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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Monk alcanzó a Vida cuando ésta doblaba con paso decidido una esquina para internarse en otro de los innumerables pasajes de Seven Dials, y cruzó tras ella un patio con un pozo y una bomba. Un borracho dormitaba en un portal, una pareja se besaba en otro, la muchacha reía encantada mientras su joven galán le murmuraba zalamerías al oído. Monk se maravilló al constatar que su mutuo arrobamiento los hacía inmunes al viento y a la nieve.

Tras una ventana iluminada alguien alzó una jarra de cerveza y la luz de las, velas se reflejó en la cabellera rubia de una mujer. Las risas se oían con suma nitidez. Junto a una bocacalle una anciana vendía bocadillos y un charlatán terminó su relato de lujuria y crimen y emprendió la marcha hacia otro rincón más cálido donde entretener a un nuevo público con sus cuentos, noticias e invenciones.

La siguiente víctima de la violencia entrevistada fue Carrie Barker. Estaba a punto de cumplir los dieciséis y era la mayor de su familia, pues los progenitores estaban muertos o desaparecidos. Cuidaba de sus seis hermanos menores, ganándose el pan como buenamente podía; Monk no la interrogó al respecto. Tomaron asiento en una amplia habitación y le contó a Vida lo que le había ocurrido con una voz jadeante que dejaba escapar algunos silbidos por culpa de un diente roto. Una de sus hermanas, cosa de año y medio más joven, se sostenía el brazo izquierdo en alto, como si el pecho y la barriga le dolieran, escuchando cuanto Carrie decía, asintiendo con la cabeza de vez en cuando.

A la tenue luz de una única vela, el rostro de Vida era una máscara de furia y compasión, con sus grandes labios apretados y los ojos brillantes.

La de Carrie era más o menos la misma historia. Las dos chicas mayores habían salido a ganar un poco de dinero extra. Resultaba obvio que gracias a eso se alimentaba y vestía la siguiente niña en edad, que aún no había cumplido los diez, así como el resto, todos menores. Ahora estaba ocupada cuidando de un niño de dos o tres años, acunándolo con gesto ausente mientras escuchaba a su hermana mayor.

Aquellas niñas no presentaban heridas visibles tan graves como las de las otras mujeres que había visitado Monk, pero su miedo era más profundo y, quizá, su necesidad de dinero más acuciante. Eran siete bocas que alimentar, y nadie se ocupaba de ellos. La rabia se clavó tan hondo en el alma de Monk, que tanto si Vida Hopgood le pagaba como si no, se hizo el firme propósito de encontrar a los hombres que habían hecho aquello y de encargarse de que lo pagaran tan duramente como permitiera la ley. Y si la ley no servía para hacer justicia, no faltaría quien se la tomara por su mano.

Interrogó a las chicas con tiento y amabilidad, aunque sin obviar ningún detalle. ¿Qué recordaban? ¿Dónde sucedió? ¿A qué hora? ¿Alguien dijo algo? ¿Cómo eran sus voces? ¿Cómo iban vestidos? ¿Cómo era la tela de su ropa? ¿Cómo era su piel? ¿Iban afeitados o con barba? ¿Estaban borrachos o sobrios? ¿A qué olían? ¿A sal, a brea, a pescado, a cabos, a hollín? Le miraron perplejas. Todas sus respuestas confirmaban las historias anteriores, sin aportar nada significativo. Lo único que ahora recordaban claramente era el daño y el pánico, el olor de la calle mojada, el arroyo discurriendo apestoso, los adoquines del pavimento clavados en la espalda, un dolor lacerante, primero dentro de sus cuerpos, luego fuera, magulladas por los puñetazos. Después permanecieron tiradas en la oscuridad, mientras el frío las iba calando, hasta que por fin oyeron voces, alguien las puso en pie y fueron recobrando el sentido para, con él, sentir aún más dolor.

Ahora estaban hambrientas, apenas les quedaba comida, no tenían carbón, ni siquiera leña, y tenían demasiado miedo para salir a la calle, aunque se acercaba la hora en que tendrían que elegir entre hacerlo o ayunar en su encierro. Monk sacó unas monedas de su bolsillo y las puso encima de la mesa sin decir nada, consciente de que las chicas seguían su gesto con la mirada.

