El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– El señor es un entendido. Me llamo Clayton, dicho sea de paso; voy a darle la tarjeta del establecimiento por si necesita algo más.
Empaquetó los artículos solicitados y añadió:
– Son treinta libras, y no lo olvide, si le hace falta algo…
– No. Estoy servido -dijo Dillon, y salió silbando.
Nevaba en la aldea del Vercors cuando la procesión fúnebre salió del castillo. Pese al mal tiempo, los habitantes del pueblo se alinearon a ambos lados de la calle principal, los hombres con la gorra en la mano, mientras Anne-Marie Audin viajaba hacia el reposo definitivo. Sólo tres coches siguieron al furgón de la funeraria, el viejo Pierre Audin y su secretario en el primero, los sirvientes de la casa en los otros dos. Brosnan y Mary Tanner pasearon con Max Hernu por entre las viejas lápidas mientras sacaban del coche al anciano en silla de ruedas y lo metían en la iglesia.
Era una típica iglesia de aldea, muy antigua, de paredes blanqueadas que exhibían las estaciones del vía crucis, y hacía en ella mucho frío, hasta tal punto que Brosnan se dijo que nunca en la vida había pasado tanto frío, mientras aguardaba allí, con los dientes castañeteando, sin escuchar apenas los oficios, levantándose y arrodillándose cuando lo hacían los demás. Cuando terminó el funeral y los sepultureros se llevaron el ataúd, se dio cuenta de que Mary Tanner le había tomado de la mano.
Echaron a andar hacia el mausoleo familiar, que era una especie de capilla gótica de granito y mármol. Las puertas de roble estaban abiertas de par en par. El cura se detuvo a dar la última bendición y metieron el ataúd. El secretario dio vuelta a la silla de ruedas y se llevó al anciano, encorvado sobre sí mismo y con una manta sobre las piernas.
– Me da pena por él -dijo Mary.
– No es necesario, me temo que no se entera de nada -explicó Brosnan.
– Eso no siempre es cierto.
Se acercó al coche y apoyó la mano en el hombro del viejo. Luego volvió sobre sus pasos.
– Regresamos a París, amigos míos -dijo Hernu.
– Y luego, a Londres -corroboró Brosnan.
Mary le retuvo tomándole del brazo mientras se encaminaban al coche.
– Mañana, Martin. Tenemos tiempo y no consentiré otra cosa.
– De acuerdo, pues será mañana por la mañana -respondió él, pasando a ocupar el asiento posterior y sintiéndose súbitamente muy fatigado. Mary se sentó a su lado y Hernu puso en marcha el automóvil.
Poco después de las seis Tania Novikova oyó que llamaban al timbre y bajó a abrir. Era Dillon, con su maleta en una mano y el portafolios en la otra.
– Saludos de parte de Josef.
Se quedó sorprendida. Desde su conversación con Makeiev se había dedicado a leer en los ficheros del KGB londinense para ponerse al día en cuanto a Dillon, y se había asombrado al enterarse de sus antecedentes. Esperaba ver a una especie de héroe infernal, y lo que veía era un hombre menudo en gabardina, con gafas oscuras y corbata de rayas.
– ¿Es usted Sean Dillon? -preguntó.
– El mismo.
– Pase, por favor.
Las mujeres nunca le habían interesado mucho a Dillon. A veces se fijaba en alguna para una necesidad ocasional, pero nunca había tenido el menor vínculo emotivo. Mientras subía por la escalera detrás de Tania observó que tenía buen tipo y que el traje pantalón negro la favorecía. Llevaba el pelo recogido en la nuca con un lazo de terciopelo, pero cuando se volvió hacia él a la plena luz del salón vio que en realidad era bastante fea.
– ¿Ha tenido usted buen viaje?
– Perfecto, sólo que me he visto obligado a hacer noche en Jersey por culpa de la niebla.
– ¿Quiere tomar algo?
– Agradecería un té.
Ella abrió un cajón y sacó una Walther con dos cargadores de repuesto y un silenciador Carswell.
– ¿Su arma preferida, según dice Josef?
– Desde luego.
– He pensado que esto también podría serle útil -le entregó un paquete pequeño-. Dicen que detiene una bala del cuarenta y cinco disparada a quemarropa. Nailon y titanio.
