La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
Cuando volvieron al salón, Wade estaba de pie al lado de la chimenea, apoyado en la repisa, con otra copa en la mano. Parecía algo más tranquilo que antes.
– Muy bien, McCord -empezó, mirando a Reginald antes de concentrarse en el líquido dorado de su vaso-. Supongo que me he pasado de la raya -suspiró-. Lo siento.
– Te estás disculpando con la persona equivocada -repuso fríamente Travis.
– Sí, bueno, ya me ocuparé de eso después… Ahora vayamos al grano de una vez. ¿Por qué no piensas presentarte a gobernador?
– Porque no me interesa.
– No puedes estar hablando en serio.
– Claro que sí. Ya te lo había dicho antes -vio que Wade miraba de reojo a Reginald, que estaba instalado en su sillón favorito, cerca de la ventana-. Pero dime, ¿por qué te importa tanto a ti?
Savannah tomó asiento en el sofá.
– Porque se ha gastado mucho tiempo, esfuerzo y dinero en tu candidatura.
– Quizá alguien debería habérmelo explicado antes.
– Estabas demasiado ocupado… ¿o es que no te acuerdas?, haciéndote el héroe con el caso Eldridge. Pensabas presentarte a gobernador. Al menos eso fue lo que le dijiste a Reginald.
– Y tú supusiste que lo haría, claro.
– Una suposición muy natural.
– De modo que empezaste a reunir donativos y contribuciones para la campaña, a trabajar con mi socio en los libros del bufete y Dios sabe qué más -un brillo de furia había vuelto a asomar a los ojos de Travis.
– Reginald contaba contigo.
– ¿Es cierto eso? -inquirió Travis, desviando la mirada hacia el padre de Savannah.
– Me parece una lástima desaprovechar una oportunidad semejante -dijo Reginald-. Y sí, yo diría que contaba con que te presentaras -admitió, sacando su pipa de un bolsillo del chaleco.
Se hizo un espeso silencio en la habitación mientras la encendía.
– Incluso aunque me presentara -reflexionó Travis en voz alta-, sería más que probable que no ganara en las primarias, para no hablar de las generales. ¿Por qué entonces todo esto parece tener tanta importancia para vosotros?
– Reginald tiene planes -dijo Wade.
– ¡Bueno, pues quizá deberías habérmelos contado antes! -Travis se plantó frente al aludido-. Desde que tenía dieciocho años he intentado complacerte en todo, hasta el punto de que a veces lo que yo quería se confundía con lo que tú esperabas de mí. Pues bien, eso se ha acabado.
Reginald acarició la cazoleta de su pipa, miró a Wade y se volvió hacia el árbol de Navidad, ceñudo. Travis, a su vez, exhaló un suspiro y se frotó los tensos músculos del cuello.
– Así que creo que deberíamos hacer algo con todas esas contribuciones que Willis Henderson y vosotros dos habéis recogido en mi nombre. Espero que se las devolváis a la gente que os dio el dinero. Quiero que para fin de año estén todas devueltas. Incluso pagaré los intereses si es necesario.
– Tú no lo entiendes… -empezó Wade.
– Ni quiero entenderlo. Estoy cansado de todo esto. El mundo de la política me gusta tan poco como pelear los pleitos de multinacionales, divorcios, custodias de niños o cualquiera de esas porquerías asociadas al oficio de abogado.
– Pero te gustó la fama que te reportó el caso Eldridge… -observó Reginald, dando una chupada a su pipa. El aroma del tabaco invadió la habitación.
– Incluso eso terminó apestando -replicó Travis, apurando su copa.
– Pero no puedes renunciar así sin más… -objetó Reginald.
– Ya lo he hecho. Habla con Henderson, él sabe que voy en serio. No sé muy bien por qué es tan importante para ti que me presente a gobernador del Estado, pero la verdad es que tampoco quiero saberlo.
– He trabajado mucho para ver cómo un día tomabas posesión de ese cargo, hijo -susurró Reginald, casi para sí mismo. La desilusión parecía pesar en cada uno de sus rasgos.
Travis sonrió cínicamente.