– ¿Y bien? -preguntó Vida cuando estuvieron de nuevo en la calle, enfrentados al viento, con las cabezas gachas. Una fina capa de hielo cubría los adoquines que la nieve iba sepultando. En medio de aquella penumbra, los reflejos de las lejanas farolas, meros borrones pálidos sobre el negro de los tejados y los muros, bajo el opaco cielo sin luz, ponían los pelos de punta. El suelo estaba resbaladizo y resultaba peligroso caminar.

Monk hundió las manos en los bolsillos y se arrebujó con el abrigo. Tenía el cuerpo tenso de ira, cosa que aún le hacía sentir más el frío.

– Dos o tres hombres dan palizas y violan a mujeres trabajadoras -contestó amargamente-. No son de este barrio, aunque podrían ser de infinidad de sitios. No son obreros, aunque podrían ser empleados, tenderos, comerciantes o caballeros. Podrían ser soldados de permiso o marineros en tierra. Ni siquiera tienen por qué haber sido siempre los mismos hombres, aunque es probable que lo sean.

– ¡Eso no sirve para nada! -espetó Vida-. ¡Todo eso ya lo sabíamos, maldita sea! ¡No le pago para que me cuente lo que puedo averiguar yo solita! ¡Pensaba que usted era el mejor guindilla del cuerpo! ¡Al menos siempre se comportaba como si lo fuera! -Su voz era aguda y áspera no sólo por el disgusto, sino también por el miedo. Se había dejado vencer por las emociones. Había confiado en él y le había fallado. Ya no tenía dónde acudir.

– ¿Acaso esperaba que lo resolviera esta noche? -preguntó Monk con tono sarcástico-. Una sola velada ¿y ya tengo que proporcionar nombres y pruebas? Usted no necesita un detective, usted necesita un mago.

Vida se detuvo y se situó frente a él y por un instante estuvo a punto de devolverle la pelota con tanta o más malicia. Se defendía por instinto. Entonces la realidad se hizo patente por sí misma. Su cuerpo se dio por vencido. Monk sólo acertaba a ver su silueta entre la escasa luz y la nieve. Se hallaban a más de veinte metros de la farola más cercana.

– ¿Puede ayudarme o no, Monk? No tengo tiempo que perder con tonterías.

Un anciano cargado con un saco pasó junto a ellos arrastrando los pies, murmurando para sí.

– Creo que sí -contestó Monk-. Esos hombres no surgieron de la nada. Llegaron hasta aquí de una forma u otra, probablemente en coche de caballos. Estuvieron rondando antes de atacar a esas mujeres. Alguien los vio. Puede que tomaran un par de copas. Alguien los condujo hasta aquí y alguien los llevó de vuelta a su barrio. Sabemos que eran dos o tres. Los hombres que buscan mujeres no suelen ir por ahí en parejas o grupitos. Alguien se acordará de ellos.

– Y usted los hará hablar -dijo Vida bajando el tono de su voz, como si le asaltara un amargo recuerdo, reflejando dolor y resentimiento.

¿Por qué sabía tanto acerca de él? ¿Se trataba tan sólo de su reputación? Y en tal caso, ¿de qué tipo de reputación? Se encontraban en los límites de la zona que le correspondía cuando estaba en la policía. ¿Acaso se habían conocido bien mutuamente, mejor de lo que ella daba a entender? Otro caso, otro tiempo. ¿Qué era lo que sabía de él que él no alcanzaba a saber de sí mismo? Sabía que era listo e implacable… y no parecía apreciarle, pero respetaba su capacidad. De una forma perversa, confiaba en él. Y estaba convencida de que sabría desenvolverse en Seven Dials.

Monk deseaba brindarle un éxito, más que si fuese una dama respetable y acaudalada. Se debía ante todo a la rabia que le causaba la brutalidad de aquellos hombres, a la injusticia que hacía tan distintas sus vidas de las de aquellas pobres mujeres; pero también era una cuestión de orgullo. Iba a demostrarle que seguía siendo el hombre que había sido en el pasado. No había perdido ninguna de sus facultades… ¡Sólo la memoria! ¡Todo lo demás estaba igual, incluso mejor! Puede que Runcorn no lo supiera…

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