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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— No querrás decir de palacio, ¿verdad? Lo que dijiste sobre marcharte no iba en serio, supongo. No puedes irte, Richard.

— Lo dije muy en serio. Buenas noches, Pasha.

Dejó que los hombres realizaran su ingrata misión y se encaminó a sus habitaciones. Alguien había tratado de matarle y no había sido Liliana. Ella no era la única que quería verlo muerto.

Estaba guardando sus pertenencias en la mochila cuando oyó una llamada a la puerta. Se quedó inmóvil, con una camisa a medio doblar en las manos. Entonces oyó la voz de la hermana Verna que pedía permiso para entrar.

Richard abrió la puerta de golpe, preparado para lanzar una diatriba, pero al ver su expresión las palabras murieron en su garganta. Verna se quedó allí plantada sin moverse, con la mirada perdida.

— Hermana Verna, ¿qué te pasa? —El joven la cogió por un brazo y la condujo adentro—. Siéntate.

La mujer se dejó caer al borde de la silla. Richard se arrodilló frente a ella y la cogió de las manos.

— Hermana Verna, ¿qué te ocurre?

— Estaba esperando que volvieras. —Finalmente los ojos de la mujer, enrojecidos por el llanto, se posaron en los del joven—. Richard —dijo con voz apagada—, ahora mismo necesito un amigo. Y no se me ocurre nadie más que tú.

Richard vaciló. Verna ya sabía cuál era su condición, aunque ahora el joven era consciente de que la Hermana no podía quitarle el collar.

— Richard, cuando las hermanas Grace y Elizabeth murieron, me transmitieron su don. Tengo más poder que ninguna otra Hermana en palacio, que cualquier Hermana normal. Sé que no vas a creerme, pero dudo que ese poder baste para quitarte el rada’han. No obstante, me gustaría probarlo.

Richard sabía perfectamente que no podría. Al menos, eso le había dicho Nathan. Claro que podía estar equivocado.

— Muy bien. Vamos a probarlo.

— Richard, será doloroso…

Richard juntó las cejas en gesto de recelo.

— ¿Por qué será que eso no me sorprende?

— No te dolerá a ti, Richard, sino a mí.

— ¿Qué quieres decir?

— He descubierto que tienes Magia de Resta.

— ¿Y qué significa eso?

— Richard, tú mismo te pusiste el rada’han. El collar se cierra usando la magia de aquel que se lo pone. Yo sólo poseo Magia de Suma, y no creo que baste para romperlo.

»No tengo ningún poder sobre tu Magia de Resta. Tu magia se resistirá a lo que voy a intentar hacer y se defenderá causándome dolor. Pero no te asustes; a ti no te pasará nada.

Richard no sabía qué hacer, ni qué creer. Verna le puso las manos al cuello, a ambos lados del collar. Antes de cerrar los ojos, Richard vio en ellos una mirada vidriosa que reconoció. La Hermana estaba tocando su han.

Con los músculos tensos y la mano derecha en la empuñadura de la espada, Richard esperó, listo para pasar a la acción si la Hermana trataba de hacerle daño. No quería creer que la hermana Verna fuera capaz de eso, pero tampoco lo hubiera creído nunca de Liliana.

La mujer arrugó la frente. Richard solamente sintió un agradable y cálido hormigueo. La habitación vibró con un apagado zumbido. Las esquinas de las alfombras se ondularon hacia arriba y las ventanas se agitaron en sus marcos. La hermana Verna se estremecía por el esfuerzo.

El espejo de pie situado en el dormitorio se hizo añicos, al igual que los cristales de las puertas del balcón cuando se abrieron de golpe. Las cortinas se hincharon hacia afuera, como si soplara un fuerte viento. Del techo caían trozos de yeso y un armario alto se volcó con estrépito.

La mujer dejó escapar un quedo lamento. La cara le temblaba.

Richard le cogió las muñecas y apartó sus manos del rada’han. Verna se dejó caer hacia adelante.

— Oh, Richard —dijo con voz lastimera—. Lo siento mucho. No puedo.

Richard la rodeó con sus brazos y la estrechó contra su pecho.

— No pasa nada. Te creo, Hermana. Sé que lo has intentado. Te has ganado un amigo.

Verna le devolvió el abrazo.

— Richard, tienes que marcharte de palacio.

