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Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:

En otro tiempo, Savannah Beaumont había amado a Travis McCord con todo su corazón. Y una noche de verano, durante su adolescencia, había llegado a creer que él también la amaba. Pero al amanecer se había impuesto la verdad: Travis se había marchado y ella se había sentido como una tonta. Nueve años después, ella seguía diciéndose a sí misma que odiaba a Travis.
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
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Cuando volvieron al salón, Wade estaba de pie al lado de la chimenea, apoyado en la repisa, con otra copa en la mano. Parecía algo más tranquilo que antes.

– Muy bien, McCord -empezó, mirando a Reginald antes de concentrarse en el líquido dorado de su vaso-. Supongo que me he pasado de la raya -suspiró-. Lo siento.

– Te estás disculpando con la persona equivocada -repuso fríamente Travis.

– Sí, bueno, ya me ocuparé de eso después… Ahora vayamos al grano de una vez. ¿Por qué no piensas presentarte a gobernador?

– Porque no me interesa.

– No puedes estar hablando en serio.

– Claro que sí. Ya te lo había dicho antes -vio que Wade miraba de reojo a Reginald, que estaba instalado en su sillón favorito, cerca de la ventana-. Pero dime, ¿por qué te importa tanto a ti?

Savannah tomó asiento en el sofá.

– Porque se ha gastado mucho tiempo, esfuerzo y dinero en tu candidatura.

– Quizá alguien debería habérmelo explicado antes.

– Estabas demasiado ocupado… ¿o es que no te acuerdas?, haciéndote el héroe con el caso Eldridge. Pensabas presentarte a gobernador. Al menos eso fue lo que le dijiste a Reginald.

– Y tú supusiste que lo haría, claro.

– Una suposición muy natural.

– De modo que empezaste a reunir donativos y contribuciones para la campaña, a trabajar con mi socio en los libros del bufete y Dios sabe qué más -un brillo de furia había vuelto a asomar a los ojos de Travis.

– Reginald contaba contigo.

– ¿Es cierto eso? -inquirió Travis, desviando la mirada hacia el padre de Savannah.

– Me parece una lástima desaprovechar una oportunidad semejante -dijo Reginald-. Y sí, yo diría que contaba con que te presentaras -admitió, sacando su pipa de un bolsillo del chaleco.

Se hizo un espeso silencio en la habitación mientras la encendía.

– Incluso aunque me presentara -reflexionó Travis en voz alta-, sería más que probable que no ganara en las primarias, para no hablar de las generales. ¿Por qué entonces todo esto parece tener tanta importancia para vosotros?

– Reginald tiene planes -dijo Wade.

– ¡Bueno, pues quizá deberías habérmelos contado antes! -Travis se plantó frente al aludido-. Desde que tenía dieciocho años he intentado complacerte en todo, hasta el punto de que a veces lo que yo quería se confundía con lo que tú esperabas de mí. Pues bien, eso se ha acabado.

Reginald acarició la cazoleta de su pipa, miró a Wade y se volvió hacia el árbol de Navidad, ceñudo. Travis, a su vez, exhaló un suspiro y se frotó los tensos músculos del cuello.

– Así que creo que deberíamos hacer algo con todas esas contribuciones que Willis Henderson y vosotros dos habéis recogido en mi nombre. Espero que se las devolváis a la gente que os dio el dinero. Quiero que para fin de año estén todas devueltas. Incluso pagaré los intereses si es necesario.

– Tú no lo entiendes… -empezó Wade.

– Ni quiero entenderlo. Estoy cansado de todo esto. El mundo de la política me gusta tan poco como pelear los pleitos de multinacionales, divorcios, custodias de niños o cualquiera de esas porquerías asociadas al oficio de abogado.

– Pero te gustó la fama que te reportó el caso Eldridge… -observó Reginald, dando una chupada a su pipa. El aroma del tabaco invadió la habitación.

– Incluso eso terminó apestando -replicó Travis, apurando su copa.

– Pero no puedes renunciar así sin más… -objetó Reginald.

– Ya lo he hecho. Habla con Henderson, él sabe que voy en serio. No sé muy bien por qué es tan importante para ti que me presente a gobernador del Estado, pero la verdad es que tampoco quiero saberlo.

– He trabajado mucho para ver cómo un día tomabas posesión de ese cargo, hijo -susurró Reginald, casi para sí mismo. La desilusión parecía pesar en cada uno de sus rasgos.

