El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
– ¡Martin! ¡Hola!
Al principio no entendí de qué se trataba. Nadie me había llamado por mi nombre desde hacía meses; además, estaba fatigado tras una jornada de trabajo especialmente larga y venía muerto de hambre y de sueño.
– ¡Hola, Martin! -repitió la voz.
Yo miré al otro lado de la calle y vi a una bonita mujer con una larga melena negra. El cabello, iluminado por una farola de la calle, me atrajo como un imán y me acerqué a ella.
Estaba en la acera con un hombre y se tambaleaban un poco, como si estuvieran achispados. Tardé unos segundos pero, al final, la imagen de unos cabellos rozándome la cara me guió al nombre de la mujer. Y la Sombra Sigilosa, que se materializó de la nada, me susurró: «SÉ AMABLE.»
– Hola, Jill -saludé-. Me alegro de verte.
Jill soltó una risita y se agarró del brazo de su compañero.
– Estamos muy colocados. ¿Has encontrado trabajo? Supongo que sí, porque veo que aún tienes el apartamento…
La Sombra Sigilosa movía una batuta de director de orquesta y me susurraba algo que yo no oía.
– Sí, seguí tu consejo. Me salió bien y, desde entonces, tengo trabajo.
– Estupendo -dijo Jill-. Steve, éste es Martin. Martin, te presento a Steve.
Me fijé en el novio, un tipo huraño con unas patillas ridículas en forma de chuleta de cordero. La Sombra Sigilosa decía SÉ AMABLE SÉ AMABLE SE AMABLE.
– Hola, Steve, ¿qué hay?-Le tendí la mano a lo hippie y él me apretó los huesos estilo contracultura. Respingué de dolor fingido y Jill se rio.
– Steve trabaja de mecánico de aviones y es muy fuerte. ¿Quieres entrar a tomar una copa o algo?
Al oír el «o algo», la S. S. arqueó las cejas.
– Encantado -respondí y Jill se puso entre su novio y yo, tomándonos a cada uno por el brazo.
– Estoy tan colocada… -dijo.
Notaba la mano en mi codo, fría y caliente, blanda y dura, alternativamente, pero el tacto no me producía ningún miedo. Caminamos los tres juntos media manzana y subimos la escalera de una casa victoriana de cuatro plantas. Steve sacó la llave, abrió y encendió una luz. Jill me soltó el brazo y dijo:
– Steve lleva tiempo pidiéndome que haga una cosa, y hoy estoy tan colocada que creo que ha llegado el día.
Dio unos saltitos por la sala y mis ojos recorrieron automáticamente las cuatro paredes. Pegados en ellas con cinta adhesiva, había carteles de diversas líneas aéreas y de los países que representaban. Japón y Tahití me llamaron la atención, como si ya los hubiera visitado.
– He estado en todos esos sitios un par de veces como mínimo -explicó Steve al tiempo que cerraba la puerta-. Si trabajas para la Pan-Am, te dan dos viajes al año y puedes llevarte a tu chica, si quieres. -Señaló el hacha que llevaba al cinto y me preguntó-: ¿Eres carpintero?
– Soy cirujano de árboles -respondí y estudié de nuevo la habitación, preguntándome por qué me resultaban tan familiares unos sitios en los que no había estado nunca. Steve me miraba con aire de extrañeza y, para tranquilizarlo, añadí-: Jill me ayudó a conseguir empleo. Cuando llegué a la ciudad estaba sin blanca y fui a la agencia a buscar trabajo. Jill me envió a la oficina de colocación de la universidad.
– Jill, siempre tan amable -comentó Steve, y la S. S. me envió una serie de instantáneas: Jill coqueteando con otros hombres pero volviendo siempre con Steve, quien, agradecido de que hubiera vuelto, se la llevaba en largos viajes de reconciliación a países exóticos por cortesía de la empresa donde trabajaba; Steve, molesto porque Jill lo trataba como si fuera un trapo sucio, emborrachándose con sus colegas mecánicos y despotricando de ella, pero llamándola siempre desde el bar para decirle que llegaría tarde.
– ¿Qué te apetece beber, tío?
La voz de Steve me sacó de la película que él mismo interpretaba.
– ¿Tienes una cerveza?-pregunté.
– ¿Cómo no? Ven, asaltemos el frigorífico.