El joven la hizo sentarse en la silla. Verna se pasó los dedos por los párpados inferiores.

— Dime qué ha ocurrido —pidió Richard, apoyándose sobre los talones.

— Hay Hermanas de las Tinieblas en palacio.

— ¿Hermanas de las Tinieblas? ¿Qué son?

— Las Hermanas de la Luz trabajan para llevar la luz del Creador, su gloria, a sus semejantes. Pero las Hermanas de las Tinieblas sirven al Custodio. Nunca se ha probado su existencia. Presentar tal acusación sin prueba que la sostenga se considera un crimen. Richard, sé que no vas a creerme. Sé que parece que me haya vuelto…

— Esta noche he matado a la hermana Liliana. Te creo.

— ¿Que has hecho qué? —inquirió Verna incrédulamente.

— Liliana me dijo que me ayudaría a quitarme el collar e hizo que me reuniera con ella en el bosque Hagen. Hermana Verna, trató de arrebatarme mi don para incrementar su poder.

— Es imposible. Una mujer no puede absorber el don masculino, ni tampoco a la inversa. Es imposible.

— Pues ella dijo que lo había hecho ya muchas veces. A mí me pareció muy posible mientras lo intentaba. Sentía como si me arrancara el don, la vida misma. Casi lo consigue. He estado a punto de morir.

La Hermana se apartó del rostro su pelo ondulado.

— No entiendo cómo…

— Usaba esto. —Richard le mostró la estatuilla—. El cristal empezó a relucir cuando lo hacía. ¿Sabes qué es?

Verna negó con la cabeza.

— Creo que lo he visto en alguna parte, pero no lo recuerdo. Hace mucho tiempo. Fue antes de que abandonara palacio. ¿Y qué pasó?

— En vista de que no funcionó, porque usé mi poder para impedírselo, Liliana conjuró una espada de las sombras. Quería dejarme indefenso. Me dijo que iba a desollarme vivo y luego robarme el don para ella. Trató de cortarme las piernas. Pero, de algún modo, logré neutralizarla.

»Hermana Verna, Liliana poseía Magia de Resta. Vi cómo la usaba. Y eso no es todo; alguien más intenta matarme. Presté mi manto rojo a Perry. Acaban de sacar su cuerpo del río. Fue apuñalado por la espalda con un dacra.

La Hermana hizo una mueca.

— Oh, Creador mío. —Verna entrelazó los dedos en el regazo—. La Prelada sabe que posees Magia de Resta. Te está utilizando para descubrir a los servidores del Custodio. Richard, yo no estoy totalmente libre de culpa —admitió, cogiéndole una mano—. Ya hace mucho tiempo que debería haber cuestionado cosas que no están bien, pero no lo hice. En vez de eso hice lo que creía correcto.

— ¿Cuestionar el qué?

— Perdóname, Richard. Nunca debí haberte obligado a ponerte el rada’han. No era necesario. Me dijeron que en el Nuevo Mundo no quedaba ningún mago que pudiera ayudar a los nacidos con el don. Creí que sin nuestra ayuda estarías perdido. Pero tu amigo Zedd podría haber impedido que el don te perjudicara. La Prelada sabía que aún quedaban magos capaces de ayudarte, pero dejó que te raptáramos, que te alejásemos del lado de tus amigos y personas queridas por razones egoístas. Sin el rada’han no habrías muerto.

— Lo sé. Hablé con Nathan y me lo dijo.

— ¿Fuiste a ver al Profeta? ¿Qué más te dijo?

— Que tengo más poder que ningún otro mago nacido en los últimos tres mil años. Pero no tengo ni idea de cómo usarlo. Y que tengo Magia de Resta. Según él, las Hermanas no pueden quitarme el collar.

— Siento mucho haberte puesto en esa situación, Richard.

— Hermana Verna, a ti te engañaron como a mí. Eres una víctima. Ambos hemos sido utilizados.

»Pero hay algo peor que eso. Según una profecía, Kahlan morirá en el solsticio de invierno. Tengo que impedirlo como sea. Y Rahl el Oscuro, mi padre, es un agente del Custodio y está en este mundo. Ya viste la marca que me grabó a fuego. Es un agente que puede romper el velo si tiene todos los elementos en el lugar adecuado, aunque lo dudo.

»Hermana Verna, tengo que irme de aquí. Debo atravesar la barrera.

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