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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿Sobre qué?

Samantha cogió un colador y dejó caer la coliflor dentro. Dedicó su atención a los pimientos verdes.

– Sobre cómo curarle.

– ¿De qué?

– De ella. La gata. La yegua. La cerda. Lo que tú quieras.

– Julian no ha de curarse de nada -dijo Samantha en un último y desesperado esfuerzo por alejarlo del tema-. Hace lo que quiere, tío Jeremy.

– Y un huevo. Es un hombre colgado de una cuerda, y todos sabemos dónde está atada. Ella le maneja como a una marioneta.

– No seas tan duro.

– Ésa es la palabra, dura. La tiene dura desde hace tanto tiempo que su cerebro se ha instalado en su polla de manera permanente.

– Tío Jeremy…

– Solo piensa en chuparle esas gloriosas tetas sonrosadas. Y en cuanto se la mete hasta el fondo y empieza a gemir como una…

– ¡Basta! -Samantha partió el pimiento verde como si utilizara una cuchilla de carnicero-. Te has expresado con la más absoluta claridad, tío Jeremy. Ahora me gustaría seguir preparando la cena.

Jeremy sonrió poco a poco, la sonrisa de un borracho.

– Estás hecha para él, Sammy. Tú lo sabes tan bien como yo. ¿Qué vamos a hacer para que suceda?

De repente la miró fijamente, como si no estuviera borracho. ¿Cuál era la figura mitológica capaz de fulminar con la mirada? El basilisco, pensó. Su tío era un basilisco.

– No sé de qué estás hablando -dijo, menos segura y más asustada.

– No, claro.

Jeremy sonrió, y cuando salió de la cocina caminaba como un hombre sobrio.

Samantha siguió troceando los pimientos hasta que oyó sus pasos en la escalera y el pestillo de la puerta de la cocina cerrarse a su espalda. Después, con un cuidadoso dominio del que se sintió orgullosa dadas las circunstancias, dejó el cuchillo a un lado. Apoyó las manos sobre el borde de la encimera, se inclinó sobre las verduras, inhaló su aroma, concentró sus pensamientos en un mantra de creación propia («El amor me llena, me abraza. El amor me realiza») y trató de recuperar algo de serenidad. Claro que no había conocido la serenidad desde la noche anterior, cuando se había dado cuenta de la equivocación cometida en conjunción con el eclipse lunar. Tampoco había conocido la serenidad desde que se había dado cuenta de lo que Nicola Maiden significaba para su primo. Pero obligarse a susurrar el mantra era una costumbre, y la utilizó ahora, pese al hecho de que el amor era el último sentimiento de que se sentía capaz en ese momento.

Aún estaba concentrada en la meditación, cuando oyó que los perros ladraban en sus perreras, situadas en los bloques de establos reconvertidos, al oeste del caserón. El sonido de sus agudos y emocionados ladridos le reveló que Julian estaba con ellos.

Samantha consultó su reloj. Era hora de dar de comer a los perros adultos, hora de observar a los cachorrillos, y hora de los juegos en que los cachorros de mayor edad iniciaban el proceso de socialización. Julian estaría con ellos una hora, como mínimo. Samantha tenía tiempo de sobra para prepararse.

Se preguntó qué diría a su primo. Se preguntó qué le diría él. Y se preguntó qué más daba, con Nicola Maiden de por medio.

Nicola había caído mal a Samantha desde el primer momento. Su desagrado no se fundaba en lo que la mujer más joven representaba para ella, la principal competidora por el afecto de Julian, sino en lo que Nicola era. Su soltura era irritante y sugería una autoconfianza que se contradecía con las raíces consternantes de la muchacha. La hija de poco más que un hotelero, graduada en una escuela secundaria de Londres y una universidad de tercera categoría, comparable a una politécnica vulgar, ¿quién se creía que era para moverse con tanta desenvoltura por las habitaciones de Broughton Manor? Pese a su decrepitud, todavía representaban cuatrocientos años de posesión ininterrumpida por la familia Britton. Y ese era el tipo de linaje que Nicola Maiden no podía reclamar para sí.

