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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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– Vamos, agente…

– De acuerdo. ¿Qué me dices de Steve Sifakis? Un metro setenta y siete, ochenta kilos, cabello castaño rojizo y patillas frondosas. Se supone que tenía una polla de mulo. ¿Te van las pollas grandes?

– Sólo la mía. -Oí que los dos polis de la cocina se reían y me volví a mirarlos. Uno de ellos sacudía la cabeza y movía el pulgar de un lado al otro del cuello en un gesto que, evidentemente, iba dedicado al Corbata. Me volví hacia éste y añadí-: ¿Nos queda mucho? Tengo que ir a trabajar.

– Acabaremos cuando yo diga, Plunkett -dijo el Corbata muy despacio.

Fui a por todas, sabiendo que podía ganar a cualquier máquina.

– Esto ya empieza a apestar, así que ¿por qué no lo acabo yo? Como no he matado a nadie, ¿por qué no vamos todos a comisaría, me hacen la prueba del detector de mentiras, la paso y me sueltan? ¿Qué me dice?

El Corbata dirigió la mirada al poli jefe. Resistí el impulso de observar sus señales y me concentré en las manchas que daban al agente su improvisado nombre. Acababa de decidir que eran de salsa de enchilada cuando el Corbata dijo:

– ¿Viste a alguien por la calle cuando volvías, el lunes por la noche?

Reflexioné un momento antes de responder a aquella pregunta, que representaba mi victoria.

– No -respondí por fin.

– ¿Oíste algo raro?

– No.

– ¿Viste algún vehículo que no te sonara?

– No.

– ¿Te tiraste alguna vez a Jill Eversall o le compraste hierba a Steve Sifakis?

Le dirigí una mirada de desprecio que habría amilanado al propio Papa.

– ¡Oh, vamos, hombre!

– No. Vamos, tú. Responde.

– Está bien. No, nunca he follado con esa Jill Eversall ni le he comprado hierba a Steve Sifakis.

Uno de los agentes que tenía detrás carraspeó; el Corbata se encogió de hombros y dijo «Quizá volvamos». El poli jefe murmuró «Sigue limpio» al pasar delante de mí camino de la puerta. El otro se limitó a guiñarme el ojo.

No volvieron, por supuesto, y durante las semanas siguientes disfruté de mi fama anónima como «el Descuartizador de Richmond», apelativo que me puso un reportero del Examiner. Mi consigna era: «Como todos los días», y me imaginaba.sometido a una vigilancia permanente, como si cada uno de mis movimientos estuviese siendo observado por unas fuerzas igualmente anónimas, impacientes por cazarme. El cultivo consciente de la paranoia me hizo recluirme en casa por las noches, cuando me habría gustado andar por la calle y oír a la gente hablar de mí; me hizo seguir acercándome a los tablones de ofertas de empleo de la universidad para buscar trabajo, cuando habría querido gastarme en armas el dinero que tenía guardado. No me permitía coleccionar recortes de prensa sobre mi crimen, ni hacer lo que más deseaba: trasladarme a otras ciudades y ver cómo me afectaba. Aquel régimen de vida redujo a ascetismo lo que debería haber sido gozo y celebración, y lo único que tenía de satisfactorio en el plano emocional era la certidumbre de que aquello no hacía más que fortalecerme.

Diez días después de las muertes, encontré otro empleo: limpiar de malas hierbas toda la ladera de una colina situada en el extremo del campus de la Universidad de California en Berkeley. El trabajo era tedioso -sensación exacerbada por el hecho de no necesitar el dinero- y las conversaciones de los estudiantes que escuchaba sin proponérmelo me irritaban: los temas favoritos eran el Watergate y la reciente dimisión de Nixon y, cuando se dignaban a hablar de mí, terminaban pronto, tachándome de «psicópata» o «pirado». Decidí que el 2 de octubre, cuando se cumpliera un mes de las muertes, lo celebraría.

El tiempo transcurrió despacio.