Dillon lo desplegó. Abultaba mucho menos que un antibalas corriente; tenía corte de chaleco bastante bien imitado, y se sujetaba con unas tiras de velero.
– Excelente -dijo él, al tiempo que lo guardaba en la maleta junto con la Walther y el silenciador. Apoyado en el umbral de la cocina, se desabrochó la gabardina y encendió un cigarrillo mientras ella preparaba el té.
– Está usted muy cerca de la embajada soviética aquí.
– Sí, a cuatro pasos -dispuso el servicio de té en una bandeja-. Le he reservado una habitación en un pequeño hotel a la vuelta de la esquina, en Bayswater Road. Es un establecimiento de esos que frecuentan los representantes de comercio cuando necesitan hacer noche.
– Muy bien -tomó un sorbo de té-. Vamos al grano. ¿Qué ha sabido de Fahy?
– No hemos tenido mucha suerte hasta el momento. Hace un par de años se mudó de Kilbum a una casa en Finchley, pero allí sólo se quedó un año y volvió a mudarse. Ahí se pierde su pista, pero le encontraremos. He destinado una persona a esa investigación.
– Bien hecho. Es esencial. ¿La estación del KGB en Londres tiene todavía una sección de documentos falsos?
– Naturalmente.
– De acuerdo -le mostró su permiso de conducir de Jersey-. Necesito una licencia de piloto civil al mismo nombre y domicilio. Necesitará una foto.
Introdujo un dedo bajo la funda de plástico del permiso y sacó un par de copias idénticas.
– Siempre conviene tenerlas disponibles.
Ella tomó una.
– Peter Hilton, Jersey. ¿Puedo preguntar para qué va a servir?
– Porque llegado el momento, tendré que salir de aquí a toda prisa, es decir volando, y para alquilar una avioneta se exige la licencia emitida por la secretaría de Aviación Civil -se sirvió otra taza de té-. Dígale a su especialista que debe ser válida para aparato bimotor y vuelo con instrumentos.
– Tomaré nota -abrió su bolso, del que extrajo un sobre en el que guardó la fotografía, tras garabatear una anotación en la solapa-. ¿Algo más?
– Sí, necesito una descripción detallada del sistema de protección instalado en el diez de Downing Street.
Ella reprimió una exclamación de sorpresa.
– ¿Debo entender que ése va a ser su objetivo?
– No exactamente, sino el inquilino del lugar, que no es lo mismo. ¿Sería difícil averiguar el horario habitual del primer ministro?
– Depende de lo que se pida. Siempre hay algunas referencias fijas, según el día. El turno de interpelaciones en la Cámara de los Comunes, por ejemplo. Algunas cosas han cambiado debido a la guerra del golfo, como es natural. El gabinete de Guerra se reúne todas las mañanas a las diez.
– ¿En Downing Street?
– Sí, por cierto, en el salón del gabinete. Pero el primer ministro sale a veces durante la jornada. Ayer mismo realizó una grabación para la red de emisoras de las Fuerzas Armadas, destinada a las tropas del golfo.
– ¿Dónde? ¿En los estudios de la BBC?
– No, tienen sus propios estudios centrales en Bridge House, que está al lado de la estación de Paddington, no lejos de aquí.
– Bien, muy interesante. ¿Qué medidas de seguridad se tomaron?
– No muchas, puede creerlo. Un par de agentes de paisano y nada más. Los británicos están locos.
– No crea que no hacen bien su trabajo. Hábleme de ese confidente que tiene usted, el que le ha pasado toda la información acerca de Ferguson. -Cuando ella se lo hubo contado todo, él asintió-. Así, ¿lo tiene bien agarrado, pues?
– Supongo que podría ser una manera de describirlo. -Que siga así -se puso en pie, al tiempo que se abotonaba la gabardina-. Será mejor que vaya a inscribirme en ese hotel.
– ¿Ha comido usted? -preguntó ella.
– No.
– Voy a hacerle una sugerencia. Al lado del hotel encontrará un restaurante italiano muy recomendable, el Luigi's. Es uno de esos pequeños establecimientos familiares. Usted vaya a inscribirse y yo me pasaré por la embajada, a ver qué tenemos sobre el sistema de seguridad en Downing Street, y por si se ha averiguado algo acerca de Fahy.