El mundo invertido [The Inverted World - es]
- Автор: Прист Кристофер
- Год: 1976
- Язык: испанский
- Год: Emec
- ISBN: 84-7386-077-2
- Переводчик: Maria Raquel Albornoz
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El mundo invertido [The Inverted World - es]». Краткое содержание книги:
El mundo está invertido: un planeta de dimensiones infinitas existe y palpita en un universo de tamaño limitado. Esta novela, de brillante originalidad, ha sido distinguida con el premio a la mejor novela de ciencia-ficción publicada en Inglaterra, y está destinada a convertirse en un clásico de la literatura imaginativa.
—No estoy seguro.
—¿Por qué no me cuenta?
—Bueno.
Helward comenzó a hablar de las preguntas que Victoria le había hecho al principio, tratando de mencionar sólo generalidades. Como Collings permaneciera callado, Helward entró en mayores detalles. Al rato ya le había enumerado, casi palabra por palabra, todo lo que había relatado a su esposa.
Cuando terminó, Collings dijo:
—Pienso que no tiene por qué afligirse. Helward experimentó una sensación de alivio, pero no podía disipar todos sus escrúpulos con tanta facilidad.
—¿Por qué no?
—Porque el hecho de que le hiciera comentarios a su mujer no ha ocasionado ningún perjuicio.
Había aparecido la ciudad a medida que caminaban, y podían ver los acostumbrados signos de actividad en las vías.
—Pero no puede ser tan sencillo —dijo Helward—. El juramento está redactado de un modo muy severo y el castigo que estipula no es por cierto leve.
—Es verdad... pero los gremialistas lo han heredado así. Nosotros recibimos el juramento y lo transmitimos. Lo mismo hará usted llegado el caso. Ello no significa que los gremios estén de acuerdo con él. Sin embargo, hasta ahora nadie ha presentado otra alternativa.
—¿Quiere decir que, si fuera posible, los gremios harían caso omiso del Juramento? Collings le sonrió.
—Yo no he dicho eso. La historia de la ciudad se remonta mucho tiempo atrás. El fundador fue un hombre llamado Francis Destaine, y se cree que fue él quien introdujo el juramento. Por lo que podemos entender de los documentos de la época, era conveniente dicho régimen de secreto. Pero hoy en día... bueno, las cosas no son tan estrictas.
—No obstante, persiste el juramento.
—Sí, y pienso que aún tiene sentido. Hay mucha gente en la ciudad que quizás nunca se entere de lo que sucede aquí afuera, y nunca necesitarán saberlo. Esas son las personas que principalmente se ocupan de dirigir los servicios urbanos. Ellos tienen contacto con gente de afuera —con las mujeres transferidas, por ejemplo—, y si fuesen a hablar con demasiada libertad, tal vez los de afuera llegarían a conocer la verdadera naturaleza de la ciudad. Nosotros ya tenemos problemas con la gente de la zona. Mire, la existencia de la ciudad es muy precaria, y hay que custodiarla a cualquier precio.
—¿Estamos en peligro?
—No por el momento. Pero si hubiera sabotaje, el peligro sería inmediato e inmenso. Tal como están las cosas, somos muy impopulares... y no se ganaría nada dejando que a esa impopularidad se sumara el conocimiento de nuestra vulnerabilidad por parte de los nativos.
—¿Entonces puedo ser más abierto con Victoria?
—Use su criterio. Ella es hija de Lerouex, ¿no? Una chica sensata. Mientras se guarde para sí misma lo que usted le cuente, no veo que haya peligro. Pero no vaya y hable con demasiadas personas.
—No lo haré.
—Y tampoco diga que el óptimo se mueve porque no se mueve.
Helward lo miró sorprendido.
—A mí me dijeron que se movía.
—Le informaron mal. El óptimo es estático.
—En ese caso, ¿por qué la ciudad nunca lo alcanza?
—Lo alcanza, de tanto en tanto —respondió Collings—, Pero nunca puede quedarse allí mucho tiempo. El terreno se aleja de él hacia el Sur.
CAPÍTULO DOS
Las vías se extendían aproximadamente una milla al Norte de la ciudad. Cuando Helward y Collings llegaron a las inmediaciones, vieron que izaban uno de los cables del guinche hada el amortiguador. Al cabo de uno o dos días la ciudad volvería a avanzar.
