La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Ya te he avisado, Richard; si esa profecía no se cumple, el Custodio vencerá. No trates de impedirlo. Tienes el poder para entregar al Custodio el mundo de los vivos.
— No es más que un acertijo sin sentido —gruñó Richard, frustrado, aunque sabía que no era cierto.
Nathan frunció el entrecejo al modo de los Rahl, un gesto que Richard había heredado.
— Richard, la muerte y la vida son inseparables. Así lo dispuso el Creador. Si tomas la decisión equivocada, todos los seres vivos pagarán el precio de tu obstinación.
»Y no olvides lo que te dije sobre la piedra de Lágrimas. Si la utilizas mal, para desterrar un alma a las profundidades del inframundo, destruirás el equilibrio universal.
— ¿La piedra de Lágrimas? —inquirió la hermana Verna con recelo—. ¿Qué tiene Richard que ver con la piedra de Lágrimas?
— Se nos acaba el tiempo —fue la respuesta de Richard—. Voy a mi habitación a recoger mis cosas. Tenemos que partir enseguida.
— Richard, Ann ha depositado su fe en ti —dijo Nathan—. Dejó que disfrutaras del amor de tu familia, pensando que quizá de ese modo comprenderías mejor cuál es el verdadero significado de la vida. Por favor, tenlo en cuenta cuando te llegue el momento de tomar una decisión.
Richard clavó la mirada en Nathan.
— Gracias por tu ayuda, Nathan, pero no pienso permitir que la mujer a la que amo muera a causa de un acertijo contenido en un viejo libro. Espero que nos volvamos a ver. Tenemos mucho de qué hablar.
Richard vació el cuenco lleno de monedas de oro en el fondo de la mochila y luego embutió en ella el resto de sus cosas. Se dijo que, si ese oro le ayudaba a salvar a Kahlan, el palacio se lo debía como compensación por todo lo que le había hecho.
Con ese oro las Hermanas seducían a los muchachos y los empujaban a una vida de holganza. Tal como Nathan había dicho, mermaba su humanidad. Tal vez ésa era la razón por la cual Jedidiah había prestado atención a las promesas del Custodio.
Richard dudaba que alguno de los jóvenes magos, con la excepción de Warren, hubiese movido ni un solo dedo desde que llegaran a palacio, donde tenían un acceso ilimitado al dinero sin tener ni idea de su verdadero valor. Era una manera más que tenía el Palacio de los Profetas para destruir vidas. Richard se preguntó cuántos hijos habrían engendrado los aprendices de mago con ese oro.
Antes de marcharse salió al balcón para evaluar la situación. Vio patrullas de guardias, y también las Hermanas registraban diligentemente todos los edificios y corredores cubiertos. Tendrían que hallar el modo de neutralizar el poder de esas seis Hermanas de las Tinieblas, aunque Richard no tenía ni idea de cómo iban a lograrlo.
Al oír la puerta de la habitación contigua, supuso que sería la hermana Verna. Ya era hora de irse. Pero al dar media vuelta para mirar, no tuvo tiempo de reaccionar.
Pasha irrumpió en la alcoba hecha una furia. La joven alzó las manos y las puertas del balcón saltaron de sus goznes, volaron por encima de la baranda y cayeron casi diez metros hasta el adoquinado patio inferior.
El impacto del sólido muro de aire lanzó a Richard hacia atrás. Solamente la baranda impidió que cayera encima de las puertas destrozadas. El joven se había quedado sin aliento, y un punzante dolor en el costado le impedía respirar.
Mientras se alejaba tambaleante de la baranda, otro impacto volvió a lanzarlo hacia atrás, y esta vez se dio con la cabeza contra la barandilla de piedra. Antes de desplomarse sobre el suelo de pizarra, vio un abundante chorro de sangre que salpicaba la piedra.
Pasha chillaba, fuera de sí, pero para Richard sus palabras no eran más que un incoherente murmullo. Apoyándose en las manos se incorporó. Sangraba por la cabeza. Bajo su cuerpo se formó un charco de sangre. Se tambaleó y cayó a un lado.
Con gran esfuerzo logró incorporarse de nuevo y apoyar la espalda contra la barandilla.
— Pasha, ¿qué…
— ¡Cierra tu sucia boca! ¡No quiero oírte!
Pasha estaba de pie en el umbral con las manos en los costados. En un puño sujetaba un dacra. Las lágrimas se le deslizaban por las mejillas.
