El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
«Eres un asesino, Martin.»
Al final, mis previsiones se tradujeron a la realidad con una fidelidad casi perfecta. Robé un hacha idéntica a la otra en una ferretería de Sausalito y desgasté el filo en los escasos troncos que quedaban en la parcela. Continué mi trabajo de tala para el señor Slotnick y vino el capataz a decirme que el 10 de septiembre me quedaba sin empleo porque se iba a aplanar el terreno y porque los «ecogilipollas» habían conseguido frenar el proyecto Singles Paradise de Big Sol. Mantuve mi plan de llevar la vida de todos los días y el retraso en el descubrimiento de los cuerpos hizo que mi confianza creciera a saltos cuánticos.
Entonces, cincuenta horas y diez minutos después del momento, oí las sirenas y me asomé a la ventana y vi luces rojas que giraban proclamando mi nombre. Contemplé cómo iba intensificándose el rojo conforme llegaban más y más coches policiales; me fui a la cama y dormí, y las luces de mis sueños formaban las palabras: «Eres un asesino, Martin.»
Al amanecer, me despertaron unos fuertes golpes a la puerta. Me puse una bata, me acerqué y bostecé a la mirilla.
– ¿Sí? ¿Qué quieren?
– Policía, abra -respondió una voz rutinaria.
Al instante comprendí que ya habían hecho el cruce de datos de los vehículos y que conocían mis antecedentes. Me restregué los párpados para quitarme el sueño de los ojos, abrí la puerta y volví a mi antigua personalidad carcelaria.
– ¿Sí, qué pasa?
Tenía ante mí a tres tíos duros. Todos eran corpulentos como yo y todos llevaban el pelo al uno, traje de verano barato y expresión ceñuda. El del medio, sólo distinguible por la corbata manchada de grasa, dijo:
– ¿No sabe qué pasa?
– Dígamelo usted -respondí-. Son las seis de la mañana, joder, y me muero por oír lo que tenga que contarme.
– Payaso -murmuró el poli de la izquierda y me indicó que me apartara.
Accedí, fingiendo cierta renuencia, y los tres entraron en fila en la sala de estar. El de la corbata señaló de inmediato el hacha y la hoz, que estaban apoyadas en la pared cerca de la puerta.
– ¿Qué es eso?-preguntó.
– Un hacha y una hoz. -Lo miré a los ojos.
– Eso ya lo veo, Plunkett. ¿Para qué las usas?
Fingí sorpresa ante la mención de mi nombre y vacilé tres segundos, mientras observaba cómo los otros dos se dispersaban para registrar el apartamento.
– ¿Para qué va a ser? Para hacerme la manicura -contesté.
– No me toques los huevos -replicó él y cerró la puerta.
– Entonces, dígame a qué viene todo esto.
– Cada cosa a su tiempo. ¿Cuándo llegaste a San Francisco?
– En abril.
– ¿Por qué tienes esas herramientas?
– He estado trabajando en Marin, en un solar donde van a construir, y las uso para desarraigar tocones de árbol y desbrozar.
– Ya. ¿Dónde conseguiste el empleo?
– Lo vi en el tablón de anuncios de la universidad.
– ¿Eres estudiante?
– No.
– Entonces, ¿qué te llevó a buscar ahí?
– Estaba sin un céntimo. Eso me llevó. ¿Qué…?
– Silencio. ¿Seguro que no encontraste el trabajo en la agencia Mighty-Man?
– Seguro.
– ¿Cuántos robos has hecho en San Francisco?
– Tres trillones, la última vez que conté. Yo…
– ¡He dicho que no me toques los huevos!
Retrocedí y me mostré amedrentado.
– Cometí un robo con escalo en Los Ángeles hace cinco años y cumplí un año -dije, cambiando de registro-. Luego, me mantuve limpio y cumplí el periodo de condicional y me trasladé aquí. Cuando robé era un crío, joder, y no lo he repetido. Ahora, ¿qué quieren?
