La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Te ayudaré. No sé cómo, pero te ayudaré a traspasar la barrera. Tu verdadero problema es el valle de los Perdidos. Ahora que el collar ha contribuido al desarrollo de tu Magia de Resta, atraerás los hechizos. Esta vez la magia te encontrará.
— Debo hallar el modo. Tengo que intentarlo.
La hermana Verna se quedó un momento pensativa.
— Si existe alguna posibilidad de que la profecía sobre su agente se cumpla, el Custodio tratará de detenerte. Las Hermanas de las Tinieblas harán lo posible por detenerte. Estoy segura de que Liliana no era la única.
— ¿Quién la nombró maestra mía?
— La oficina de la Prelada es quien asigna las maestras, pero probablemente no se ocupó ella personalmente. Por lo general, de estos asuntos se encargan sus administradoras.
— ¿Administradoras?
— Las hermanas Ulicia y Finella.
— Creí que eran sus guardianas.
— ¿Guardianas? No. Tal vez lo son en un sentido burocrático. La Prelada es más poderosa que ellas y no necesita guardianas. Algunos de los muchachos las consideran así, porque siempre les impiden verla. Hacen parte de su trabajo en la oficina de la Prelada, aunque tienen sus propios despachos donde se encargan de asuntos administrativos.
— Quizá las Hermanas de las Tinieblas fueron a por mí y decidieron atacarme ahora porque habían sido descubiertas.
— No. La Prelada solamente me lo dijo a mí.
— ¿Pudo haberos oído alguien?
— No, protegió la habitación.
— Hermana Verna, Liliana tenía Magia de Resta. Ningún escudo que alce la Prelada sirve de nada contra esa magia. Una de las administradoras me asignó a la hermana Liliana.
Verna inspiró bruscamente.
— Y a las otras cinco. Si una o ambas oyeron lo que sabe la Prelada, entonces la Prelada… ¡El despacho de la hermana Ulicia! ¡Allí es donde vi esta estatua!
Richard la agarró por la muñeca y la obligó a levantarse.
— ¡Rápido! ¡Si trataron de matarme a mí, pueden tratar de matar a la Prelada antes de que avise a alguien más!
Ambos bajaron corriendo la escalera y salieron de la Residencia Guillaume. En la oscuridad cruzaron patios y corrieron por pasillos y corredores. El guardia de servicio no era Kevin, pero también conocía a Richard y no los detuvo. Las Hermanas tenían paso libre.
Richard supo que llegaban tarde al ver las puertas de la oficina de la Prelada chamuscadas y arrancadas de sus goznes. Frenó deslizándose sobre el suelo de mármol del pasillo. Había papeles y libros de contabilidad esparcidos por todas partes.
La hermana Verna aún corría por el corredor cuando Richard entró en la oficina con la espada desenvainada. Era como si dentro se hubiera desatado una furiosa tempestad. Lo que quedaba de la hermana Finella yacía en el suelo, detrás de su escritorio. El resto había salpicado toda la pared. El joven oyó la ahogada exclamación de la hermana Verna mientras abría de un puntapié el despacho de la Prelada.
Cuando la puerta se abrió, Richard entró ejecutando una voltereta. Al levantarse, sostenía la espada con ambas manos. En el despacho de la Prelada reinaba un caos aún mayor; el suelo estaba cubierto por una gruesa capa de papeles. Era como si todos los libros de las estanterías hubieran explotado lanzando las hojas en todas direcciones. La pesada mesa de nogal yacía hecha añicos contra la pared más alejada. La única luz era la que entraba por el umbral a su espalda y por las puertas abiertas del jardín.
La hermana Verna encendió una brillante llama en la palma de la mano. Richard distinguió una figura en el extremo más alejado del despacho, cerca de la mesa volcada y destrozada. Una cabeza se alzó lentamente y unos ojos lo miraron fijamente. Era la hermana Ulicia.
Richard se zambulló a un lado para esquivar el rayo de luz azul que iba hacia él y abrió un boquete en la pared, a su espalda. La hermana Verna contraatacó con una ráfaga de fuego amarillo. Ulicia saltó hacia el jardín para evitar el fuego. Richard la persiguió, mientras la hermana Verna corría hacia la mesa volcada y empezaba a retirar los restos.