Siguieron caminando en dirección a la ciudad. Del lado Norte se hallaba la entrada del oscuro túnel que corría por debajo, y que daba acceso al interior de la misma. Arribaron a los establos.
—Adiós, Helward.
Helward estrechó calurosamente la mano que Collings le extendía.
—Me suena a despedida muy terminante. Collings se encogió de hombros.
—Es que no lo veré por algún tiempo. Buena suerte, hijo.
—¿Adónde va?
—No voy a ninguna parte. Pero usted sí. Cuídese y saque las conclusiones que pueda.
Sin darle tiempo a responder, el hombre dio media vuelta y entró en los establos. Por un momento Helward estuvo tentado de ir tras él pero un instinto le indicó que no serviría de nada. Tal vez Collings ya le hubiese dicho más de lo que debía.
Con sentimientos encontrados, Helward se internó más en el túnel y llamó el ascensor. Cuando llegó, fue derecho al cuarto nivel en busca de Victoria. No la halló en su habitación, de modo que fue a buscarla a la planta de sintéticos. Victoria llevaba más de dieciocho millas de embarazo, pero tenía intenciones de trabajar el mayor tiempo posible.
Al verlo, abandonó su banco y juntos regresaron a la pieza. Faltaban todavía dos horas antes de que Helward tuviese que ir a ver a Futuro Clausewitz, y pasaron el tiempo charlando. Más tarde, cuando abrieron la puerta, salieron unos minutos a la plataforma.
A la hora indicada Helward subió al séptimo nivel e ingresó a la sede del gremio. Ahora no le resultaba extraña esta parte de la ciudad, pero como la visitaba con muy poca frecuencia, sentía aún un cierto temor ante los gremialistas mayores y el Navegante.
Clausewitz lo esperaba solo en la sala del gremio del Futuro. Cuando Helward llegó, lo saludó cordialmente y le ofreció vino.
Desde ese lugar podía mirarse a través de una ventanita, hacia el Norte de la ciudad. Helward divisó el terreno escarpado donde había trabajado los últimos días.
—Me he enterado de que anda muy bien, aprendiz Mann.
—Gracias, señor.
—¿Se siente listo para convertirse en Futuro?
—Sí, señor.
—Bien... desde el punto de vista del gremio, no hay ningún impedimento. Se ha ganado usted una buena reputación.
—Salvo en la milicia —dijo Helward.
—Eso no debe preocuparle. No todos están hechos para la vida militar.
Helward experimentó un pequeño alivio. Su mal desempeño en la milicia le había hecho preguntarse si su gremio se había enterado de ello.
—El propósito de esta entrevista —prosiguió Clausewitz— es informarle lo siguiente: Le resta aún un periodo nominal de tres millas como aprendiz en nuestro gremio, pero en lo que a mí respecta, eso será una mera formalidad. Antes, sin embargo, deberá usted salir de la ciudad. Es parte de su entrenamiento. Probablemente no regrese por un tiempo.
—¿Puedo preguntarle cuánto tiempo?
—Es muy difícil decir. Por cierto, varias millas. Pueden ser tanto diez como cien.
—Pero Victoria...
—Si, comprendo que está esperando un niño. ¿Para cuándo?
—Dentro de nueve millas.
Clausewitz frunció el ceño.
—Me temo que no estará aquí para esa fecha. Realmente no queda otra alternativa.
—¿No podría postergarlo para más adelante?
—Lo siento, no. Se le ha encomendado una tarea. Usted sabe que, de tanto en tanto, la ciudad se ve obligada a negociar el uso de mujeres traídas de afuera. Esas mujeres se quedan aquí el menor tiempo posible, pero aun así nunca permanecen menos de treinta millas. Una de las condiciones del acuerdo es que se las conduzca luego nuevamente a sus aldeas... y ahora hay tres mujeres que quieren partir. Acostumbramos utilizar a los aprendices para llevarlas de vuelta, sobre todo porque ahora lo consideramos una parte importante de su proceso de entrenamiento.
Por la misma naturaleza de su trabajo, Helward se había visto forzado a sentirse más seguro de sí mismo.
—Señor, mi mujer espera el primer hijo y yo debo quedarme con ella.
—Eso está descartado.
—¿Y si me niego a ir?
—Se le mostrará una copia del juramento y aceptará el castigo que éste impone.