Los Diarios Secretos De Miranda
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Los Diarios Secretos De Miranda». Краткое содержание книги:
Y ni siquiera a los diez años Miranda sabía que le amaría para siempre.
Pero los años siguientes se han mostrado tan crueles para Turner como amables ha sido para Miranda. Ella es tan fascinante como osadamente predijo el vizconde aquel memorable día… y aquel hombre se ha convertido en un hombre solitario y amargado, destrozado por una devastadora pérdida.
Pero Miranda jamás ha olvidado la verdad que dejó por escrito en aquel papel tantos años atrás… y no permitirá que el amor que es su destino se le escape de entre los dedos…
– Intentaba ayudarte.
Sin embargo, Miranda todavía se estaba recuperando de la sonrisa de Turner. Notaba como si el estómago le hubiera caído a los pies, estaba mareada y parecía que su corazón estaba tocando una sinfonía entera. Estaba enamorada o tenía la gripe. Miró de reojo el anguloso perfil de Turner y suspiró.
Todos los indicios señalaban al enamoramiento.
– ¡Miranda, Miranda!
Levantó la mirada hacia Olivia, que estaba gritando su nombre con impaciencia.
– Winston quiere saber mi opinión sobre La riqueza de las naciones cuando termine de leerlo. Le he dicho que lo leerías conmigo. Seguro que podemos comprar otra copia.
– ¿Qué? Ah, sí, claro. Me encanta leer. -Cuando vio la sonrisa de Olivia se dio cuenta de lo que había aceptado hacer.
– Dime, Miranda -dijo Winston, que se inclinó sobre la mesa y le acarició la mano-. ¿Qué te está pareciendo la temporada?
– Estas galletas están deliciosas -dijo Turner en voz alta mientras alargaba el brazo para coger otra-. Perdona, Winston, ¿puedes apartar la mano?
Winston retiró la mano y Turner cogió una galleta y se la metió en la boca. Dibujó una amplia sonrisa.
– ¡Maravillosas como siempre, señora Cook!
– Tendrá otro plato en unos minutos -le aseguró ella, feliz por el cumplido.
Miranda esperó a que terminara la conversación y dijo:
– Ha sido muy agradable. Pero me gustaría que vinieras más a menudo para disfrutarla con nosotras.
Winston la miró con una sonrisa perezosa que se suponía que la tenía que derretir.
– A mí también -dijo-, pero estaré fuera gran parte del verano.
– Me temo que no tendrás mucho tiempo para las señoritas -comentó Turner-. Si no recuerdo mal, me pasaba las vacaciones de verano de jarana con mis amigos. Nos divertíamos mucho. Te aconsejo que no te lo pierdas.
Miranda lo miró con extrañeza. Parecía incluso demasiado alegre.
– Seguro -respondió Winston-, pero también me gustaría acudir a algunos actos de Londres.
– Buena idea -dijo Olivia-. Querrás aprender el refinamiento de la ciudad.
Winston se volvió hacia ella.
– Tengo suficiente refinamiento, muchas gracias.
– Por supuesto, pero no hay nada como la experiencia para… eh… refinar a un hombre.
Winston se sonrojó.
– Tengo experiencia, Olivia.
Miranda abrió los ojos como platos.
Turner se levantó en un movimiento ágil.
– Creo que esta conversación está deteriorándose a gran velocidad a un nivel inapropiado para los oídos de un caballero.
Winston parecía que quería añadir algo más, pero, por suerte para la causa de la paz familiar, Olivia aplaudió y exclamó:
– ¡Bien dicho!
Sin embargo, Miranda sabía que siempre iba con segundas intenciones, al menos cuando jugaba a las casamenteras en la mesa. Y, por supuesto, enseguida vio que era el objetivo de una pícara sonrisa de Olivia.
– ¿Miranda? -dijo, con encanto.
– ¿Sí?
– ¿No me habías dicho que querías llevar a Winston a esa tienda de guantes que vimos la semana pasada? Tienen los guantes más maravillosos del mundo -continuó Olivia, volviéndose hacia Winston-. Para hombres y mujeres. Pensamos que quizá necesitarías un par. No sabíamos qué tipo de guantes tenían en Oxford.
Era un discurso más que obvio y Miranda estaba segura de que Olivia lo sabía. Miró a Turner, que lo estaba contemplando todo con un gesto divertido. O quizás era disgusto. A veces costaba diferenciarlo.
– ¿Qué te parece, querido hermano? -preguntó Olivia con su voz más encantadora-. ¿Te apetece ir?
– No se me ocurre nada que me apetezca más.
