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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Mientras Berdine se despojaba de su capa y la arrojaba a la pila de la impedimenta, Cara le instó a que tomara asiento colocándole una mano sobre el hombro. Por el modo en que la silla se balanceó bajo su peso Richard no estaba seguro de que lo aguantara.

— Puesto que vosotros sentís el vínculo con más fuerza —dijo Cara dirigiéndose a los dos soldados—, tal vez sea mejor que se lo expliquéis vosotros. ¿Ulic?

Ulic se removió, inquieto.

— No sé ni por dónde empezar.

Cara iba a decir algo pero Richard la interrumpió.

— Tengo cosas importantes que hacer y no puedo perder mucho tiempo. Tú dime lo más importante. ¿Qué es el vínculo?

— De acuerdo. Os diré lo que nos enseñan a nosotros.

Con un ademán Richard invitó a Ulic a sentarse en un banco. Lo ponía nervioso tenerlo enfrente como una alta montaña provista de brazos. Mirando de reojo comprobó que Gratch se lamía sosegadamente el pelaje, aunque sin apartar sus relucientes ojos de los d’haranianos. El joven sonrió, tranquilo. Gratch nunca había estado rodeado de tanta gente y, en vista de lo que planeaba, quería que se sintiera cómodo. En la arrugada faz del gar se dibujó una sonrisa pero sus orejas seguían levantadas y no se perdía ni media palabra. Richard deseó estar seguro de hasta qué punto entendía Gratch.

Ulic se acercó el banco y se sentó.

— Hace mucho tiempo…

— ¿Cuánto? —lo atajó Richard.

Ulic pensó la respuesta mientras acariciaba con un pulgar el mango de hueso del cuchillo que llevaba al cinto. Tenía una voz tan grave que parecía capaz de apagar la llama de las velas.

— Hace mucho tiempo… en los albores de D’Hara. Creo que de eso hace varios miles de años.

— ¿Sí? ¿Qué ocurrió en tiempos tan remotos?

— Bueno, entonces fue cuando se creó el vínculo. En el principio de los tiempos el primer amo Rahl desplegó su poder, su magia, sobre la gente de D’Hara para protegerla.

Richard enarcó una ceja.

— Querrás decir para dominarla…

— No. —Ulic negó con la cabeza—. Fue un pacto. La Casa de Rahl —explicó, dándose golpecitos sobre la «R» grabada en el pecho— sería la magia y el pueblo de D’Hara sería el acero. Nosotros lo protegemos a él y él, a su vez, nos protege a nosotros. Estamos unidos.

— ¿Para qué necesita un mago la protección del acero? Los magos son poderosos.

El uniforme de cuero de Ulic crujió al apoyar un codo sobre la rodilla e inclinarse hacia adelante con actitud aleccionadora.

— Vos poseéis magia. ¿Acaso siempre os ha protegido? No podéis estar siempre despierto, ni ver quién hay detrás de vos, ni conjurar magia con la suficiente rapidez si el enemigo es muy numeroso. También los magos mueren a punta de espada. Nos necesitáis.

Richard no lo rebatió.

— Bueno, ¿y qué tiene que ver el vínculo conmigo?

— El pacto, la magia, vincula a la gente de D’Hara con el amo Rahl. Cuando el amo Rahl muere, el vínculo pasa a su heredero, si es que tiene el don. —Ulic se encogió de hombros—. El vínculo es la magia que une. Todos los d’haranianos la sienten; aprendemos a hacerlo desde que nacemos. Cuando el amo Rahl está cerca notamos su presencia. Así es como os encontramos; cuando estáis cerca, nosotros lo presentimos.

Richard se agarró a los brazos de la silla al tiempo que se inclinaba hacia adelante.

— ¿Me estás diciendo que todos los d’haranianos sienten mi presencia y saben dónde estoy?

— No. La cosa no es tan simple. —Ulic introdujo un dedo bajo el uniforme de cuero para rascarse el hombro, tratando de hallar el modo de explicarse.

Berdine acudió a su rescate; plantó un pie en el banco, junto a Ulic, y se inclinó sobre un codo. Al hacerlo su pesada trenza castaña le cayó por encima del hombro.

— Veréis, para empezar todos tenemos que reconocer al nuevo amo Rahl. Es decir, tenemos que reconocerlo y aceptar su autoridad formalmente. No se trata de una ceremonia, sino de reconocerlo y aceptarlo en nuestros corazones. Tampoco tiene que ser una aceptación deseada voluntariamente y, en el pasado, al menos para nosotras, no lo era, pero de todos modos, esa aceptación debe existir.

