La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Hemos hecho un trato que he jurado cumplir.
— ¿Y crees que él cumplirá su parte?
— Únete a nosotros, Richard, y verás la gloria que espera a quienes le sirven. Tendrás una vida eterna.
Richard se encaramó de un salto a una roca.
— ¡Nunca!
La mujer alzó la vista hacia él con fría distancia.
— Pensaba que me divertiría, pero esto empieza ya a aburrirme. —Dicho esto, extendió una mano y lanzó un retorcido y sinuoso rayo. Pero era un rayo distinto de cualquier otro que Richard hubiese visto antes. Era completamente negro.
En vez de ser una ráfaga de luz y calor, era un ondulante vacío negro como la piedra noche, como las cajas del Destino, como la muerte eterna. En comparación, el paisaje tenuemente iluminado por la luz de la luna parecía un día soleado.
Richard supo que eso era Magia de Resta.
Liliana dirigió el negro rayo a la roca sobre la que Richard se había subido. Sin ningún esfuerzo el rayo desintegró toda una porción de roca. La mitad superior se desplomó sobre la mitad inferior. Los árboles situados detrás, hasta una distancia considerable, quedaron partidos del mismo modo por el rayo negro y cayeron al suelo con estrépito.
Richard perdió el equilibrio y cayó por la empinada ladera dando tumbos. Al llegar al fondo extendió ambos brazos para protegerse e inmediatamente rodó sobre su espalda. Al alzar la mirada, ahogó un grito.
Liliana ya estaba encima de él, sosteniendo en alto la espada con ambas manos. Por su expresión, Richard supo que su intención era cortarle las piernas. La sangre se le heló en las venas al ver que el acero iniciaba el descenso.
La táctica no le había funcionado. Tenía que probar otra cosa o estaba perdido.
La espada de la Hermana formaba una imagen borrosa a la luz de la luna. Richard derribó todas sus barreras, dio carta blanca a su yo interior, a su don. Tenía que rendirse a lo que fuera que albergaba en su interior o moriría. Era su única oportunidad. Richard halló el centro de calma y se dejó guiar por él.
Entonces vio la Espada de la Verdad dirigirse hacia arriba. Tenía los nudillos blancos por el esfuerzo. La espada era un resplandor blanco en la penumbra.
Con todas sus fuerzas hundió la sibilante hoja blanca en el cuerpo de Liliana, bajo las costillas. Cuando la punta le cortó la columna y salió por la espalda, entre las escápulas, la mujer se quedó lacia y sin vida. Solamente la espada y la fuerza de Richard la mantenían en pie.
La boca de la mujer se abrió en un grito ahogado. La espada cayó y quedó clavada en el suelo. Sus pálidos ojos lo miraban desorbitados.
— Te perdono, Liliana —susurró Richard.
Los brazos de la mujer se agitaron sin ninguna coordinación. El terror inundó sus ojos. Trató de decir algo, pero de su boca solamente brotó sangre.
Entonces resonó un estruendoso crujido, como de un relámpago, pero en vez de una ráfaga de luz, una onda de total oscuridad avanzó por el bosque. Richard sintió que el corazón le dejaba de latir un instante. Cuando desapareció, la luz de la luna lo deslumbró. Liliana estaba muerta.
Richard supo que el Custodio se había llevado su alma.
La vez anterior había conjurado la magia blanca de la espada siendo plenamente consciente de lo que hacía. Pero esta vez, siguiendo los consejos de Nathan, había dejado que fuera su instinto, su don en definitiva, el que lo hiciera. Ambas cosas, la inmediata respuesta de la magia blanca y el hecho de haber sido conjurada de manera inconsciente, lo llenaban de asombro.
Algo dentro de sí había sabido qué hacer para contrarrestar el odio del Custodio que invadía a Liliana. Todavía no podía asimilar lo ocurrido. Mientras recuperaba su espada, contempló el cuerpo de la mujer. Él confiaba en ella; había puesto su fe en Liliana.
Volvía a estar como al principio; con el rada’han alrededor del cuello y ninguna idea de cómo librarse de él. Pero, con collar o sin él, tenía que atravesar la barrera que lo mantenía prisionero. Decidió que iría a recoger sus cosas a palacio y luego hallaría el modo de cruzar esa barrera invisible.
