La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Esto no es asunto tuyo, Savannah -Wade le lanzó una mirada helada-. Josh tiene que dormir y yo quiero hablar con Reginald y con McCord a solas -volviéndose de nuevo hacia su hijo, le ordenó-: Arriba he dicho, si no quieres quedarte este año sin regalo de Navidad.
– ¡Wade! -susurró Charmaine. Una sola mirada de su marido la acalló de inmediato.
– Pero siempre hay un regalo de Navidad, todos los años… -murmuró el niño, consternado.
– No si eres malo -le advirtió Wade.
– Yo no soy malo.
– Claro que no, Josh. Eres un buen chico -intervino Travis-. No dejes que nadie te convenza de lo contrario -se volvió hacia Wade para fulminarlo con la mirada-. Estoy seguro de que papá no quería decirte eso.
Wade miró a su alrededor, avergonzado, y apuró su copa antes de servirse otra.
– Claro, claro… -se pasó una mano por el pelo con dedos temblorosos-. Y como eres un buen chico, ahora mismo vas a subir a acostarte, ¿verdad?
– Vamos, Josh -intentó convencerlo Savannah, tendiéndole la mano-. Yo te acompaño.
– No te metas en esto, Savannah -estalló Wade de nuevo-. ¡Deja de entrometerte de una vez en la vida de mi hijo!
Travis se tensó de inmediato.
– Benson…
– ¡Esta discusión es entre mi hijo y yo! ¡A nadie más le importa! -exclamó, furioso-. Y ahora, jovencito -se volvió hacia su hijo, con la copa en la mano. El alcohol parecía haberlo encolerizado aún más-, ¡sube de una vez a tu habitación!
– ¡No!
Dejó la copa sobre una mesa y avanzó hacia el niño.
– Déjalo en paz -advirtió Travis, adelantándose. Lo agarró de la chaqueta, pero Wade se liberó de un tirón.
– ¡No, Wade! -suplicó Charmaine.
– Te odio -le espetó Josh a su padre, plantándose frente a él.
– ¡Yo te enseñaré modales! -alzó una mano y lo abofeteó en una mejilla. La fuerza del golpe hizo trastabillar a Josh contra el árbol.
Savannah se quedó paralizada. Por un instante sólo se oyó el tintineo de los adornos del abeto. Travis interceptó a tiempo la segunda bofetada. Agarró a Wade del pescuezo y lo hizo volverse. Un brillo de odio ardía en sus ojos.
– Maldito canalla… -gruñó, como si quisiera matarlo-. Deja al chico en paz.
– Esto no tiene nada que ver contigo, McCord.
– Claro que tiene que ver, al menos mientras yo esté presente. Y ahora déjalo en paz de una vez, si no quieres que te dé tu merecido.
– No es tu hijo -replicó Wade antes de volverse nuevamente hacia Josh.
– ¡Ojalá no fueras mi padre! -chilló el niño con los ojos llenos de lágrimas, frotándose la mejilla dolorida-. ¡Sé que me odias! ¡Ojalá no fueras mi padre!
– ¡Alto! -exclamó Savannah, estrechando al niño contra su pecho-. ¡Basta ya de una vez! ¡Todos! -podía sentir el calor de las lágrimas de Josh en la blusa-. Ay, Josh, Josh… -murmuró, besándole el pelo-. Que no se te ocurra volver a pegarle -le espetó a su cuñado.
– Tú no tienes derecho a hablar. Josh es mi hijo.
– Tú nunca me has querido -lo acusó el niño, entre sollozos-. ¡Pero me da igual, porque yo tampoco te quiero a ti!
– Josh, no… -susurró Charmaine, acercándose A su hijo. Al ver que su marido daba otro paso hacia él, se aprestó a defenderlo-. ¡No lo toques! ¡No vuelvas a ponerle la mano encima a mi hijo! -irguiéndose, tomó al pequeño de la mano. Estaba muy pálida, pero aun así tuvo fuerzas para cuadrar los hombros y alzó, orgullosa, la barbilla-. Vamos. Josh. Arriba. No hagas caso a papá. Es que está muy cansado después de un viaje tan largo.
Josh miró a Savannah.
– Sí, sube a acostarte, Josh. Dentro de un momento subiré yo a leerte un cuento, ¿de acuerdo?
– De acuerdo -dijo con voz temblorosa.