— ¡Eres el engendro del Custodio! ¡Eres su obsceno discípulo! ¡No haces más que hacer daño a las buenas personas!
Richard se llevó las manos a la cabeza. Al retirarlas las vio cubiertas de sangre. Se sentía tan mareado, que tenía que hacer esfuerzos por no devolver.
— ¿De qué estás hablando? —logró musitar.
— ¡La hermana Ulicia me lo ha dicho! ¡Me ha dicho que sirves al Custodio! ¡Has matado a la hermana Liliana!
— Pasha, la hermana Ulicia es una Hermana de las Tinieblas…
— ¡Ya me avisó que dirías eso! ¡Me contó cómo has usado tu perversa magia para matar a la hermana Finella y a la Prelada! Por eso insistías tanto en ir a verla. ¡Querías matar a nuestra líder en la Luz! ¡Eres escoria!
El mundo flotaba ante sus ojos. Veía a dos Pashas que no dejaban de moverse una en torno a la otra.
— Pasha… eso no es cierto.
— Ayer te salvaste sólo por los trucos del Custodio. ¡Diste a otro el manto rojo que a mí tanto me gustaba, sólo para humillarme! La hermana Ulicia me ha contado que oyes los susurros del Custodio.
»Debí haberte matado cuando te vi en el puente y nada de esto habría ocurrido. ¡Fui una tonta al creer que podría arrancarte de las garras del Custodio! Si hubiese cumplido con mi deber ahora esas dos Hermanas y la Prelada seguirían vivas. He fallado al Creador. Me engañaste para que matara a Perry en vez de a ti, pero eso no volverá a salvarte. ¡Tus sucios trucos del inframundo no te salvarán esta vez!
— Pasha, por favor, escúchame. Te han mentido. Por favor, escucha. La Prelada no está muerta. Si quieres, te llevo a verla.
— ¡Quieres matarme también a mí! ¡Matar, matar, no piensas en nada más! ¡Nos profanas a todas! ¡Y pensar que creí que te amaba!
Pasha alzó el dacra y, lanzando un grito, se lanzó contra Richard. Éste logró de algún modo desenvainar la espada, mientras que, como atontado, se preguntaba a cuál de las dos Pashas debía tratar de detener. La cólera, la magia de la espada, infundió fuerza a sus brazos. Alzó el arma cuando Pasha se abalanzaba hacia él, dacra en mano. Las dos Pashas se convirtieron en una sola.
Pero la Espada de la Verdad nunca llegó a tocarla. Con un chillido, voló por encima de Richard y de la baranda. Su grito resonó durante toda la caída. Richard cerró los ojos cuando el grito cesó y se oyó el impacto contra los adoquines.
Al abrir los ojos, vio a un aturdido Warren en el umbral. Entonces recordó la caída de Jedidiah en la escalera.
— Oh, queridos espíritus, no —susurró Richard, mientras trabajosamente se ponía en pie y echaba un rápido vistazo hacia abajo. La gente corría hacia el cuerpo. Warren se acercaba lentamente a la baranda con expresión pétrea. Pero Richard lo detuvo antes de llegar.
— No, Warren, no mires.
Los ojos de Warren se llenaron de lágrimas. Richard pasó un brazo alrededor de los hombros de su amigo. «¿Por qué lo has hecho? —pensó—. Podía defenderme solo. Iba a detenerla. No era necesario que la mataras.»
Por encima del hombro de Warren vio a la hermana Verna en la habitación.
— Pasha mató a Perry —dijo Warren—. Oí cómo lo confesaba. Iba a matarte, Richard.
«Ya lo habría hecho yo —pensó Richard—, no tenías por qué matarla tú.» Pero lo que dijo fue:
— Gracias, Warren. Me has salvado la vida.
— Iba a matarte. —Warren lloraba encima del hombro de Richard—. ¿Por qué? ¿Por qué?
La hermana Verna le puso una mano en la espalda, tratando de consolarlo.
— Las Hermanas de las Tinieblas le mintieron. El Custodio le llenó la cabeza de mentiras. Prestó oídos a los susurros de la oscuridad. El Custodio consigue incluso que los buenos escuchen sus susurros. Has sido muy valiente, Warren.
— ¿Por qué, entonces, me siento tan avergonzado? La amaba y la he matado.