Mientras limpiaba la hoja de la espada en la ropa de la Hermana, recordó que había sido capaz de llamarla con magia desde donde estaba, en el centro del claro, a una buena distancia de él. De algún modo, había logrado atraerla, al igual que la magia. La espada había volado hasta su mano.
El joven dejó la espada en el suelo y conjuró su magia. Como siempre, su rabia, su furia, lo invadieron. Entonces extendió una mano y la llamó mentalmente. Pero la espada no se movió ni un milímetro del suelo. Por más que lo intentó, no se movió ni un ápice.
Frustrado, la guardó en su vaina. Entonces recogió la espada de Liliana y rompió la hoja contra una rodilla. Al arrojar los trozos a un lado, se fijó en algo blanco.
Lo único que quedaba de esa persona eran huesos blancos que brillaban a la luz de la luna. Solamente vio la mitad superior, por lo que supuso que los animales habrían devorado el resto. Pero entonces descubrió la pelvis y las piernas no lejos de allí. Los huesos de las piernas estaban rodeados aún por jirones del mismo vestido que en la parte superior.
Richard se arrodilló y examinó la mitad superior. Los animales no lo habían tocado. No se veía la marca de dientes en ningún hueso. Estaba intacto, tal como había caído.
Frunciendo el entrecejo, se fijó en que las vértebras inferiores estaban destrozadas. Richard jamás había visto huesos rotos de ese modo. Era como si una explosión hubiese partido a esa mujer por la mitad.
En silencio siguió observando y pensando. Había muerto asesinada. Presentía que había sido cosa de magia.
— ¿Quién te hizo esto? —susurró.
Lentamente, los huesos del brazo se alzaron hacia él a la luz de la luna. Los dedos se extendieron y revelaron una delgada cadena, que quedó colgando.
Con los pelos de punta, Richard cogió la cadena con sumo cuidado. Algo pendía de ella. Richard la alzó hacia la luz y vio que era un trozo casi informe de oro en el que aún se reconocía la letra J.
— Jedidiah —murmuró Richard.
66
Al acercarse más, percibió un tumulto en el puente de piedra. La multitud se agolpaba en uno de sus pretiles, y todos miraban hacia el río. Al llegar al centro se fue abriendo paso hacia el parapeto inferior. Entonces distinguió a Pasha, inclinada como los demás por encima de la piedra, con la vista clavada en las aguas.
— ¿Qué pasa aquí? —preguntó al llegar detrás de la muchacha.
Al oír su voz, Pasha giró sobre sus talones y se estremeció.
— ¡Richard! Creí que… —La joven volvió a mirar hacia el río, y luego otra vez a él.
— ¿Qué creías?
Pasha lo enlazó por la cintura.
— ¡Oh, Richard! ¡Creí que habías muerto! ¡Gracias al Creador!
Richard le apartó los brazos y luego se inclinó sobre el parapeto para mirar hacia el oscuro río. Varias barcas, cada una con una linterna, remolcaban un cuerpo enganchado en sus redes. A la parpadeante luz amarilla Richard reconoció el manto rojo.
Entonces echó a correr por el puente y bajó hasta la orilla justo cuando llegaban las barcas. Cogió las redes que un hombre le tendía y las alzó, junto con lo que habían atrapado, hasta la orilla cubierta de hierba.
Había un pequeño orificio redondo en la parte trasera inferior del manto. Dio la vuelta al cuerpo y contempló los ojos sin vida de Perry. Richard gruñó.
La Segunda Norma de un mago. Perry había muerto porque Richard la había vulnerado. Con su mejor intención había tratado de hacer un bien, pero el resultado había sido nefasto. El dacra que había matado a Perry iba dirigido contra Richard.
Pasha se le acercó por la espalda.
— Richard, tenía tanto miedo de que fueses tú. —La novicia rompió a llorar—. ¿Qué hacía él con tu manto rojo?
— Se lo presté. —El joven le dio un rápido abrazo, y añadió—: Tengo que irme, Pasha.