El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Lo descubrí el día antes de mi partida.
Mi silenciador casero quedó prácticamente destrozado por el exceso de uso, por lo que fui al sur de San Francisco a buscar al hombre de la casa de empeños que me había vendido la Python, para ver si conocía a alguien que pudiera venderme un repuesto profesional. El hombre sonrió a mi petición, apartó de la pared un cuadro de barcos de vela e hizo girar el disco de la caja fuerte que había detrás. Al cabo de un momento, enrosqué un silenciador Black Beauty de la CIA al cañón de mi Magnum e hice entrega de quinientos dólares en retribución. Más que satisfecho, guardé el arma al cinto, la cubrí con el faldón de la camisa y me dirigí a la furgoneta. Vi una máquina automática de venta de periódicos y me acerqué a comprar un Chronicle con la esperanza de ver alguna nota del estilo «Sin pistas en el caso del Descuartizador de Richmond». Me disponía a echar los quince centavos en la máquina cuando vi un cartel fijado a un poste de teléfonos, al lado de ésta.
En el cartel se leía una exclamación: «¡¡¡El precio del pecado!!!», y debajo de estas palabras había una reproducción fotográfica perfectamente clara, con la inscripción «DPSF 4/9/74» al pie. El texto que se leía debajo tenía que ver con la salvación a través de Jesucristo, pero la foto del centro me causó tal temblor que no fui capaz de leer el mensaje con exactitud.
La cabeza cortada de Jill Eversall yacía en primer plano en intenso blanco y negro. El resto del cuerpo estaba caído a la puerta de la cocina. Más allá, se distinguía a Steve Sifakis despatarrado en el suelo y las paredes manchadas de sangre. La Sombra Sigilosa mecanografió «amenaza amenaza amenaza amenaza» delante de mis ojos; luego, borró la línea y la reemplazó por «chifladura sin sentido no amenaza chifladura de aficionado no amenaza no malo aficionado no amenaza no malo».
Arranqué el cartel del poste, hice una bola con él, lo arrojé a la cuneta y lo pisoteé con rabia hasta que se me empaparon las botas, sin dejar de ver los carteles de línea aérea con paisajes de Tahití y de Japón que colgaban de las paredes de la casa de Steve Sifakis y el recuerdo original que me había eludido hasta entonces: el del amante de Season zarandeándome, la oscuridad en la luz, los carteles parecidos en la pared, y el tipo sacudiéndome de forma humillante. La Sombra Sigilosa adoptó la voz de Country Joe McDonald y cantó: «Cenizas a las cenizas y polvo al polvo, el tiempo de tormenta te oxida el corazón.» La voz titubeó a media estrofa, pero entendí que estaba diciéndome que saliera a comprar una hermosa cámara Polaroid para que hiciera compañía a mi Magnum. Siguieron a ésta otras instrucciones, no verbales ni mecanografiadas, sino telepáticas. Sólo durante las catorce horas siguientes, mientras desarrollaba metódicamente cada tarea, cobraron vida impresa:
«Compra la cámara y película.
»Ve a casa y carga todas tus pertenencias en la furgoneta, incluido el mobiliario que habías planeado dejar.
»Confíale las llaves de la casa a la vieja que vive abajo.
»Compra una funda para el arma, corta un agujero en la punta para que quepa el silenciador y sujeta el Magnum a los muelles que hay debajo del asiento del conductor en la furgoneta.
»Duerme bien y mañana por la mañana, bien temprano, toma la Ruta 66 Este hacia la frontera de Nevada.
»Cuando hayas dejado atrás la zona de San Francisco, deshazte de todos los muebles, excepto del colchón.
»Ten a mano la Polaroid.»
Completadas todas estas tareas, realizadas y mecanografiadas y compulsadas profesionalmente, seguí conduciendo hacia el este a través de frondosos bosques de pinos de Nevada, en solitario, sin la Sombra Sigilosa. No había tráfico, llevaba el depósito lleno y guardaba 3.600 dólares en la guantera. Tenía la cámara al alcance de la mano en el asiento del acompañante. Más allá de los árboles imponentes se alzaban las montañas. Me sentí muy lleno de paz.
Entonces vi a los autoestopistas.
