Caricias del corazón
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Caricias del corazón». Краткое содержание книги:
Matt jamás había conocido a una mujer que no sucumbiera al encanto de los McCafferty. Sin embargo, la hermosa Kelly Dillinger, la policía asignada al caso del intento de asesinato de su hermana, demostró ser completamente indiferente a su atractivo. Aunque no se llevaban bien, la actitud profesional y distante de ella hería el orgullo de Matt… y le encendía la sangre.
Cuanto más se resistía Kelly, más decidido estaba él a romper las barreras. De algún modo, la atractiva detective había conseguido quebrar su dura coraza exterior para tocar su alma…
– ¿Estás tú de guardia? -quiso saber él.
– No. Lo he relevado durante unos minutos.
– No me has oído entrar. Yo podría haber sido el asesino -dijo, con voz tensa-. Podría haberte atacado también a ti.
– O tal vez mi presencia te habría asustado -replicó ella-. Voy todavía de uniforme.
– Eso es cierto -susurró él mirándola de la cabeza a los pies.
– Y tengo mi arma.
Matt no hizo ningún comentario al respecto. Kelly se alejó de la cama y se acercó a él.
– ¿Has terminado? Porque no estoy de humor.
– ¿Y para qué estás de humor? -preguntó él. Durante un breve instante, Kelly pensó que estaba flirteando con ella, pero decidió que, seguramente, se lo estaba imaginando.
– Sólo he venido a ver cómo iba tu hermana y a dejar que Rex fuera al cuarto de baño y se comprara otra taza de café. Él es el oficial de guardia. ¿Te supone esto algún problema?
Matt pareció serenarse un poco. Miró rápidamente a su alrededor, como si estuviera viendo por fin que todo estaba controlado.
– Supongo que no.
– Bien.
Él se acercó a la cama. La habitación se inundó del aroma de los caballos, del trabajo duro y del frío exterior.
– Te he oído hablando con ella -susurró, avergonzando a Kelly por completo-. Desgraciadamente, no parece que funcione. Todos hemos tratado de comunicarnos con ella una y otra vez, pero no se mueve. Ni siquiera parpadea -añadió. Contuvo el aliento y suspiró-. Algunas veces, creo que no se va a despertar nunca.
– Simplemente va a llevar más tiempo…
– Eso me han dicho. Un millón de veces, pero ya no estoy seguro de creerlo -musitó él. Apartó la mirada de la cama y se fijó en Kelly-. No empieces a darme sermones sobre tener paciencia y fe, ¿de acuerdo? Creo que ya se me están acabando las dos cosas.
– También podría ser que ella oiga todo lo que le decimos. Tal vez, lo que ocurre es que no puede responder.
– Sí… Supongo que sí -dijo él. Tomó la mano de su hermana, que parecía muy pequeña comparada con la de él-. Venga, Randi… Vamos… -musitó.
Kelly sintió que el corazón se le encogía al ver el dolor que se reflejaba en el hermoso rostro de Matt. Era un hombre muy complejo, capaz de transmitir cientos de emociones, desde la ira, pasando por la culpabilidad al amor. Bajo aquel duro aspecto, había un buen corazón.
Si por lo menos su hermana abriera los ojos…
Kelly decidió que ella sólo era una intrusa en un momento familiar muy íntimo, por lo que se dirigió a la puerta.
– No tienes que marcharte -le dijo él.
– Simplemente estaré fuera -replicó ella sonriendo por encima del hombro-. Creo que necesitas estar a solas con ella.
Salió y observó el puesto de enfermeras, que estaba a sólo unas cuantas puertas de distancia. En el interior, había dos enfermeras trabajando. Un celador empujaba un carrito por el pasillo mientras que un paciente anciano caminaba pesadamente agarrado al soporte del suero.
Tranquilidad.
Paz.
No había nada extraño ni siniestro.
– Eh, gracias por sustituirme -dijo Rex mientras se dirigía hacia su silla-. Te he traído una taza de café… espero que te guste solo.
– Perfecto -contestó ella. Tomó un sorbo.
– Se supone que tiene que ser tostado francés, pero a saber qué diablos es eso -comentó Rex-. Por el trabajo de policía, que, en este caso, implica ejercer de canguro -dijo, a modo de brindis-. Yo, personalmente, creo que es una gran pérdida de tiempo -se rascó la cabeza-. Sé que alguien ha tratado de asesinarla, pero tienen que ser muy estúpidos para volver a intentarlo. El hospital cuenta con un buen servicio de seguridad y, francamente, yo no he visto nada sospechoso desde que estoy aquí.