— Quieres decir que tenéis que creer.

Todas las caras, vueltas hacia él, se iluminaron.

— Sí. Es un buen modo de expresarlo —intervino Egan—. Una vez que consentimos someternos a la autoridad del amo Rahl, mientras viva estamos unidos a él. Cuando muere, el nuevo amo Rahl ocupa su lugar y el vínculo pasa a él. Al menos así debería ser. Pero esta vez algo salió mal y Rahl el Oscuro, o su espíritu, de algún modo logró mantener una parte de sí en este mundo.

Richard se enderezó en la silla.

— La puerta. Las cajas en el Jardín de la Vida son una puerta hacia el inframundo y una de ellas permaneció abierta. Cuando regresé, hace dos semanas, la cerré y envié a Rahl el Oscuro al inframundo, y esta vez para siempre.

Los músculos de Ulic se marcaron cuando se frotó las palmas de las manos.

— Cuando Rahl el Oscuro murió, a principios de invierno, y vos hablasteis delante de palacio, muchos d’haranianos creyeron que erais el nuevo amo Rahl. Sin embargo otros no. Algunos todavía mantenían su lealtad, su vínculo a Rahl el Oscuro. Debió de ser por esa puerta que decís que seguía abierta. Nunca había ocurrido antes, al menos que yo sepa.

»Luego, al regresar a palacio y vencer al espíritu de Rahl el Oscuro gracias al don, también vencisteis a los oficiales rebeldes que se oponían a vos. Al desterrar el espíritu de Rahl el Oscuro rompisteis el vínculo que aún mantenía con algunos de ellos y convencisteis al resto de los habitantes de palacio de que, efectivamente, erais el nuevo amo Rahl. Ahora todos son leales. Todo el palacio está vinculado a vos.

— Tal como debe ser —sentenció Raina—. Sois el poseedor del don; sois un mago. Sois la magia contra la magia; y los d’haranianos, vuestro pueblo, son el acero contra el acero.

Richard alzó la vista hacia los oscuros ojos de la mujer.

— Sé menos de ese vínculo, eso del acero contra el acero y de la magia contra la magia, de lo que sé sobre magia, y te advierto que apenas sé nada sobre magia. No tengo ni idea de cómo se usa.

Las mord-sith se quedaron mirándolo un momento y luego se echaron a reír como si Richard acabara de gastarles una broma y pretendieran quedar bien con él.

— No bromeo. No sé cómo usar mi don.

Hally le propinó una palmada en el hombro y señaló a Gratch.

— Mandáis sobre las bestias, como Rahl el Oscuro. Nosotras no podemos. E incluso habláis con él. ¡Habláis con un gar!

— No lo entendéis. Le salvé cuando era sólo un cachorro y lo crié, eso es todo. Luego nos hicimos amigos. No es magia.

Hally volvió a palmearle el hombro.

— Es posible que a vos no os parezca magia, lord Rahl, pero ninguno de nosotros podría hacerlo.

— Pero…

— Hemos visto cómo os volvíais invisible —arguyó Cara, que ya no reía—. ¿Vais a decirnos que no era magia?

— Bueno, sí. Supongo que eso sí que era magia, pero no del modo que os imagináis. Es que…

— Lord Rahl, a vos os parece de lo más normal porque poseéis el don. Pero para nosotros es magia. No nos diréis ahora que cualquiera puede hacerlo.

— No, no podríais —repuso Richard, en un aprieto—. Pero insisto en que no es lo que creéis.

Los oscuros ojos de Raina se clavaron en él con esa mirada con las que las mord-sith exigían obediencia ciega; una mirada acerada que pareció paralizarle la lengua. Aunque ya no estaba cautivo de una mord-sith y esas mujeres trataban de ayudarlo, la mirada lo impresionó.

— Lord Rahl —dijo Raina con voz queda que llenó el silencio de la habitación—, en el Palacio del Pueblo luchasteis contra el espíritu de Rahl el Oscuro. Vos, simplemente un hombre, os enfrentasteis al espíritu de un poderoso hechicero que había regresado del inframundo, del mundo de los muertos, para destruirnos a todos. Rahl el Oscuro ya no tenía una existencia corpórea; no era más que un espíritu animado gracias a la magia. A un demonio así sólo se lo vence con magia.

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