Una vez que Josh y Charmaine abandonaron la habitación, Savannah se encaró de nuevo con su cuñado, rabiosa.
– Te lo advierto: como vuelvas a pegarle, llamo a la policía y te pongo una denuncia.
– Estás exagerando -murmuró Wade, nervioso. Terminó su copa y fue al otro extremo del salón para servirse otra.
– Y yo la respaldaré -añadió Travis.
– Ese chico necesita una lección.
– ¡Si sólo es un niño! -exclamó Savannah-. ¡Un niño falto de amor y de cariño!
– Te crees que lo conoces muy bien…
– Conozco a tu hijo mucho mejor que tú. ¡Y tengo suficiente sentido común para no humillarlo delante de su familia!
– Lo estaba pidiendo a gritos -Wade continuaba bebiendo, pero parte de su determinación parecía haberse evaporado ante el contraataque de Savannah. Le temblaba la mano cuando se llevó la copa a los labios.
– Toca a ese niño otra vez y te llevarás una paliza -lo amenazó Travis con tono tranquilo, acercándose también al mueble de las bebidas y sirviéndose un whisky. Inclinándose hacia Wade, lo agarró de una solapa con la mano libre-. Puedes estar seguro de que disfrutaré mucho.
Reginald, que acababa de entrar en el salón, alcanzó a escuchar sus últimas palabras.
– No lo dudes -comentó, asintiendo con la cabeza-. Cuando tenía dieciocho años, lo vi pelearse con un chico dos años mayor que él con diez kilos más de peso. Yo que tú le haría caso.
– Eh, espera un momento… ¡No me digas que estás de su parte!
– Estamos hablando de mi nieto, Wade.
– No estoy dispuesto a que nadie me dé lecciones de cómo tratar a mi hijo.
– Eso deberías haberlo pensado antes de montar el espectáculo que has montado -masculló Travis.
– Bueno, eh… -se aclaró la garganta-. Creo que ya va siendo hora de que hablemos de negocios.
– Aún no -Travis apuró su copa-. Antes quiero subir a ver a tu hijo.
Y, dicho eso, tomó a Savannah de la mano y subieron juntos la escalera.
– Canalla -siseó Wade, furioso.
Una vez arriba, Savannah pudo escuchar el desconsolado llanto de Joshua.
– Ay, no -suspiró antes de llamar suavemente a su puerta.
– Josh, ¿te encuentras bien?
Fue Charmaine quien abrió la puerta. Aunque estaba pálida y tenía los ojos enrojecidos, se las arregló para forzar una sonrisa.
– Sí, estamos bien.
– ¿Seguro? -Savannah miró a una y a otro. Acostado en la cama, Josh ofrecía un aspecto conmovedoramente vulnerable.
– Sí -respondió el niño, sorbiéndose la nariz.
– ¿Sigues queriendo que te lea un cuento?
– Sí.
– Bien. Espérame un momentito, ¿quieres?
– De acuerdo.
Charmaine había salido al pasillo.
– ¿De verdad te encuentras bien? -preguntó Travis.
– Eso creo -seguía esforzándose por contener las lágrimas.
– Ya sabes que no tienes por qué soportar que te traten así.
– ¿Me estás hablando como abogado?
– Te estoy hablando como amigo. No hay razón para que soportes ningún tipo de maltrato, ni físico ni psicológico.
– No volverá a pasar -insistió Charmaine, aunque sin atreverse a sostenerle la mirada-. Mira, necesito pasar unos minutos a solas con Josh -le dijo a Savannah-. No os preocupéis. Seré capaz de manejar a Wade.
– ¿Estás segura? -preguntó Savannah.
– Sí -su hermana esbozó una temblorosa sonrisa-. Lo tengo dominado.
– Ay, Charmaine…
– Sí. Bajad de una vez. Quizá entre los dos podáis averiguar qué es lo que lo está reconcomiendo por dentro.
«Ojalá», pensó Savannah, escéptica. Abandonó la habitación de Josh con un sentimiento ominoso, como de inminente tragedia.
– ¿Siempre se ha portado tan mal con el chico? -preguntó Travis mientras bajaban la escalera.
– Nunca. Nunca había visto a Wade pegar a Josh -Savannah se estremeció al recordarlo.
– ¿Crees que ésta ha sido la primera vez?
– Eso espero. ¡Y también que sea la última!