– Y que siga así -dijo Matt, que había oído la última parte de la conversación. Se sentía muy frustrado con la situación, y ver que un policía de uniforme se estaba quejando a Kelly por tener que hacer guardia allí le irritó profundamente.
El policía asintió y miró a Matt a los ojos.
– Esa es mi intención -afirmó-. Me llamo Rex Stanyon -añadió extendiendo una enorme mano que Matt estrechó de mala gana.
– Bien.
Matt se cuadró el sombrero en la cabeza y trató de controlar los celos que sentía en aquellos momentos. Su reacción ante Kelly había sido más que equivocada, pero era tan guapa y llenaba tan bien el uniforme en los lugares pertinentes… ¿Y qué? Era policía, por el amor de Dios.
Una vez más, como le ocurría siempre que la veía, sintió una ligera tensión en la entrepierna. Diablos. Apretó la mandíbula. Aquella mujer estaba investigando lo que le había ocurrido a su hermana. No podía pensar en ella como mujer.
– Nos ocuparemos de su hermana -le prometió Rex.
– Espero que así sea -comentó. Con eso, se dirigió al ascensor antes de que pudiera tener tiempo de decirle al policía algo que pudiera lamentar.
De soslayo, vio que Kelly se terminaba su café, que le decía algo a Rex y que se dirigía también al ascensor justo cuando éste se abría.
– Te has pasado -le dijo ella cuando entró en el ascensor. Apretó el botón de la planta baja.
– ¿Cómo dices?
– Rex es un buen policía.
– Si tú lo dices…
– Mira, McCafferty -replicó ella. Se volvió para mirarlo y comenzó a golpearlo suavemente con un dedo en el pecho-. Todos estamos haciendo lo que podemos y créeme si te digo que nos morimos de ganas de arrestar al tipo que atacó a Randi y meterlo entre rejas, pero eso no significa que no tengamos derecho a protestar un poco.
– Sólo le he pedido que haga su trabajo.
– Has insinuado que no lo estaba haciendo.
– Se supone que los policías tienen la piel dura.
– ¡Y los vaqueros también!
Sin pensarlo, Matt la agarró y la acercó a él.
– Los vaqueros son como los policías. De carne y hueso.
– Y también tienen sentimientos. ¿Es eso lo que me vas a decir ahora?
– No. De hecho, no iba a decir nada…
Sin pensarlo, la estrechó contra su cuerpo, bajó la cabeza y la besó. Los labios de Kelly eran cálidos y firmes. Su espalda se mantuvo rígida. Si Matt había esperado que ella se deshiciera contra él, se había equivocado.
Kelly se apartó de él justo en el momento en el que las puertas del ascensor se abrieron. Lo miró con indignación.
– No vuelvas nunca a…
En aquel momento, Slade McCafferty hizo ademán de entrar en el ascensor.
– Oh, Matt… iba a…
Slade miró a Kelly y, entonces, como si hubiera comprendido perfectamente la situación, sonrió. Fue un gesto pagado de sí mismo, como si estuviera diciéndole a Matt con aquel gesto que ya se lo había dicho, algo que irritó a su hermano mayor profundamente.
– ¡Vaya! ¿Qué está pasando aquí? -preguntó. Matt quiso abalanzarse sobre él.
– Nada -respondió Kelly, con lo poco que le quedaba de orgullo-. Simplemente le estaba explicando a tu hermano que estamos haciendo todo lo posible para localizar a la persona que atacó a vuestra hermana.
Slade sonrió de nuevo. Matt sintió deseos de darle un puñetazo.
– Bueno, estaba tratando de localizarte porque acabo de recibir una llamada de Kurt Striker. Está de camino al rancho. Acaba de llegar de Seattle. Llegará dentro de una hora.
– Vamos -dijo Matt.
– Me gustaría hablar con él -afirmó Kelly mientras los tres se dirigían hacia la salida del hospital.
– No creo que… -empezó Slade, en tono de protesta.
– ¿Por qué no? -asintió Matt-. Tal vez Kelly podría compartir algo de información con él y Striker podría hacer lo mismo con ella -añadió. Slade parecía de nuevo a punto de protestar, pero Matt lo obligó a callarse-. Tenemos que atrapar a ese canalla. Si la policía está dispuesta a trabajar con Striker, mejor que mejor. ¿Quieres venir en mi coche? -le preguntó a Kelly.
– Tengo el mío.