Seguí a Steve hasta una pequeña cocina. Allí había más carteles de aerolíneas, pero las fotos cubiertas de grasa de París y los Alpes Bávaros no me despertaron recuerdos. Steve se fijó en que yo las miraba y dijo:
– Miras los carteles como quien necesita unas vacaciones. -Abrió el frigorífico y sacó dos latas de cerveza. Me tendió una y añadió-: Sí, tal vez Tahití o Japón. -Abrió la lata y prosiguió-: Esos sitios son una mierda. La comida es una mierda y los japos se parecen a los amarillos de Vietnam. -Bebió a grandes tragos, eructó y se rio-. Cerveza Coors, el desayuno de los campeones. El año pasado, en el trabajo, hicimos unos Juegos Olímpicos Coors. El tipo que ganó se bebió cuatro paquetes de seis latas, lo aguantó dos horas y luego empezó a mear hasta llenar un cubo de cuatro litros. Eso fue el triatlón, ¿comprendes? Tres competiciones en una, como en las Olimpiadas de verdad. ¿Has estado en Vietnam?
Me apoyé en la pared salpicada de grasa y fingí beber la cerveza. La Sombra Sigilosa me envió un teletipo que decía SE LISTO SÉ LISTO SE LISTO sobre la cara de Steve.
– No me aceptaron -respondí-, por una antigua lesión que me hice jugando a fútbol.
– No te has perdido gran cosa. -Steve eructó-. ¿Jugabas en la línea?
– ¿Qué?
– ¿Cómo que qué? Eres alto. Jugarías en la línea de ataque, supongo…
– Era tercer quarterback -respondí con modestia.
Steve sonrió ante mi calculada conmiseración.
– Jugador de reserva, la historia de mi vida. ¿Qué estará haciendo Jill? Por lo general, le gusta vacilar con los visitantes.
– ¿Alguien ha mencionado mi nombre?
Volví la cabeza hacia donde había sonado la voz. Jill se encontraba en el umbral de la puerta de la cocina, cubierta con una bata y con una toalla enrollada en la cabeza a modo de turbante.
– ¿Te acuerdas de esos viejos anuncios de Clairol? ¿Si sólo tengo una vida, dejadme que la viva de rubia? Pues bien, mirad.
Con un movimiento elegante se quitó la toalla y sacudió la cabeza. Su hermoso cabello negro se había transformado en rubio oxigenado y la Sombra Sigilosa me destelló NO SE LO PERMITAS NO SE LO PERMITAS NO SE LO PERMITAS…
Saqué mi hacha de acero mate forrado de teflón con el filo garantizado y le lancé un golpe al cuello con ella. La cabeza quedó limpiamente separada del tronco y de la cavidad brotó sangre; los brazos y las piernas se movieron espasmódicamente y, acto seguido, todo su cuerpo se desplomó al suelo. La fuerza del golpe me hizo girar en redondo y, durante un segundo, mi visión abarcó la escena completa: las paredes salpicadas de sangre, el cadáver expulsando un géiser arterial por el cuello, mientras el corazón seguía latiendo por reflejo, y Steve absolutamente paralizado, poniéndose azul catatónico.
Invertí el gesto, giré el mango de forma que la hoja quedara plana, y asesté un golpe de revés con la zurda. El metal alcanzó a Steve en la sien y se oyó un sonido como de huevos al romperse, pero amplificado diez millones de veces. La hoja se clavó y, durante unos segundos, sostuvo de pie al hombre ya muerto. Luego, tiré de la herramienta y el cadáver se precipitó hacia delante mientras el hacha volaba en dirección opuesta. Los sesos y la sangre lubricaron su vuelo.
Entonces Steve se desplomó emitiendo gorgoteos. Entonces sus extremidades bailaron la danza de la muerte. Entonces un chorro de sangre brotó de su cráneo y me alcanzó en los ojos.
Entonces me corrí y todos los colores que había visto en el trabajo se combinaron y me arrojaron al suelo para formar un trío.
Desperté horas más tarde. Sonaba un teléfono y noté el sabor del linóleo y de la sangre. Al abrir los ojos, vi una parte del suelo y dos latas de cerveza caídas de costado. Empecé a comprender lo que había sucedido y contuve unos sollozos. Luego, envié mensajes cerebrales a las piernas y los brazos para ver si me los habían amputado como castigo por mis crímenes. Mis dedos palparon una superficie fría y mis piernas se sacudieron, y di gracias. El teléfono dejó de sonar y me pregunté a quién tenía que agradecérselo. Luego, el trozo de suelo y las latas de cerveza desaparecieron para ser sustituidas por tinta roja sobre papel blanco: YO YO YO YO YO YO YO.