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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Ahora que os hemos encontrado no os vamos a perder de vista. Quedaos aquí mientras nos cambiamos. Si lo deseáis, volveos de espaldas.

Con un suspiro Richard se dio media vuelta y se cruzó de brazos. Los dos soldados miraron. Richard frunció el entrecejo y con un gesto les ordenó que se dieran la vuelta. Gratch ladeó la cabeza con expresión desconcertada, pero los imitó.

— Nos alegramos de que hayáis decidido unir a esos hombres a vos, lord Rahl —dijo Cara. Richard las oía sacar sus cosas de las mochilas—. Estaréis mucho más seguro con todo un ejército para protegeros. Después de vincularlos partiremos hacia D’Hara, donde estaréis seguro.

— No iremos a D’Hara —dijo Richard por encima del hombro—. Tengo asuntos importantes que resolver. Tengo planes.

— ¿Planes, lord Rahl? —Richard casi pudo sentir el aliento de Raina en la nuca mientras se despojaba de sus prendas de cuero marrones—. ¿Qué planes?

— ¿Qué planes podría tener el amo Rahl? Conquistar el mundo, por supuesto.

9

No fue necesario abrirse paso a empellones entre la multitud; su presencia provocaba una oleada de pánico, como lobos entre un rebaño de corderos. La gente se dispersaba gritando. Las madres cogían a sus hijos en brazos y echaban a correr, los hombres caían de bruces sobre la nieve en sus prisas por apartarse, los vendedores ambulantes abandonaban sus mercancías y corrían para salvar sus vidas, y las puertas de las tiendas a ambos lados se iban cerrando de golpe.

Richard se dijo que el pánico era una buena señal. Al menos, no harían caso omiso de ellos. Claro que resultaba un poco difícil hacer caso omiso de un gar de más de dos metros de estatura que caminaba por una ciudad a plena luz del día. Seguramente Gratch se lo estaba pasando en grande. Pero los demás, que no compartían la misma visión inocente de la tarea que tenían entre manos, exhibían una expresión adusta.

Gratch caminaba detrás de Richard, Ulic y Egan iban al frente, Cara y Berdine a su izquierda, y Hally y Raina a la derecha. No era al azar. Ulic y Egan habían insistido en que por ser los guardianes personales de lord Rahl debían ir cada uno a un lado. Las mord-sith pusieron mala cara y arguyeron que serían la última línea de defensa alrededor de lord Rahl. A Gratch no le importaba dónde lo colocaran, siempre que estuviera cerca de Richard.

Finalmente Richard tuvo que alzar la voz para poner fin a la discusión. Les dijo que Ulic y Egan marcharían al frente para abrir paso en caso necesario, las mord-sith protegerían los flancos y, por su altura, Gratch iría detrás de él. Nadie protestó; todos parecían pensar que les habían asignado la posición más adecuada para defender a lord Rahl.

Ulic y Egan se habían retirado las capas y exhibían por encima de los codos brazales provistos de pinchos, aunque las espadas seguían envainadas. Las mujeres iban cubiertas del cuello hasta los pies por ceñidos trajes de cuero de color rojo sangre, con el símbolo de las mord-sith de la estrella y la media luna amarillas en el estómago. Empuñaban el agiel en una mano protegida con un guante de cuero negro y el dorso blindado.

Richard sabía perfectamente el dolor que causaba sostener un agiel. Del mismo modo que el agiel con el que Denna lo había entrenado, y que después le había dado, le dolía cada vez que lo cogía, ellas tampoco podían empuñar su propio agiel sin que la magia del objeto les causara un daño atroz. No obstante, las mord-sith aprendían a soportar el dolor y se enorgullecían de su capacidad de aguante.

Él había tratado de convencerlas de que renunciaran al agiel, pero fue en vano. Podría ordenárselo y ellas obedecerían, pero eso sería traicionar la libertad que les había concedido; algo en lo que no quería ni pensar. Si renunciaban al agiel, tenía que ser por propia voluntad, aunque no confiaba en que lo hicieran. Después de llevar él mismo tanto tiempo la Espada de la Verdad podía entender que los deseos chocasen con los principios; él odiaba la espada y deseaba deshacerse de ella, de los actos que cometía con ella, de lo que la espada le hacía, pero al mismo tiempo había luchado para conservarla.

