El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Una mujer joven con el cabello negro y largo hasta los hombros alzó la vista de su escritorio y me sonrió:
– Usted es el hombre de Orinda que quiere tres esclavos…, tres forzudos, quiero decir, para que trabajen en el jardín, ¿verdad?-Consultó unos formularios que tenía delante y añadió-: Eddington, ¿verdad? Dijo que enviaría a su chófer a recoger a los borrachines…, a los trabajadores, quiero decir…
– ¿Qué?-Su franqueza me pilló con la guardia baja.
– ¿Quiere decir que no es Eddington, pero que necesita esclavos?-prosiguió, sonriendo ante mi desconcierto.
La miré a los ojos y me pareció que estaba colocada.
– No, yo…
– Entonces, ¿ha venido a invitarme a salir?
Advertí que estaba coqueteando conmigo. Experimenté un «nada» vacío y, por puro reflejo, busqué el consejo de la Sombra Sigilosa. Entonces advertí que estaba en San Francisco, no en L. A. y que la S. S. había quedado obsoleta.
– Soy nuevo en la ciudad -respondí-. Necesito trabajo y he encontrado esta agencia en las Páginas Amarillas.
– Oh, lo siento -replicó-. Es que va tan bien vestido y tan limpio que… Verá, todos los tipos que vienen aquí a buscar trabajo son borrachos o drogadictos. ¿Duerme aquí, en este bloque?
– He alquilado un apartamento -respondí.
– ¿Dónde?-La mujer parecía sorprendida.
– En la Veintiséis con Geary.
– Dios, mi novio vive ahí. -Ahora sí que se había quedado atónita-. Mire, parece usted de clase media, así que le ayudaré a encontrar algo. A nuestros tipos les pagamos el salario mínimo por tareas humildes como repartir propaganda, descargar camiones que no son de los sindicatos, ese tipo de cosas. Nuestro truco básico es que pagamos al final de la jornada. De ese modo, los esclavos se funden el dinero en vino y droga cada noche y a la mañana siguiente vuelven. Si usted puede permitirse vivir en Richmond, no puede permitirse trabajar para esta agencia.
Después de eso, el pasmado fui yo. Esa mujer empezaba a gustarme.
– He gastado los ahorros en el traslado. Ahora necesito encontrar trabajo para poder mantener el apartamento.
– ¡Huau! Un auténtico trabajador en apuros. -La mujer sacó un cigarrillo del paquete de su escritorio, lo encendió y fumó en silencio durante unos largos minutos. Luego chasqueó los dedos y se acercó al mostrador. Una vez allí, se inclinó hacia mí con aire conspirador de modo que sus cabellos me rozaron la cara.
– Vaya a la oficina de empleo del campus de la Universidad Estatal de San Francisco y mire el tablón de anuncios que hay en la entrada. Allí encontrará empleos con pagas decentes. Arranque las tarjetas de los anuncios que le interesen, llame por teléfono y dígales que es un graduado que asiste a clases nocturnas, por lo que puede trabajar a dedicación completa. Usted es fuerte y parece listo. Seguro que lo contratan, ¿comprende?
– Comprendo -asentí y me aparté de la cascada de cabello.
La mujer se incorporó y sonrió, y supe que ella había disfrutado con nuestro contacto. Me tendió la mano y dijo:
– Por cierto, me llamo Jill.
Yo quería estrecharle la mano con indiferencia, pero se la tomé con suavidad.
– Soy Martin.
– Buena suerte, Martin.
– Gracias por tu ayuda.
Pasé por alto deliberadamente las exquisiteces del encuentro, seguí el consejo de la mujer y fui al campus de la Estatal. El tablón de anuncios que había mencionado estaba cubierto de ofertas de empleo y sólo me desvié del plan que ella me había trazado en que memoricé los teléfonos y el tipo de trabajo, en vez de robar la información. Llamé a los anunciantes desde un teléfono público. Para tres empleos de oficina no respondió nadie y, cuando llamé a un anuncio para un trabajo manual, contestó una desabrida voz masculina.
– ¿Dígame?
– Llamo por el anuncio que ha puesto en la universidad -dije.
– ¿Estudia a tiempo completo?-preguntó la voz.
– Soy graduado y estoy matriculado en los cursos nocturnos.
