El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
Tendría que moverme rápidamente de puerta a puerta cuando quisiera usar el cuarto de baño. No quería provocarle, y mi bata era definitivamente muy corta, de nailon y rosa. Así que me deslicé a toda prisa, ya que podía escuchar a Alcide rebuscando en la cocina. Entre unas cosas y otras, permanecí en el cuarto de baño un rato. Cuando salí, todas las luces del apartamento estaban apagadas, a excepción de la de mi habitación. Cerré las persianas sintiéndome un poco tonta, pues ningún otro edificio de las cercanías tenía cinco pisos. Me puse el camisón rosa, me metí en la cama y leí un capítulo de la novela romántica para calmarme. Era ésa en la que la heroína finalmente se lleva a la cama al héroe, así que no surtió el efecto deseado, pero me sirvió para dejar de pensar en la piel del motero ardiendo al contacto con el trasgo y en la estrecha cara llena de malicia de Debbie. Y para olvidarme de que estaban torturando a Bill.
La escena de amor (en realidad de sexo) azuzó mi imaginación hacia la tibia boca de Alcide.
Apagué la lámpara de la mesilla tras poner el marcapáginas en el libro. Me hundí en la cama y me tapé con las sábanas hasta la cabeza. Por fin me sentía caliente y segura.
Alguien llamó a mi ventana.
Lancé un grito ahogado. Luego, imaginando quién podía ser, me envolví en mi bata, me la até a la cintura y abrí las persianas.
No cabía duda de que Eric estaba flotando al otro lado de la ventana. Volví a encender la lámpara y forcejeé esa ventana que no me era nada familiar.
– ¿Qué demonios quieres? -dije, mientras Alcide entraba en la habitación como una exhalación.
Apenas lo miré por encima del hombro.
– Más te vale dejarme en paz y permitirme que duerma un poco -le dije a Eric, ajena a cómo pudiera sonar-, ¡y más te vale dejar de aparecer en medio de la noche esperando que te deje pasar!
– Déjame pasar, Sookie -pidió Eric.
– ¡No! Bueno, en realidad es la casa de Alcide. Alcide, tú decides.
Me volví para mirarlo como era debido, y traté de que la boca no se me quedara abierta. Alcide dormía con esos pantalones de cordel largos. Caramba. Si hubiese estado sin camiseta media hora antes, el momento habría sido perfecto.
– ¿Qué es lo que quieres, Eric? -inquirió Alcide con mucha más calma que yo.
– Tenemos que hablar -dijo Eric, impaciente.
– Si dejo que pase ahora, ¿puedo rescindir la invitación más tarde? -me preguntó Alcide.
– Claro -le sonreí a Eric-. Puedes hacerlo cuando quieras.
– Vale, puedes pasar, Eric -Alcide quitó la rejilla de la ventana y Eric pasó con los pies por delante. Cerré la ventana cuando pasó. Ahora volvía a tener frío. Alcide tenía el pecho en carne de gallina, y sus pezones… Me obligué a centrar la mirada en Eric.
Eric nos propinó una afilada mirada a ambos; sus ojos azules brillaban como zafiros bajo una luz.
– ¿Qué has descubierto, Sookie?
– Los vampiros de la ciudad lo tienen.
Puede que los ojos de Eric se ensancharan un poco, pero aquélla fue toda su reacción. Parecía estar sumido en sus pensamientos.
– ¿No corres peligro por estar en el territorio de Edgington de incógnito? -preguntó Alcide. Volvía a hacer eso de apoyarse contra la pared. Él y Eric eran hombres corpulentos, y la habitación parecía atestada de repente. Puede que sus egos estuvieran consumiendo demasiado oxígeno.
– Oh, sí -dijo Eric-. Mucho -añadió con una radiante sonrisa.
Me pregunté si se darían cuenta si me volvía a la cama. Bostecé. Dos pares de ojos se clavaron en mí.
– ¿Necesitas algo más, Eric? -pregunté.
– ¿Tienes algo más que contarme?
– Sí, lo han torturado.
– Entonces no lo dejarán marchar.
Pues claro que no. No se suelta a un vampiro al que se ha torturado. Tendrías que vigilarte las espaldas por el resto de tu vida. Aunque no había pensado en ello, podía ver la verdad que aquello entrañaba.
– ¿Piensas atacar? -no quería estar cerca de Jackson cuando eso ocurriera.
– Deja que me lo piense -dijo Eric-. ¿Vuelves al bar mañana por la noche?