Miranda abrió la boca para decir algo, pero luego vio que sería inútil y la cerró. Iba a matar a Olivia. Entraría en su habitación de noche y la despellejaría viva. Pero, de momento, su única opción era asentir. No quería hacer nada que provocara que Winston creyera que estaba enamorada de él, pero sería el colmo de la mala educación rechazar la invitación delante de él.
Además, cuando vio que tenía tres pares de ojos mirándola expectantes, sólo pudo decir:
– Podríamos ir hoy. Me encantaría.
– Os acompaño -anunció Turner, que se levantó con decisión.
Miranda se volvió hacia él sorprendida, igual que Olivia y Winston. En Ambleside, nunca había mostrado ningún interés por acompañarlos en sus salidas, pero ¿por qué iba a hacerlo? Les llevaba nueve años.
– Necesito un par de guantes -dijo, sencillamente, curvando los labios como diciendo: «¿Por qué, si no, iba a acompañaros?»
– Por supuesto -dijo Winston, que todavía parpadeaba ante el inesperado gesto de su hermano.
– Qué bien que lo hayas comentado -dijo Turner, con brío-. Muchas gracias, Olivia.
La chica no parecía demasiado contenta.
– Será un placer que vengas -dijo Miranda, quizá con un poco más de entusiasmo del que pretendía-. No te importa, ¿verdad, Winston?
– No, por supuesto que no -pero, a juzgar por su gesto, parecía que sí. Al menos, un poco.
– ¿Has terminado con la leche y las galletas, Winston? -preguntó Turner-. Deberíamos irnos. Parece que va a nublarse.
Winston alargó la mano y cogió otra galleta a propósito. La más grande del plato.
– Podemos ir en un carruaje cerrado.
– Voy a buscar el abrigo -dijo Miranda, al levantarse-. Vosotros podéis decidir lo del carruaje. ¿Nos vemos en el salón rosa? ¿Dentro de veinte minutos?
– Te acompañaré arriba -dijo Winston enseguida-. Tengo que coger algo de la maleta.
Salieron de la cocina e, inmediatamente, Olivia se volvió hacia Turner con una expresión felina.
– ¿Qué diantres te pasa?
Él la miró con desconcierto.
– ¿Perdona?
– Me he dejado la piel para organizarles una cita y lo estás estropeando todo.
– No te pongas dramática -respondió él, agitando ligeramente la cabeza-. Sólo voy a comprar un par de guantes. Eso no evitará una boda, si es que esto acaba en boda.
Olivia hizo una mueca.
– Si no te conociera mejor, creería que estás celoso.
Por un momento, Turner se quedó mirando a su hermana. Al final, recuperó la sensatez, y la voz, y respondió:
– Pero me conoces. Así que te agradeceré que no hagas acusaciones infundadas.
Celoso de Miranda. Dios Santo, ¿qué sería lo próximo que se le ocurriría?
Olivia se cruzó de brazos.
– Bueno, la verdad es que tu actitud ha sido un poco extraña.
A lo largo de su vida, Turner había tratado a su hermana pequeña de muchas formas. En general, utilizaba una desatención benigna. En ocasiones, adoptaba una actitud más paternalista, sorprendiéndola con regalos y halagos cuando a él le convenía. Sin embargo, la diferencia de edad había evitado que la tratara de igual a igual; siempre la había visto como una niña antes de dirigirse a ella.
Ahora, sin embargo, mientras lo acusaba de aquello, de querer a Miranda, nada menos que a Miranda, arremetió contra ella sin medir las palabras, ni en tamaño ni en sentimiento. Y habló con la voz severa, cortante y dura cuando dijo:
– Si miraras más allá de tu deseo de tener a Miranda siempre a tu disposición, verías que Winston y ella hacen muy mala pareja.
Olivia se quedó sin respiración ante el inesperado ataque, pero se recuperó enseguida.
– ¿A mi disposición? -repitió, furiosa-. ¿Y ahora quién hace acusaciones infundadas? Sabes mejor que nadie que adoro a Miranda y que lo único que deseo es que sea feliz. Además, como no tiene belleza ni dote, y…
– Oh, por el amor de… -Turner cerró la boca antes de blasfemar delante de su hermana-. La infravaloras -le espetó. ¿Por qué todos insistían en seguir viéndola como la niña desgarbada que fue? Quizá no encajara en la descripción actual de belleza para la sociedad, no como Olivia, pero tenía algo más profundo y mucho más interesante. Cuando uno la miraba, sabía que había algo detrás de sus ojos. Y, cuando sonreía, no era un gesto practicado ni de burla… bueno, a veces sí que era de burla, pero podía perdonarla, porque poseía el mismo sentido del humor que él. Y, además, atrapados en Londres durante la temporada, seguro que se encontraría con varias cosas de las que burlarse.