El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– ¿Y la licencia de vuelo?
– Se arreglará.
– En veinticuatro horas.
– De acuerdo.
Se puso el abrigo y un chal, bajaron la escalera y salieron juntos. El pavimento estaba helado y ella le llevó el portafolios mientras se colgaba de su brazo hasta que llegaron al hotel.
– Hasta dentro de una hora -dijo ella antes de proseguir su camino.
Hacia finales de la época victoriana, el lugar había sido una próspera fonda. Los propietarios actuales habían procurado sacarle el mejor partido posible, que no era mucho. El comedor, a la izquierda de la recepción, no invitaba a entrar. En aquellos momentos no tendría más de media docena de comensales. El recepcionista era un anciano de aspecto cadavérico que vestía un raído uniforme pardo. Moviéndose con infinita lentitud, asentó el registro de Dillon y le hizo entrega de la llave. Quedó claro que allí los huéspedes transportaban sus propias maletas.
La habitación era exactamente lo que cabía esperar. Cama doble, cobertores sórdidos, una ducha, una televisión con aparato tragamonedas y un hornillo con tetera junto con una cestita conteniendo bolsas de té, café instantáneo y leche en polvo. Diciéndose que no era para muchos días, abrió la maleta y sacó sus pertenencias.
Entre los múltiples negocios de Jack Harvey figuraba una empresa funeraria de Whitechapel. Era un establecimiento bastante prestigioso y próspero además, ya que como él solía bromear, la clientela nunca fallaba. Estaba en un imponente edificio Victoriano de tres pisos que él hizo rehabilitar por completo.
Myra utilizaba como vivienda el ático y se ocupaba de la administración de la empresa, y Harvey mantenía un despacho en el principal.
Harvey ordenó a su conductor que esperase, se acercó a la puerta y llamó. El vigilante de noche fue a abrirle.
– ¿Está mi sobrina? -preguntó Harvey.
– Creo que sí, señor Harvey.
Harvey cruzó el local de la planta baja, donde tenían la exposición de ataúdes, y recorrió el pasillo flanqueado de capillas habilitadas para que los parientes pudiesen velar a sus difuntos. Subió por la escalera y llamó a la puerta de Myra.
Ella acudió a abrir, puesta sobre aviso por una discreta llamada del vigilante. Tras hacerle esperar unos momentos, abrió la puerta:
– Tío Jack.
Él entró sin aguardar invitación. Ella lucía un vestido mini con lentejuelas doradas, medias negras y zapatos de salón.
– ¿Ibas a salir, o qué? -inquirió él.
– Sí, pienso ir a la discoteca.
– Olvídalo por ahora. ¿Has hablado con los contables? ¿Hay manera de hacer algo contra Flood legalmente? ¿Alguna dificultad con los alquileres o por el estilo?
– Ni pensarlo -replicó Myra-. Nos lo hemos mirado con lupa. Nada que hacer.
– Bien, pues entonces tendrá que ser por las malas.
– Eso no te salió demasiado bien anoche, ¿verdad?
– Porque di el encargo a unos inútiles, a una banda de jóvenes vagos que no valen un rábano.
– Y ahora, ¿cómo piensas resolverlo?
– Ya se me ocurrirá.
Mientras se encaminaba hacia la puerta oyó un ruido en la habitación.
– ¡Hola! ¿Quién anda ahí?
Abrió la puerta de par en par y apareció Billy Watson, de pie y con expresión de haber sido pillado en falta.
– ¡Cristo! -se volvió Harvey a Myra-. ¡Es repugnante! ¿Acaso no piensas nunca en otra cosa?
– Al menos nosotros lo hacemos por lo normal -replicó ella.
– ¡Que te den por saco! -chilló él.
– Ése se encarga, no te preocupes.
Harvey bajó hecho una fiera y Billy dijo:
– A ti no te importa un cuerno nadie, ¿verdad?
