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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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»Durante el combate lanzasteis rayos que, impulsados por la magia recorrieron el palacio para destruir a los líderes rebeldes, a los que deseaban el triunfo de Rahl el Oscuro. Todos aquellos que aún no estaban unidos a vos, ese día se unieron. Ninguno de nosotros había visto nunca nada semejante a la magia que crepitó en palacio ese día.

La mord-sith se inclinó hacia él, manteniéndolo preso de su oscura mirada. Su apasionada voz cortaba el silencio.

— Eso fue magia, lord Rahl. Estábamos a punto de ser destruidos, de ser engullidos por el mundo de los muertos. Vos nos salvasteis. Cumplisteis vuestra parte del pacto: ser la magia contra la magia. Sois el amo Rahl, y estamos dispuestos a dar nuestra vida por vos.

Richard se dio cuenta de que su mano derecha aferraba con tanta fuerza la empuñadura de su espada que notaba cómo las letras doradas en relieve de la palabra «VERDAD» se le hundían en la carne. De algún modo logró sustraerse de la mirada de Raina y posar los ojos en el resto.

— Todo lo que decís es cierto, pero no es tan simple como creéis. Hay más. Me niego a pensar que fui capaz de hacer lo que hice porque sabía cómo. Simplemente sucedió. Rahl el Oscuro estudió toda su vida para convertirse en mago, para usar la magia. Pero yo apenas sé nada de eso. Depositáis demasiada confianza en mí.

Cara se encogió de hombros.

— Lo comprendemos —dijo—. Aún os queda mucho que aprender sobre la magia. Eso es bueno. Siempre está bien aprender más. Cuanto más sepáis, mejor nos serviréis.

— No, no lo comprendéis en absoluto…

— No importa cuánto sepáis —lo tranquilizó Cara, poniéndole una mano sobre el hombro—, siempre habrá más. Nadie lo sabe todo. Pero eso no cambia nada. Vos sois el amo Rahl, y estamos unidos a vos. —La mujer le estrujó el hombro antes de añadir—: No podríamos cambiar eso ni aunque quisiéramos.

Richard tuvo una súbita sensación de calma. De hecho, no le interesaba cambiar las cosas; podía servirse de su ayuda y su lealtad.

— Antes, en la calle, me ayudasteis, y es posible incluso que me salvaseis el cuello, pero no quiero que tengáis una desproporcionada fe en mí. No quisiera decepcionaros. Deseo que me sigáis porque estáis convencidos de que lo que hacemos está bien y no debido a un vínculo forjado con magia. No quiero esclavos.

— Lord Rahl —intervino Raina, y por primera vez titubeó—, en el pasado estábamos unidas a Rahl el Oscuro y nada podíamos contra eso, como tampoco podemos ahora. Él nos arrebató de nuestros hogares cuando éramos niñas, nos entrenó y nos utilizó para…

— Lo sé. —Richard se levantó y la silenció poniéndole un dedo sobre sus labios—. Ya pasó. Ahora sois libres.

Cara le agarró por la camisa y acercó mucho su rostro al de ella.

— ¿Es que no lo veis? Aunque muchas de nosotras odiábamos a Rahl el Oscuro, no podíamos evitar servirlo debido al vínculo. Eso sí era esclavitud.

»No nos importa que no lo sepáis todo. Estamos unidas a vos porque sois el amo Rahl. Pero por primera vez en nuestras vidas no es una carga. Si el vínculo no existiera, de todos modos decidiríamos serviros; no somos esclavas.

— Nosotras no sabemos nada sobre magia —dijo Hally— pero os podemos enseñar qué significa ser el amo Rahl. Después de todo la misión de una mord-sith es enseñar. —Su irónica sonrisa suavizó sus ojos azules y dejó entrever la mujer que había más allá de la mord-sith. Pero enseguida la sonrisa desapareció para adoptar una expresión seria—. No nos importa que os queden más etapas en el camino; nosotras no os abandonaremos.

Richard se pasó los dedos por el pelo. Estaba conmovido por sus palabras, pero lo inquietaba la devoción ciega que le demostraban.