Travis sonrió cínicamente.

– Me gustaría decirte que siento haber frustrado todos esos planes, pero no sería cierto. No me gusta la manera que habéis tenido de maniobrar a mis espaldas, y por fuerza tengo que suponer que incluso si hubiera conseguido convertirme en gobernador, habrías querido seguir moviendo los hilos y teniendo siempre la última palabra. Creo que ya va siendo hora de que la gente de este Estado tenga el gobernador que se merece, un político que esté a su servicio, y no al contrario.

– Eso es una estupidez y lo sabes perfectamente -repuso Wade-. Los ideales de ese tipo no encajan en el mundo real.

Travis se volvió hacia Savannah.

– ¿Y tú me tomabas a mí por un cínico? -soltó una amarga carcajada-. Sobran los comentarios.

Y dicho eso, salió de la habitación y recogió su abrigo en el vestíbulo. Savannah lo siguió.

– Vamos a dar un paseo -murmuró-. Necesito tomar el aire.

– No puedo. Le prometí a Josh que le leería un cuento.

Empezó a subir las escaleras sin mucho entusiasmo, pero se detuvo en el preciso instante en que él la llamó.

– ¿Savannah?

Se volvió para mirarlo y leyó la pasión que ardía en su mirada gris. Estaba al pie de la escalera, muy cerca. Aquella mirada le aceleró el pulso. Un pensamiento cruzó su mente: ahora que Travis le había contado a Reginald que no se presentaría a gobernador, ya no había razón alguna para que continuara en el rancho. Esa noche podría ser la última que pasaran juntos.

– Ahora mismo bajo, no tardo nada -le tocó ligeramente un hombro-. ¿Me esperas?

– Te he esperado durante nueve años -sonrió, irónico-. Esperarte durante unos minutos más no me hará daño -y la acercó hacia sí para besarla en los labios con una pasión que la dejó sin aliento, aturdida, tambaleante.

«Estoy perdida», pensó ella mientras cerraba los ojos y le echaba los brazos al cuello. «Nunca he dejado de amarlo y siempre lo amaré».

– No tardes mucho -le susurró él al oído.

– Descuida -cuando abrió de nuevo los ojos, vio por encima del hombro de Travis a Reginald, de pie en el umbral del salón. Los estaba mirando con expresión hosca, ceñuda-. Bajo en un momento.

Travis sonrió y salió de la casa. Savannah se quedó en el segundo escalón de la escalera, sujetándose a la barandilla. Le temblaban las piernas.

– Supongo que sabrás que esto es un error -le comentó Reginald con la pipa en la boca, entrando en el vestíbulo-. Sufrirás si vuelves a juntarte con él. Es lo único que sacarás en claro.

¡Así que su padre lo sabía! ¡Travis le había dicho la verdad! El descubrimiento la llenó de alegría y decepción a la vez. Travis había sido sincero con ella, pero su padre le había mentido durante nueve largos años.

– Ya no soy una chiquilla de diecisiete años -replicó, agarrada con fuerza a la barandilla. Desde donde estaba podía ver a Wade sentado en el sofá, con la mirada clavada en el fuego y aparentemente absorto en sus reflexiones.

– No, pero sigues siendo mi hija -arqueó sus espesas cejas-. Y Travis McCord no es el hombre adecuado para ti.

– ¿Por qué no?

– Porque siempre ha querido a Melinda.

Savannah palideció visiblemente, luchando contra el impulso de gritarle que eso no importaba. En lugar de ello, repuso con tono suave:

– Pero Melinda está muerta.

– Para ti y para mí quizá, pero no para Travis. Ella fue su primer amor, Savannah. Será mejor que lo aceptes de una vez.

– ¿Por qué no me dijiste que sabías que yo estuve con Travis? Siempre lo has sabido.

Reginald esbozó una sonrisa triste mientras bajaba la mirada a su pipa.

– Porque todo había terminado. Él te había hecho daño, pero todo había terminado.

– ¿Y ahora?

– No estáis hechos el uno para el otro -suspiró-. Tú quieres vivir en el rancho, trabajar con los caballos, casarte y tener una familia. Y Travis, bueno, él es… diferente, cortado por otro patrón. Necesita el glamour de los tribunales, de la política…

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