– Sí, Russell me ha invitado.
– Sookie atrajo su atención esta noche -añadió Alcide.
– ¡Eso es perfecto! -saltó Eric-. Mañana siéntate con la gente de Edgington y bárreles el cerebro, Sookie.
– Es algo que jamás se me habría ocurrido, Eric -dije, aburrida-. Vaya, no sabes cuánto me alegro de que me hayas despertado esta noche para explicármelo.
– No ha sido nada -dijo Eric-. Siempre que quieras que te despierte, Sookie, sólo tienes que decírmelo.
Suspiré,
– Lárgate, Eric. Buenas noches de nuevo, Alcide.
Alcide se envaró, a la espera de que Eric volviese a salir por la ventana. Eric esperó a que Alcide se marchara.
– Rescindo la invitación a mi apartamento -dijo Alcide, y, de forma abrupta, Eric se dirigió hacia la ventana, la abrió y se lanzó al exterior. No dejaba de mirar con el ceño fruncido. Una vez fuera, recuperó la compostura y nos sonrió, saludando mientras descendía hasta desaparecer.
Alcide cerró la ventana de golpe y bajó las persianas.
– No, hay muchos hombres a los que no les gusto en absoluto -le dije. Vale, esa vez había sido fácil de leer.
Me lanzó una mirada extraña.
– ¿De verdad?
– Sí.
– Si tú lo dices.
– La mayoría de la gente, o sea, la gente normal… piensa que estoy como una cabra.
– ¿De veras?
– ¡Que sí! Y les pone muy nerviosos que les sirva.
Empezó a reírse, una reacción que distaba tanto de lo que yo había pretendido, que no se me ocurrió qué decir a continuación.
Salió de la habitación, aún entre risas.
Vaya, eso sí que había sido raro. Apagué la lámpara y me quité la bata, extendiéndola a los pies de la cama. Volví a hundirme entre las sábanas, con la manta subida hasta la barbilla. Fuera estaba muy oscuro y hacía mucho frío, pero allí estaba yo, al fin, caliente, segura y sola.
Muy, muy sola.
Ala mañana siguiente, Alcide ya se había marchado cuando yo me levanté. El sector de la construcción y del peritaje madruga mucho, y yo estaba acostumbrada a dormir hasta tarde, en parte debido a mi trabajo en el bar y en parte porque salía con un vampiro. Si quería pasar tiempo con Bill, tenía que ser por la noche, obviamente.
Había una nota pegada a la cafetera. Me dolía un poco la cabeza, dado que no estoy acostumbrada a beber y la noche anterior tomé un par de copas. No se trataba realmente de una resaca, pero tampoco estaba de mi habitual y alegre humor. Bizqueé para leer la nota.
«Estoy haciendo unos recados. Siéntete como en casa. Estaré de vuelta por la tarde.»
Por un momento me sentí decepcionada y alicaída, pero me recuperé. Tampoco era que él hubiera acudido a mí tras planear un fin de semana romántico o que nos conociéramos bien. Alcide había recibido la obligación de mi compañía. Me encogí de hombros y me serví un café. Me hice unas tostadas y puse las noticias. Tras ver un ciclo de titulares de la CNN, decidí ducharme. Me tomé mi tiempo. ¿Qué otra cosa tenía que hacer?
Corría el peligro de experimentar un estado desconocido: el aburrimiento.
En casa siempre había algo que hacer, aunque no fuese algo de lo que disfrutara particularmente. Cuando tienes una casa, siempre hay alguna tarea pendiente. En Bon Temps siempre me quedaba la biblioteca, la tienda de todo a un dólar o el supermercado. Desde que salía con Bill, también le había hecho algunos recados que sólo podían realizarse de día, cuando las oficinas están abiertas.
Cuando, Bill se cruzó por mi mente, estaba tironeando de un mechón de pelo de mi flequillo, inclinándome sobre el lavabo mientras me miraba al espejo del baño. Tuve que dejar las pinzas y me senté en el borde de la bañera. Mis sentimientos hacia Bill eran tan confusos y conflictivos, que no vi la posibilidad de aclararlos a corto plazo. Pero ser consciente de que estaba metido en problemas y que no sabía dónde encontrarlo era una losa insoportable. Jamás creí que nuestra relación de amor iría como la seda. Después de todo, se trataba de una relación entre dos especies distintas. Y Bill era mucho mayor que yo. Pero ese doloroso cisma que sentía ahora que había desaparecido… era algo que jamás habría imaginado.