Trabajé en la ladera, oí cháchara de estudiantes y leí periódicos a la hora del almuerzo. La lectura de la prensa era como estar suspendido de una cuerda de ego. Los artículos que me comparaban con la familia Manson, «pero más listo», eran como impulsos que me llevaban a las nubes; los párrafos que atribuían mis muertes al Asesino del Zodíaco -un psicópata místico que mandaba comunicados extravagantes a la policía- me hacían sentir como si me echaran al fango. Ocho días seguidos sin aparecer en la prensa era el abandono absoluto de una madre que arrojaba a su hijo no deseado a un vertedero de basura.

Lo peor era la lentitud con que transcurrían las noches.

A veces, camino de casa, veía polis que buscaban las cosquillas a jóvenes de pelo largo y sabía, no sé cómo, que yo había sido el catalizador de aquel caos menor. Limpiar de maleza cunetas de calles entre la gente era satisfactorio porque allí sabía que los transeúntes conocían mis acciones, pero en casa, en el capullo de cautela que me había creado, sólo estaba yo. Y aunque el «Eres un asesino, Martin» era ahora mi identidad, aún no había decidido proseguir los crímenes para mantenerme en las nubes.

Para el 2 de octubre, el caso del Descuartizador de Richmond era noticia rancia para los medios y el instinto me decía que la policía había pasado a ocuparse de asuntos de prioridad más urgente. La lógica se unió a la emoción para decirme que lo celebrara, y así lo hice.

Tardé un día y una noche enteros en encontrar lo que buscaba, y los cuatrocientos dólares que pagué fueron un precio infinitesimal en comparación con el esfuerzo que significó hablar discretamente con una larga sucesión de maleantes del sur de San Francisco, intercambiar pedigríes y amenidades criminales, y pasar luego por media docena de movidas inútiles, hasta dar con el dueño jubilado de una casa de empeño que quería liquidar «material caliente». La transacción final fue rápida y fácil y, al terminar, era el propietario ilegal de un revólver Colt 357 Magnum, modelo Python, nuevo a estrenar y nunca registrado.

De este modo pasé a tener dos talismanes: uno hecho a mano, el otro ganado con ahínco. En casa, procedí a unir cilindro y boca del arma. Encajaban perfectamente y añadían un peso táctil a mi nueva identidad. La mañana siguiente, camino del trabajo, compré una caja de munición de punta hueca y, con el cañón de mano cargado y provisto del silenciador bajo la camisa, arranqué malas hierbas de la tierra blanda hasta que oscureció. Entonces, rodeado de luces de dormitorio y bajo el cielo estrellado, me dediqué a hacer prácticas de tiro.

Destello de la boca del cañón, retroceso, el ruido sordo del silenciador y el sonido apagado de las balas al penetrar en el suelo removido con la azada. Olor a cordita y a tierra; luces de faros de los coches que, desde la calzada que pasaba por encima de mi cabeza, iluminaban fugazmente el cráter que formaba cada proyectil. Dolor en la muñeca derecha a causa de la combustión interna del Magnum; acopio en los bolsillos, después de cada seis tiros, de los casquillos disparados; recarga a oscuras y disparar, disparar, disparar hasta que vaciaba la caja de puntas huecas y la ladera olía como un campo de batalla sin sangre. Y por fin, el regreso a casa en la furgoneta, temblando por dentro e impaciente por llegar a la autopista abierta y, simplemente, marcharme.

Pero marcharme era, en aquel punto, contrario al «como todos los días», que implicaba quedarse. Así pues, me quedé y se me terminó el trabajo de desbroce, pero continué en la universidad como bedel suplente, dedicado a barrer y pasar la fregona cuando los empleados habituales faltaban al trabajo. Establecí el día de Acción de Gracias, 24 de noviembre, como fecha para marcharme y continué viviendo con lo mínimo. Sólo me permitía un lujo: la munición.

Para no levantar sospechas con compras repetidas de una sola caja, fui a San José e hice una compra grande, un total de 7.200 balas. Lo guardé en una zona boscosa, cerca del lado de Berkeley del puente de la Bahía, y todas las noches disparaba a blancos imaginarios en el agua. Cada fogonazo/retroceso/ruido del silenciador/chapoteo me acercaba más a la marcha, pero todavía no sabía qué significaba eso.

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