— ¡Agáchate! —le gritó Richard.
Un retorcido relámpago negro devoró un pedazo de muro, justo encima de la cabeza de la Hermana, que se aplastó contra el suelo. Varios estantes con libros cayeron al suelo. A través del vacío creado por el relámpago negro Richard vio la habitación adyacente, y otras más. Yeso y listones se desplomaban levantando nubes de polvo.
Lleno de furia y sin pensar, Richard se levantó tan pronto como el relámpago hubo pasado y corrió hacia afuera. Distinguió una oscura figura que se alejaba por un sendero.
Otro relámpago negro hendió la noche. El serpenteante vacío peinó el patio, derribando árboles y rompiendo ramas. Un muro de piedra se desplomó cuando fue partido en dos. El ruido fue atronador.
Cuando cesó, Richard se puso en pie de nuevo y se disponía a emprender la persecución de la hermana Ulicia cuando una mano invisible lo frenó y lo lanzó hacia atrás.
— ¡Richard! —El joven nunca había oído gritar tan fuerte a la hermana Verna—. ¡Ven aquí!
Richard regresó al despacho de la Prelada.
— Tengo que ir… —dijo jadeando, deteniéndose junto a la Hermana.
Pero Verna se puso de pie de un salto y lo agarró por la camisa, esta vez con su mano real.
— ¿Ir adónde? ¿A que te maten? ¿De qué serviría? ¿En qué ayudará eso a Kahlan? ¡La hermana Ulicia posee unos poderes que ni te imaginas!
— Pero va a escapar.
— Al menos tú seguirás vivo. Vamos, ayúdame a levantar la mesa. Creo que la Prelada sigue con vida.
— ¿Estás segura? —inquirió Richard, esperanzado.
El joven empezó a retirar los pedazos de mesa y arrojarlos luego a un lado. El cuerpo estaba bajo el montón de escombros. La hermana Verna estaba en lo cierto; la Prelada seguía con vida, aunque estaba muy malherida.
Verna usó su poder para levantar los trozos más pesados de la mesa y los estantes, mientras Richard iba retirando cuidadosamente los restos más ligeros. La Prelada, totalmente cubierta de sangre, estaba encajada entre la estantería inferior y la pared.
Ann gruñó de dolor cuando Richard la cogió con suavidad y tiró de ella. Richard no daba nada por su vida.
— Necesitamos ayuda —dijo.
La hermana Verna recorrió con las manos el cuerpo de la Prelada.
— Richard, está muy mal. Noto algunas de sus heridas y son muy graves. Yo no puedo ayudarla y dudo que nadie pueda.
Richard cogió a Ann en brazos.
— No permitiré que muera —declaró—. Si alguien puede ayudarla, ése es Nathan. Vamos, ven conmigo.
El ensordecedor estrépito causado por la exhibición de poder de la hermana Ulicia había atraído a guardias y Hermanas. Richard no se detuvo a dar explicaciones. Mientras corría trataba de sostener a la Prelada suavemente, pero por sus quejidos se dio cuenta de que estaba sufriendo.
Nathan estaba en el patio cuando los oyó.
— ¿Qué es todo ese ruido? ¿Qué pasa?
— Es Ann. La han herido.
Nathan los condujo al dormitorio.
— Ya sabía yo que esa terca mujer se estaba buscando problemas.
Richard dejó suavemente a Ann encima de la cama y se quedó cerca, mientras Nathan efectuaba un reconocimiento deslizando sobre ella los dedos extendidos. La hermana Verna miraba y esperaba en el umbral.
— Es grave —anunció el Profeta, arremangándose la túnica—. No sé si podré salvarla.
— ¡Nathan, tienes que intentarlo!
— Pues claro que sí, chico. —Con un gesto de la mano los echó a ambos—. Vamos, esperad fuera. Tardaré un rato, al menos una hora, antes de saber si mis poderes bastan para ayudarla. Dejadme solo con ella. Aquí no hacéis nada.
La hermana Verna esperó sentada con la espalda muy recta, mientras Richard daba vueltas.
— Richard, ¿por qué te importa tanto lo que le suceda a la Prelada? Ella ordenó que te trajéramos, aunque era innecesario.
Richard se peinó el pelo hacia atrás con los dedos.