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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Supongo que es porque tuvo la oportunidad de traerme aquí cuando era niño y no lo hizo. Dejó que creciera junto a mis padres, dejó que disfrutara de su amor. ¿Qué hay más importante en la vida que crecer rodeado de amor? Podría haberme privado de ello, pero no lo hizo.

— Me alegro de que no estés amargado.

Richard siguió dando vueltas mientras pensaba. Pero pronto se detuvo.

— Hermana, no puedo quedarme aquí sin hacer nada. Voy a hablar con los guardias. Tenemos que averiguar dónde están mis maestras y lo que se traen entre manos. Los guardias las buscarán si se lo pido.

— Supongo que no puede hacer ningún mal. Ve a hablar con ellos. Así el tiempo se te hará más corto.

Richard recorrió los oscuros corredores de piedra sumido en sus pensamientos. Tenía que averiguar el paradero de las hermanas Tovi, Cecilia, Merissa, Nicci y Armina. Una o todas ellas podían ser Hermanas de las Tinieblas. Quién sabía lo que planeaban hacer. Podrían estar buscándolo. Podrían…

Un apabullante dolor lo lanzó hacia atrás. Era como si le hubieran golpeado el rostro con un bastón. Richard se levantó tambaleándose. Todo le daba vueltas alrededor. Se palpó buscando sangre, pero no la halló.

Otro golpe, esta vez en la parte posterior de la cabeza. Richard se levantó apoyándose sobre las manos, tratando de descifrar dónde estaba. La mente le funcionaba lentamente. Pugnaba por comprender qué le estaba ocurriendo.

Una sombra oscura se cernía sobre él. Haciendo un esfuerzo, volvió a ponerse de pie con movimientos vacilantes. Buscó a tientas la espada, pero era incapaz de recordar con qué mano usarla. No lograba moverse a la velocidad normal.

— ¿Dando un paseo, paleto?

Richard alzó la vista y vio a un sonriente Jedidiah, de pie con las manos metidas en las mangas. Por fin halló la empuñadura de la espada y lentamente trató de desenvainarla. Luchaba por conjurar la magia al tiempo que se tambaleaba hacia atrás.

Mientras la cólera invadía su nublado cerebro, Jedidiah extendió las manos. Sostenía un dacra. El mago alzó el brazo empuñando el puñal de plata. Richard se preguntó qué hacer y si era real. Tal vez despertaría y descubriría que sólo era un sueño.

Al alzar al máximo el dacra, los ojos de Jedidiah parecieron iluminarse con una luz interior. Lentamente primero y luego cada vez más rápido, Jedidiah se desplomó hacia adelante y dio de bruces en el suelo.

Una onda de terrible oscuridad recorrió el pasillo. Cuando la luz de las antorchas volvió a brillar, la hermana Verna estaba detrás del lugar que antes ocupaba Jedidiah. Empuñaba un dacra. Richard cayó de rodillas, tratando aún de recuperarse.

La hermana Verna se inclinó rápidamente y le puso las manos a ambos lados de la cabeza. Inmediatamente la mente de Richard volvió a estar alerta. Una vez de pie, bajó la vista hacia Jedidiah y vio un pequeño orificio redondo en la espalda.

— Pensé que sería buena idea ir a hablar con algunas de las Hermanas —le explicó Verna—. Pensé que cuantas más personas supieran de la existencia de las Hermanas de las Tinieblas, mucho mejor.

— Era él, ¿verdad? Jedidiah era el hombre al que amabas.

La Hermana se enfundó el dacra en la manga.

— Ya no era el Jedidiah que yo conocí. Mi Jedidiah era un buen hombre.

— Lo siento, hermana Verna.

La mujer asintió con aire ausente.

— Ve a hablar con los guardias. Yo haré lo mismo con las Hermanas. Nos reuniremos en la habitación de Nathan. Creo que será mejor que durmamos unas cuantas horas allí en vez de en nuestros dormitorios.

— Sí, tienes razón. Cuando amanezca, recogeremos nuestras cosas y partiremos.

Al oír que Nathan entraba en la habitación, Richard se incorporó y se frotó los ojos. La hermana Verna se levantó rápidamente del sofá, pero a Richard le costó más despertar.

