le preguntó a Collings— para trasladarse a la ciudad. Ambos regresaron ahora a la ciudad a buscar las provisiones prometidas a los nativos, y preparar a los diferentes gremios para la nueva afluencia de población temporaria. Collings había decidido que todas las personas deberían hacerse una revisión médica, y esto implicaría una carga adicional para los médicos.

A Helward le gustaba trabajar al Norte de la ciudad. Este sería pronto su territorio ya que era aquí, más allá del óptimo, donde desempeñaba sus tareas el gremio del Futuro. A menudo veía a Futuros cabalgando hacia el Norte, internándose en las zonas que algún día la ciudad debería atravesar. Una o dos veces había visto a su padre y habían conversado brevemente. Helward confiaba en que, con la experiencia que había acumulado como aprendiz, se desvanecería el malestar que les obstaculizaba la relación, pero aparentemente su padre se sentía tan incómodo como siempre en su compañía. Helward sospechaba que ello no se debía a ningún motivo profundo ni sutil porque Collings, hablando una vez acerca del gremio del Futuro, había mencionado a su padre. «Es muy difícil conversar con él», había dicho. «Es un hombre agradable cuando uno llega a conocerlo, pero es muy reservado».

Al cabo de media hora Helward volvió a montar su caballo y emprendió el regreso, retomando el mismo sendero. Pasado un rato se encontró con Collings, que descansaba a la sombra de una enorme roca. Helward se le acercó y compartieron la comida. Como gesto de buena voluntad, el jefe de la aldea les había obsequiado una gruesa tajada de queso fresco. Comieron una parte, contentos de poder variar su dieta habitual de alimentos sintéticos, procesados.

—Si ellos comen esto —dijo Helward— no me parece que les vayan a gustar nuestros mejunjes.

—No crea que siempre comen esto. Era el único queso que tenían, y probablemente lo hayan robado de alguna parte. Yo no vi que tuvieran ganado.

—Entonces ¿por qué nos lo dieron?

—Porque nos necesitan.

Luego prosiguieron la marcha hacia la ciudad. Ambos caminaban, arrastrando los caballos. Helward estaba ansioso por llegar, y al mismo tiempo lamentaba que hubiera terminado este periodo de su aprendizaje. Sabiendo que ésta sería la última vez que estaría con Collings, sintió la tentación de hablarle de algo que de tanto en tanto le angustiaba y, de todos los hombres que había conocido, Collings era el único con quien podía charlarlo. Empero, le dio vueltas al asunto un rato antes de animarse a hablar.

—Es raro verlo tan callado —dijo de pronto Collings.

—Sí... perdóneme. Estaba pensando en que me voy a convertir en gremialista y no sé si estoy maduro.

—¿Porqué?

—Es difícil explicarlo. Tengo una leve duda.

—¿Quiere hablar de ello?

—Sí; Es decir... ¿puedo?

—No veo por qué no.

—Bueno... algunos de los gremialistas no quieren hacerlo —dijo Helward—, Yo estaba muy confundido cuando salí de la ciudad por primera vez, y ahí aprendí a no hacer demasiadas preguntas.

—Depende de las preguntas —dijo Collings. Helward resolvió dejar de justificarse.

—Son dos cosas —dijo—. El óptimo y el juramento. No estoy seguro de ninguno de los dos.

—No me sorprende. A través de las millas he trabajado con decenas de aprendices, y siempre han tenido los mismos motivos de preocupación.

—¿Usted me puede decir lo que quiero saber? Collings negó con la cabeza.

—No en lo que respecta al óptimo. Eso tendrá que descubrirlo por si mismo.

—Pero es que lo único que sé de él es que se mueve hacia el Norte. ¿Es algo arbitrario?

—No es arbitrario... pero no puedo hablar de ello. Yo le prometo que muy pronto averiguara lo que desea saber. ¿Qué problema tiene con el juramento?

Helward permaneció un instante en silencio. Luego dijo:

—Si usted supiera que lo he quebrantado, si lo supiera en este preciso momento, me mataría. ¿Correcto?

—En teoría, sí.

—¿Y en la práctica?

—Me tendría preocupado varios días. Luego probablemente conversaría con mis compañeros para ver qué me aconsejan. Pero usted no lo ha transgredido, ¿no?

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