– ¿Es usted fuerte? Perdone la brusquedad, pero éste no es un trabajo para enclenques.
– Mido metro noventa, peso noventa y cinco kilos y soy musculoso. ¿Qué tendré que hacer, exactamente?
– ¿Tiene vehículo?
– Sí. ¿Qué…?
– Soy promotor inmobiliario en Sausalito. Necesito un tipo fuerte para desbrozar el terreno que voy a urbanizar. Es un trabajo duro, pero pago cinco dólares la hora, en negro, sin deducciones. ¿Cómo se llama?
– Martin Plunkett.
– Bien, Marty. Yo soy Sol Slotnick. ¿Quieres el trabajo?
– Sí.
– ¿Puedes ir mañana a Sausalito a ver a mi capataz?
– Sí.
– Bien, entonces toma nota. Cruza el Golden Gate, sigue por la autopista hasta la salida cuatro, gira a la derecha y después, en Wolverton Road, coge a la izquierda. Verás un gran terreno con carteles, Sherlock Homes, y el logotipo de la promotora con el detective. Mañana a las ocho, ¿de acuerdo?
– Sí.
– Muy bien. Necesitarás herramientas, un hacha y una guadaña. Yo te las…
– Tengo herramientas propias, señor Slotnik -dije interrumpiendo a mi nuevo jefe.
– Como quieras. Bien, chico, buena suerte.
Aquella noche me fundí el resto del dinero. En una tienda de excedentes del ejército compré unos pantalones y una camisa de trabajo de color caqui, un par de botas impermeables, una canana y mis primeras herramientas de acero mate desde las que tuve en mis tiempos de ratero: un hacha de mango corto, otra de mango largo y una hoz de jardinero. Las hojas de las hachas estaban cubiertas de teflón transparente, y tenían el filo garantizado: cuando más las utilizabas, más afiladas estaban. Sonaba demasiado bonito para ser verdad, por lo que también compré una piedra de amolar, por si acaso.
Al día siguiente, crucé el Golden Gate hasta el terreno de la Sherlock Homes. Era una parcela inmensa de monte bajo, tachonada de tocones de árboles y rodeada por un denso bosque de pinos; allí había meses de trabajo para un solo hombre. El capataz me dijo que el señor Slotnick quería que el trabajo estuviese terminado el diez de septiembre, la fecha prevista en que los albañiles comenzarían a poner los cimientos; entonces, si tenía suerte y los ecologistas no empezaban a joder la marrana, quizá tendría más trabajo cortando pinos al otro lado de la autopista, en el nuevo proyecto de Slotnick de casas adosadas llamado Singles Paradise. Después de explicarme que lo único que debía hacer era arrancar los tocones de los árboles de la finca y cortar toda la maleza y dejarla allí para que se la llevaran las excavadoras, el hombre señaló las herramientas que yo llevaba en el cinturón.
– Pareces un profesional -dijo-, así que no vendré por aquí a controlarte. Cobrarás los viernes a las cinco. Aquí mismo. -El tipo me estrechó la mano y me dejó a solas con la naturaleza.
Y la naturaleza, aunque yo estuviera conspirando contra ella, me ofreció cuatro meses y medio ininterrumpidos de belleza vivificante y de un trabajo para el que, benditamente, no se necesitaba pensar.
Le di a las hachas y a la hoz de abril a agosto, ocho horas al día, siete días a la semana, ajeno a las olas de calor y a las lluvias torrenciales. Mientras trabajaba, me recorrían el cuerpo ondas de choque y noté que cada vez era más fuerte, pero en ningún momento me preocupé de desarrollar unos músculos que llamaran la atención, como en la cárcel, pues el aroma del heno y de la madera cortada me protegían, los pinos me envolvían y, mientras tajaba con los ojos cerrados, veía bonitos colores suaves, sombras que se oscurecían cuanto más duro trabajaba pero que, aun así, en mi mente seguían siendo tiernas y amables. Al final de la jornada, absolutamente exhausto, los colores permanecían conmigo en la periferia de la visión mientras conducía de regreso a casa, cenaba y me sumía enseguida en un sueño profundo.
Una noche, a principios de septiembre, mientras aparcaba la furgoneta delante del apartamento, oí que alguien me llamaba.