Eran un chico y una chica adolescentes; los dos tenían el pelo largo y llevaban cazadoras Levi's, vaqueros y mochilas. Frené y me arrimé a la cuneta. Al cabo de unos segundos, el chico llegó hasta la puerta del acompañante, seguido de la chica. Levanté el seguro con una mano mientras, con la otra, buscaba la funda del Magnum debajo de mi asiento.
– ¡Gracias, señor!
Disparé tres veces, a la altura del pecho y, por el modo en que los chicos saltaron hacia atrás, supe que los había alcanzado a ambos. Puse el freno de mano, encendí los intermitentes, me deslicé al asiento del acompañante y me apeé de la furgoneta. Los adolescentes yacían sobre la grava de la cuneta, muertos. Miré más allá de los cuerpos y observé que la cuneta terminaba en un pequeño talud. Empujándolos con el pie, hice rodar los cadáveres hasta el fondo; después, extendí grava suelta sobre la sangre que había manado de los orificios de salida. Apareció en mi cerebro un cronómetro que marcaba diez minutos, saqué la Polaroid de la furgoneta y bajé el talud con ella.
Los autoestopistas yacían en la tierra blanda del fondo, unidos en una postura propia de un rompecabezas: la cabeza de ella sobre la corva de la pierna derecha del chico y las puntas de los dedos de las manos de ambos cruzadas en ángulos divergentes. Los cuerpos me recordaron banderas de señales que enviaban la palabra «chifladura» y estuve a punto de olvidar la cautela en mi deseo de hacerlos perfectos.
Pero no. En primer lugar, inspeccioné el pecho y la espalda del chico; después, hice lo propio con la chica y, cuando vi un orificio de salida en la espalda y desgarros en la mochila que tenía al lado, supe que las balas estarían dentro de ésta. El cronómetro indicaba que había transcurrido 1.37 cuando abrí la cremallera y hurgué entre braguitas y blusas hasta que mis dedos tocaron metal caliente. Guardé los proyectiles en el bolsillo de la camisa y dejé que ardieran; después, excavé furiosamente una tumba poco profunda en la tierra que nos rodeaba a los tres.
6.04 transcurridos.
Con la manga de la camisa, limpié de huellas la mochila de la chica. Después, desnudé los cuerpos y arrojé sus ropas y mochilas a la tumba.
7.46 transcurridos.
Una vez desnudos, coloqué a la chica boca arriba y le abrí las piernas; al chico, lo puse encima de ella. Cuando la simulación del coito me pareció perfecta, saqué la primera foto. Me quedé observando la cámara mientras ésta expulsaba la instantánea, aún en blanco, y esperé.
9.14 transcurridos.
La perfección fotográfica fue cobrando vida y, de forma misteriosa, sobrenatural, supe que aquella imagen constituía una clave de mi fijación por las rubias, por Lauri la puta, y de cosas muchísimo más antiguas.
10.00 transcurridos. Sonaron las alarmas. Me di cuenta de que la Sombra Sigilosa y yo nos habíamos fundido, finalmente, en uno solo. Cubrí los cuerpos con tierra suelta y coloqué varias ramas gruesas encima para disimularlos.
Tic tic tic tic tic tic tic tic.
Me concedí unos segundos conmemorativos más, guardé la foto en el bolsillo, vi que la sangre del cuello de mi camisa no era más de la que me habría causado un corte al afeitarme; también me di cuenta de que la siguiente vez tendría que robar dinero y, posiblemente, tarjetas de crédito. Cuando fue hora de marcharme, borré las huellas de mis pisadas caminando de lado sobre ellas en mi regreso talud arriba. En la carretera, el paisaje estaba absolutamente tranquilo. Al sol del otoño, la furgoneta parecía nueva y, siguiendo un impulso, la bauticé como Muertemóvil. A continuación, me alejé de allí.
III. Crímenes de oportunidad; asaltos de pesadilla (1974-1978)
De la revista Boss Detective, número del 28 de diciembre de 1974:
EL PERRO DE UNOS CAMPISTAS PROTAGONIZA
EL MACABRO HALLAZGO
¡SE BUSCA A UN MANÍACO SEXUAL!