— Quiero que comprendáis que no soy el mago que creíais. Sé algo de magia, por ejemplo de la magia de mi espada, pero no sé cómo usar mi don. Es algo que sale de dentro de mí sin que lo entienda ni pueda controlarlo, y hasta ahora los buenos espíritus me han ayudado. —El joven hizo una pausa y se sumergió en lo más profundo de sus expectantes miradas—. Denna está con ellos.

Las cuatro mujeres sonrieron; cada una a su manera. Todas habían conocido a Denna, sabían que ella lo había entrenado y que la había matado para poder escapar. Al hacerlo, la había liberado del vínculo con Rahl el Oscuro y también la había liberado de aquello en lo que se había convertido. Pero por mucho que supiera que ahora el espíritu de Denna estaba en paz, esa muerte lo seguía atormentando. Había vuelto blanca la Espada de la Verdad y había puesto fin a la vida de Denna con ese lado de la magia, con su amor y su perdón.

— No puede haber nada mejor que tener a los buenos espíritus de nuestro lado —sentenció Cara con voz serena, hablando en nombre de todas—. Me alegra saber que Denna está con ellos.

Richard desvió la mirada e hizo un esfuerzo por librarse también de esos angustiosos recuerdos. Se sacudió el polvo de los pantalones y cambió de tema.

— Bueno, como Buscador de la Verdad que soy me disponía a averiguar quién está al mando de los d’haranianos aquí en Aydindril. Debo hacer algo importante y no hay tiempo que perder. No sé nada acerca de ese vínculo, pero sí sé qué significa ser el Buscador. Supongo que no me irá mal un poco de ayuda.

— Menos mal que os hemos encontrado a tiempo —dijo Berdine, mientras sacudía su mata de pelo castaño. Las otras tres murmuraron palabras de aquiescencia.

— ¿Por qué? —inquirió Richard, mirándolas una a una.

— Porque aún no saben que sois el amo Rahl —explicó Cara.

— Ya os lo he dicho: soy el Buscador. Eso es más importante que ser el amo Rahl. No olvidéis que como Buscador maté al último amo Rahl. Pero ahora que sé lo del vínculo pienso decir al comandante en jefe d’haraniano que soy el nuevo lord Rahl y le pediré lealtad. Sin duda eso facilitará mis planes.

Berdine se echó a reír.

— Lo repito: menos mal que os hemos encontrado a tiempo.

— Tiemblo al pensar lo cerca que hemos estado de perderlo —comentó Cara a su hermana de agiel, al tiempo que se apartaba el oscuro flequillo.

— ¿De qué estáis hablando? Son d’haranianos. Creía que se darían cuenta de quién soy, por todo eso del vínculo.

— Ya os lo hemos dicho —repuso Ulic—, primero deben reconocer y aceptar de manera formal la autoridad del amo Rahl. A ellos aún no les habéis convencido. Además, el vínculo no es igual para todos.

Richard alzó los brazos al cielo.

— Primero me decís que me seguirán y ahora me decís que no. ¿En qué quedamos?

— Debéis vincularlos a vos, lord Rahl —le explicó Cara pacientemente—. Si es que podéis, claro. El general Reibisch no es de sangre pura.

— ¿Qué significa eso?

Egan intervino.

— Lord Rahl, en el inicio de los tiempos cuando el primer amo Rahl conjuró el hechizo que nos vinculó a él, D’Hara no era lo que es hoy. Era un país dentro de otro país mucho mayor, más o menos como los diversos países que integran la Tierra Central.

De pronto Richard recordó la historia que Kahlan le contó la noche que se conocieron. Sentados en el interior del tronco hueco de un pino, junto al fuego, temblando todavía por el aterrador encuentro con un gar, le relató parte de la historia del mundo que se extendía más allá de su Tierra Occidental natal.

Con la mirada perdida en un oscuro rincón, recordó la historia:

— El abuelo de Rahl el Oscuro, Panis, Señor de D’Hara, decidió unir todos los países bajo su mandato. Se anexionó todos los países y todos los reinos para formar uno solo: D’Hara.

— Exacto —confirmó Egan—. No todos los que se consideran d’haranianos descienden de los primeros habitantes de D’Hara, de los que se vincularon a Panis. Algunos sólo tienen una pequeña parte de verdadera sangre d’haraniana, mientras que otros, como Ulic y yo, somos de sangre pura. Los que no tienen ni una gota de verdadera sangre d’haraniana no sienten el vínculo.

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