– Me gustaría decirte que siento haber frustrado todos esos planes, pero no sería cierto. No me gusta la manera que habéis tenido de maniobrar a mis espaldas, y por fuerza tengo que suponer que incluso si hubiera conseguido convertirme en gobernador, habrías querido seguir moviendo los hilos y teniendo siempre la última palabra. Creo que ya va siendo hora de que la gente de este Estado tenga el gobernador que se merece, un político que esté a su servicio, y no al contrario.
– Eso es una estupidez y lo sabes perfectamente -repuso Wade-. Los ideales de ese tipo no encajan en el mundo real.
Travis se volvió hacia Savannah.
– ¿Y tú me tomabas a mí por un cínico? -soltó una amarga carcajada-. Sobran los comentarios.
Y dicho eso, salió de la habitación y recogió su abrigo en el vestíbulo. Savannah lo siguió.
– Vamos a dar un paseo -murmuró-. Necesito tomar el aire.
– No puedo. Le prometí a Josh que le leería un cuento.
Empezó a subir las escaleras sin mucho entusiasmo, pero se detuvo en el preciso instante en que él la llamó.
– ¿Savannah?
Se volvió para mirarlo y leyó la pasión que ardía en su mirada gris. Estaba al pie de la escalera, muy cerca. Aquella mirada le aceleró el pulso. Un pensamiento cruzó su mente: ahora que Travis le había contado a Reginald que no se presentaría a gobernador, ya no había razón alguna para que continuara en el rancho. Esa noche podría ser la última que pasaran juntos.
– Ahora mismo bajo, no tardo nada -le tocó ligeramente un hombro-. ¿Me esperas?
– Te he esperado durante nueve años -sonrió, irónico-. Esperarte durante unos minutos más no me hará daño -y la acercó hacia sí para besarla en los labios con una pasión que la dejó sin aliento, aturdida, tambaleante.
«Estoy perdida», pensó ella mientras cerraba los ojos y le echaba los brazos al cuello. «Nunca he dejado de amarlo y siempre lo amaré».
– No tardes mucho -le susurró él al oído.
– Descuida -cuando abrió de nuevo los ojos, vio por encima del hombro de Travis a Reginald, de pie en el umbral del salón. Los estaba mirando con expresión hosca, ceñuda-. Bajo en un momento.
Travis sonrió y salió de la casa. Savannah se quedó en el segundo escalón de la escalera, sujetándose a la barandilla. Le temblaban las piernas.
– Supongo que sabrás que esto es un error -le comentó Reginald con la pipa en la boca, entrando en el vestíbulo-. Sufrirás si vuelves a juntarte con él. Es lo único que sacarás en claro.
¡Así que su padre lo sabía! ¡Travis le había dicho la verdad! El descubrimiento la llenó de alegría y decepción a la vez. Travis había sido sincero con ella, pero su padre le había mentido durante nueve largos años.
– Ya no soy una chiquilla de diecisiete años -replicó, agarrada con fuerza a la barandilla. Desde donde estaba podía ver a Wade sentado en el sofá, con la mirada clavada en el fuego y aparentemente absorto en sus reflexiones.
– No, pero sigues siendo mi hija -arqueó sus espesas cejas-. Y Travis McCord no es el hombre adecuado para ti.
– ¿Por qué no?
– Porque siempre ha querido a Melinda.
Savannah palideció visiblemente, luchando contra el impulso de gritarle que eso no importaba. En lugar de ello, repuso con tono suave:
– Pero Melinda está muerta.
– Para ti y para mí quizá, pero no para Travis. Ella fue su primer amor, Savannah. Será mejor que lo aceptes de una vez.
– ¿Por qué no me dijiste que sabías que yo estuve con Travis? Siempre lo has sabido.
Reginald esbozó una sonrisa triste mientras bajaba la mirada a su pipa.
– Porque todo había terminado. Él te había hecho daño, pero todo había terminado.
– ¿Y ahora?
– No estáis hechos el uno para el otro -suspiró-. Tú quieres vivir en el rancho, trabajar con los caballos, casarte y tener una familia. Y Travis, bueno, él es… diferente, cortado por otro patrón. Necesita el glamour de los tribunales, de la política…