Pero este conocimiento no parecía perturbarla en lo más mínimo. Y había una buena razón para ello: el poder inherente a su aspecto inglés. El cabello de Ginebra, [4] de piel perfecta, ojos de pestañas oscuras, esqueleto delicado, orejas en forma de concha marina… Había recibido todas las ventajas físicas que una mujer podía percibir. Y cinco minutos en su presencia habían bastado a Samantha para comprender que ella lo sabía muy bien.

«Es fantástico conocer por fin a un pariente de Julian -había confiado a Samantha durante su primer encuentro, siete meses antes-. Espero que lleguemos a ser buenas amigas.”

A mitad del trimestre se había ido de vacaciones con sus padres. Telefoneó a Julian la mañana de su llegada, y por la forma en que él apretó el auricular contra el oído, Samantha comprendió en qué dirección soplaba el viento, y a favor de quién. Pero no había conocido la fuerza de ese viento hasta conocer a Nicola.

La sonrisa luminosa, la mirada franca, la carcajada alegre, la conversación sencilla… Aunque sentía por ella algo más que un tibio desagrado, Samantha había necesitado varios encuentros con Nicola para llevar a cabo un análisis completo de la amada de su primo. Y cuando lo hizo, sus conclusiones no hicieron más que aumentar la incomodidad de Samantha cada vez que se encontraban. Porque veía en Nicola Maiden a una joven satisfecha de sí misma, que se ofrecía al mundo sin importarle si sería aceptada. No albergaba las dudas, los temores, las inseguridades y las crisis de confianza de la hembra en busca del varón que la definía. Debía de ser por eso, pensaba Samantha, que Julian Britton estaba tan dispuesto a hacerlo.

Más de una vez, durante el tiempo que llevaba en Broughton Manor, Samantha había sorprendido a Julian en una actitud que testimoniaba la atracción que Nicola Maiden ejercía sobre un hombre. Encorvado sobre una carta que le estaba escribiendo, resguardando el auricular de posibles oídos curiosos cuando hablaba con ella, mirando sin ver por encima del muro del jardín hacia el puente peatonal que salvaba el río Wye mientras pensaba en ella, sentado en su despacho con la cabeza apoyada en las manos mientras la recreaba en su mente, el primo de Samantha era poco más que la presa de una cazadora a la que ni siquiera comprendía.

No había forma de que Samantha consiguiera hacerle ver a su amada tal como era. Solo quedaba la opción de dejar vía libre a su pasión, para culminar en el matrimonio que él anhelaba con desesperación, o bien forzar una ruptura permanente entre él y la mujer que deseaba.

Tener que aceptar esta última alternativa había enfrentado a Samantha con su propia impaciencia, que la acosaba en todos los rincones de Broughton Manor. Reprimía su deseo de meter la verdad en la cabeza de su primo. Una y otra vez rechazaba el ansia de menospreciarla que sentía siempre que se tocaba el tema de Nicola. Sin embargo, estos virtuosos esfuerzos de autocontrol pasaban factura. Y el precio que empezaba a pagar era la angustia, el resentimiento, el insomnio y una rabia ciega.

Tío Jeremy no ayudaba en absoluto. Samantha recibía de él diarias insinuaciones lascivas y agresiones directas, todas las cuales giraban en torno o apuntaban a la vida amorosa de Julian. Si no se hubiera percatado nada más llegar a Broughton Manor de lo necesaria que era su presencia, si no hubiera necesitado un respiro de las incesantes exhibiciones de dolor lúgubre de su madre, Samantha habría tirado la toalla meses antes. Pero se había mantenido en sus trece y guardado silencio (casi siempre) porque había sido capaz de imaginar la perspectiva fundamentaclass="underline" la sobriedad de Jeremy, la bendita distracción que la reconciliación con él proporcionaría a su madre, y el gradual descubrimiento de Julian de la contribución que estaba efectuando Samantha a su bienestar, su futuro y su esperanza de transformar la mansión y la propiedad en un negocio boyante.

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[4] Se refiere a la reina Ginebra, consorte del rey Arturo. (N. del T.)

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