Ambos se habían acostado muy tarde. La confusión se había apoderado del palacio. Lo ocurrido en el despacho de la Prelada era prueba más que suficiente de que las míticas Hermanas de las Tinieblas existían realmente. Los escépticos solamente tenían que echar un vistazo a los agujeros abiertos en una docena de paredes, o a los árboles y piedras cortados limpiamente, para convencerse de que se había usado Magia de Resta.

Richard había encomendado a los guardias que buscaran discretamente a las seis Hermanas: Ulicia y sus cinco maestras. Las demás Hermanas también las estaban buscando. Asimismo había ido a ver a Warren para explicarle lo ocurrido.

Richard estiró las piernas mientras se ponía en pie.

— ¿Cómo está? ¿Va a recuperarse?

— Ahora descansa —contestó un demacrado Nathan—, pero es demasiado pronto para poder saberlo. Cuando haya descansado podré hacer más.

— Gracias, Nathan. Sé que Ann no podría estar en mejores manos.

El Profeta añadió un gruñido a su avinagrado gesto.

— Me estás pidiendo que cure a mi carcelera.

— Seguro que Ann te lo agradece. Tal vez reconsiderará incluso tu posición de prisionero. Y, si no lo hace, regresaré para ver qué puedo hacer.

— ¿Regresar? ¿Es que vas a alguna parte, muchacho?

— Sí, Nathan, y necesito tu ayuda.

— Si te ayudo, se te puede meter en esa dura cabeza tuya lanzarte a destruir el mundo.

— ¿Acaso las profecías dicen que has sido enviado para detenerme?

El Profeta lanzó un cansino suspiro.

— Bueno, ¿qué es lo que quieres?

— ¿Cómo puedo atravesar la barrera? El rada’han me lo impide.

— ¿Qué te hace pensar que yo lo sé?

Richard dio airadamente un paso hacia el imponente mago.

— Nathan, no juegues conmigo. No estoy de humor, y esto es demasiado importante. Tú la cruzaste. Fuiste con Ann a Aydindril para recuperar el libro del Alcázar del Hechicero, ¿recuerdas?

El Profeta se bajó las mangas.

— Es sencillo; se trata de crear un escudo alrededor del rada’han. Ann me ayudó. La hermana Verna puede hacer lo mismo por ti. Yo le diré cómo.

— ¿Y qué me dices del valle de los Perdidos? ¿Podré volverlo a cruzar?

Nathan negó con la cabeza, al tiempo que una penetrante mirada que nada bueno auguraba iluminaba sus ojos.

— No, has acumulado demasiado poder. El collar lo ha ayudado a crecer. Atraerías los hechizos. Y la hermana Verna tampoco puede volverlo a cruzar, pues sería ya la tercera vez. Además, también ella tiene demasiado poder. Después de haberlo cruzado dos veces y haber tomado el don de otras dos Hermanas, está prisionera en el Viejo Mundo.

— Entonces, ¿cómo conseguiste tú cruzarlo tres veces? Provienes de D’Hara, lo cual hace una; luego acompañaste a Ann al Nuevo Mundo y volviste, lo que suman la segunda y la tercera. ¿Cómo lo lograste?

El Profeta esbozó una astuta sonrisa.

— No crucé el valle las tres veces sino sólo una. —Nathan alzó una mano para acallar las protestas de Richard—. Ann y yo no cruzamos el valle, sino que lo rodeamos. Navegamos alrededor del área de influencia de los hechizos, en alta mar, y desembarcamos en la costa meridional de la Tierra Occidental. Es una travesía larga y complicada, pero lo conseguimos. Otros muchos no tienen tanta suerte.

— ¡Por mar! —Richard miró a la hermana Verna—. No tengo tanto tiempo. Falta menos de una semana para el solsticio de invierno. Tengo que pasar por el valle.

— Richard, comprendo cómo te sientes —le dijo Verna con voz suave—, pero tardarás casi una semana en llegar al valle de los Perdidos. Incluso si hallas el modo de pasar, es imposible que llegues a tiempo.

El joven replicó, controlando su rabia:

— No tengo experiencia en lo de ser mago. No puedo contar con mi don. Y tampoco me interesa aprender a usarlo.

»Pero también soy el Buscador y en eso sí tengo experiencia. Nada me detendrá. Nada. Prometí a Kahlan que la protegería aunque tuviese que ir al inframundo y luchar contra el Custodio. Cumpliré esa promesa.

El rostro de Nathan se ensombreció.

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