El de la corbata se colgó las manos del cinto por los pulgares. La postura me permitió distinguir la cartuchera con la 38 y una mirada a sus ojos me proporcionó una idea del cerebro de bajo voltaje que funcionaba detrás de ellos.
– ¿Sabes que este asunto es serio…?-dijo.
Me ceñí el cinturón de la bata.
– Sé que es algo más que una investigación de un robo con escalo.
– Eres un tío listo. ¿Viste los coches de la policía en esta manzana, anoche?
– Sí.
– ¿Te preguntaste qué sucedía?
– Sí.
– ¿Hiciste algún intento de averiguarlo?
– No.
– ¿Por qué no?
– He tenido suficiente de policía para lo que me queda de vida. ¿Qué…?
– Te lo diré a su debido tiempo. ¿Te gustan los chochos?
– Sí, ¿y a usted?
– ¿Has probado alguno hace poco?
– En sueños, anoche.
– Muy agudo. ¿Te gustan rubias o morenas?
– Las dos.
– ¿Alguna vez le has pedido a una mujer que se tiña el pelo? Me reí para disimular el desconcierto ante aquella pregunta imprevista:
– ¿El del chocho, dice usted?
El poli de la corbata soltó una risita y dirigió la mirada a algo que quedaba a mi espalda. Me volví y vi que sus colegas inspeccionaban los cajones de la cocina. Cuando uno de ellos movió la cabeza en gesto de negativa, el Corbata murmuró:
– Pasemos a otro tema.
– ¿De qué hablamos ahora, pues? ¿De béisbol?
– ¿Qué me dices de los chicos? ¿Eres bisexual?
– No.
– ¿No haces tríos?
– No.
– ¿Dejas que te follen por el culo?
– No.
– Ya, entonces es que eres un comepollas.
Empecé a enfadarme de verdad y cerré los puños, con los brazos a los costados. El Corbata captó mi cambio de expresión.
– ¿Qué? ¿Te he tocado la fibra sensible, tío? ¿Quizá te pasaste de bando mientras cumplías tu bala en L.A.?Sí, tal vez ahora te ponen los chicos y te odias por ello. ¿Fue eso lo que pasó el lunes por la noche, sobre las nueve, cuando Steve y Jill te sugirieron hacer una fiesta? A lo mejor malinterpretaste el asunto y, cuando Jill se desentendió, la emprendiste contra Steve con un mazo de carnicero y le cortaste la cabeza a ella porque no te gustaba cómo te miraba. ¿A cuántos has matado, Plunkett?
En el transcurso de un milisegundo sucedió algo asombroso. Mientras notaba que el color desaparecía de mi rostro, me convertí en mi actuación: mi cólera real se convirtió en perfecta sorpresa real y fui el inocente falsamente acusado. Balbucí: «O sea…, o sea que ha habido… ha habido muertes…», y supe que el poli de la corbata se lo tragaba. Cuando contestó «Exacto», capté su decepción porque no tenía a un culpable; cuando añadió «¿Dónde estabas tú el lunes por la noche?», comprendí que el resto del interrogatorio era pura formalidad. La revelación quedó atrás y, mientras asumía un sentido de culpabilidad normal, cuerdo, me costó hasta el último gramo de fuerza de voluntad no regocijarme maliciosamente.
– Estaba…, estaba aquí -farfullé.
– ¿Solo?
– Sí.
– ¿Qué hacías?
– Llegué…, llegué del trabajo hacia las… ocho y media. Cené y leí una hora o así antes de acostarme.
– Una velada animada. ¿Es lo que sueles hacer?
– Sí.
– ¿No sales con los amigos?
– En realidad, no he hecho amigos aquí, de momento.
– ¿No te sientes solo?
– Claro. ¿Quién se cree que…?
– Las preguntas las hago yo. ¿Conoces a una mujer llamada Jill Eversall, o a un hombre llamado Steven Sifakis?
– ¿Son los que…?
– Exacto.
– ¿Qué… cómo eran?
– Ella era una morena atractiva, un metro sesenta y cinco, buenas tetas. ¿Te gustan las tetas?