– Billy, cielito, fíjate que estás en la casa de los muertos -contestó Myra mientras recogía el abrigo de pieles y el bolso-. Ellos se quedan ahí abajo, quietecitos en sus ataúdes, y nosotros estamos vivos. Es así de sencillo, conque procura sacarle el máximo provecho. Anda, vámonos.
Cuando entró Tania, Dillon estaba sentado en uno de los diminutos reservados de Luigi's tomando el único champaña disponible, un Bollingerno de reserva pero bastante pasable. El viejo Luigi la saludó con gran deferencia, como a cliente favorita, y ella se sentó al lado de aquél.
– ¿Champaña? -preguntó Dillon.
– ¿Por qué no? -se volvió ella hacia Luigi-. Pediremos la cena luego.
– Un asunto que no se ha mencionado es el de mi capital operativo. Eran treinta mil dólares comprometidos por el señor Aroun.
– Está solventado. El individuo en cuestión se pondrá en contacto conmigo mañana. Es un contable de no sé qué compañía de Aroun en Londres.
– De acuerdo. ¿Qué más tiene para mí? -preguntó él.
– Sobre Fahy, nada todavía. Lo de la licencia de piloto está en marcha.
– ¿Y qué hay del número diez?
– He consultado los ficheros. Downing Street siempre ha sido una vía pública, pero cuando el IRA estuvo a punto de volar a todo el gabinete, durante la conferencia del partido conservador en Brighton, se impuso un cambio de criterios en materia de seguridad. Y luego la campaña de colocación de bombas en Londres y de atentados personales precipitó las cosas.
– ¿Y qué?
– Bien, pues en otros tiempos los transeúntes solían quedarse en la acera frente al número diez para ver las entradas y salidas de los grandes y los poderosos. Eso acabó. En diciembre del ochenta y nueve la señora Thatcher promulgó nuevas medidas de seguridad. Por consiguiente, ahora el lugar es una fortaleza. La verja es de acero y tiene tres metros de altura. Por cierto, es de estilo neovictoriano. Un detalle de la dama de hierro.
– Sí, la he visto hoy mismo.
Como Luigi daba vueltas alrededor de la mesa con aire de preocupación, interrumpieron su diálogo para pedir minestrone, solomillo con patatas fritas y una ensalada de lechuga.
Tania prosiguió:
– Algunos opinaron que estaba siendo víctima de alucinaciones paranoicas. Lo que es absurdo, naturalmente. Esa señora jamás ha alucinado con nada en toda su vida. En cualquier caso, al otro lado de la verja se instaló una cortina de acero que puede alzarse a gran velocidad en caso de que un vehículo intentase forzar la entrada.
– ¿Y el edificio en sí?
– Las ventanas, incluso las de estilo georgiano, han sido provistas de cristales antibala. ¡Ah!, y los cortinajes son un verdadero milagro de la ciencia moderna. Son capaces de absorber la onda expansiva de una explosión.
– Ciertamente se ha informado usted bien.
– Aunque parezca increíble, todo lo que acabo de contarle ha salido de un periódico o de una revista de este país. La prensa británica impone su derecho a publicar por encima de cualquier otra consideración; simplemente, no hacen caso de ninguna consecuencia en cuanto a la seguridad. En cualquier hemeroteca importante puede usted encontrar detalles sobre la distribución interior del número diez, o de la casa de campo del primer ministro en Chequers o incluso del palacio de Buckingham.
– ¿Hay alguna posibilidad de infiltrarse en el servicio doméstico?
– En otros tiempos eso era un coladero. Ahora casi todos los servicios corren a cargo de empresas contratadas, y en parte también la limpieza, pero se controla muy severamente al personal. Aunque siempre se escapa algún detalle, como es natural. Como aquel fontanero que estaba trabajando en el número once, en la vivienda del canciller de Exchequer, y buscando la salida abrió una puerta y se encontró paseando por el número diez.
– Suena como un vodevil francés.
– Recientemente se descubrió que algunos empleados de esas empresas contratadas, pese a todos los controles de seguridad habían logrado colarse con identidad falsa. Y algunos de ellos tenían autorización para trabajar en el Ministerio del Interior y otros.