Entre cincuenta y sesenta soldados patrullaban fuera del edificio cuadrado de dos plantas ocupado por el alto mando de D’Hara. De ellos sólo seis, situados en el rellano de la entrada, mostraban una actitud marcial. Sin detenerse Richard y su pequeña compañía caminaron en línea recta entre los soldados, en dirección a los escalones. Atónitos y asustados, los hombres se iban apartando para dejarlos pasar.

Aunque no se dejaban llevar por el pánico, como la gente común en el mercado, la mayoría de ellos se apartaban. Y las aceradas miradas de las mord-sith alejaban al resto tan eficazmente como si los amenazaran con espadas. Algunos, mientras retrocedían unos pasos, se llevaban la mano a la empuñadura de su arma.

— ¡Paso a lord Rahl! —bramó Ulic. Los soldados se alejaron más en absoluto desorden. Para no correr riesgos, pese a su confusión algunos inclinaron la cabeza.

Richard, sumido en un mundo propio de concentración, lo observaba todo bajo su capa de mriswith.

Antes de que nadie tuviera la suficiente presencia de ánimo para detenerlos o interrogarlos, habían atravesado la turba de soldados y habían subido la docena de escalones que conducían a la sencilla puerta acorazada. Allí uno de los soldados, un hombre de estatura similar a la de Richard, decidió que no estaba seguro de si debía franquearles el paso. Así pues, se colocó ante la puerta y empezó a decir:

— Esperad aquí hasta…

— ¡Paso a lord Rahl, idiota! —gruñó Egan, sin detenerse.

Los ojos del soldado se clavaron en los brazales.

— ¿Qué…?

Sin pararse Egan lo apartó a un lado de un tremendo revés. El soldado cayó al suelo. Dos de sus compañeros se quitaron de en medio a toda prisa, mientras que los otros tres abrían la puerta y entraban de espaldas.

Richard se estremeció. Les había dicho a todos, Gratch incluido, que no quería que nadie resultara herido a menos que fuera estrictamente necesario, y ahora lo inquietaba lo que ellos pudieran considerar necesario.

En el interior, los soldados que habían oído el alboroto fuera salieron a toda prisa a su encuentro desde corredores tenuemente iluminados. Al ver a Ulic y a Egan, con sus brazales dorados por encima de los codos, no desenvainaron las armas, aunque por su expresión no les faltaban ganas. Un amenazador gruñido de Gratch los obligó a frenar la marcha. Pero cuando vieron a las mord-sith con las ropas de cuero rojo, no dieron ni un paso más.

— El general Reibisch —se limitó a decir Ulic.

Un puñado de los hombres se avanzó.

— Lord Rahl desea ver al general Reibisch —declaró Egan con tranquila autoridad—. ¿Dónde está?

Recelosos, los hombres se miraron pero guardaron silencio. Por el lado derecho, un fornido oficial, manos en las caderas y una desafiante mirada en un rostro marcado por la viruela, se abrió paso entre sus hombres.

— ¿Qué pasa aquí?

Agresivo, dio un paso adelante y alzó un amenazador dedo hacia ellos. Fue suficiente. En un abrir y cerrar de ojos Raina le había aplicado el agiel en el hombro y lo tenía de rodillas. La mujer inclinó el agiel para presionar con la punta el nervio de un lado del cuello. El alarido del oficial resonó por los corredores. Los demás hombres se encogieron.

— Tienes que dar respuestas, no formular preguntas —dijo Raina en el inconfundible tono de ira controlada típico de una mord-sith. El cuerpo del hombre sufría convulsiones y no dejaba de gritar. Cuando Raina se inclinó hacia él el cuero rojo crujió—. Te daré una última oportunidad. ¿Dónde está el general Reibisch?

El oficial levantó bruscamente un brazo que, pese a las sacudidas, logró apuntar aproximadamente en la dirección del corredor central de los tres.

— Puerta… final… pasillo.

— Gracias. —Raina retiró el agiel y el hombre se desplomó como una marioneta a la que cortan los hilos. Richard no podía sacrificar ni un ápice de su concentración en compadecerse de él. Por mucho dolor que pudiese infligir un agiel, Raina no lo había usado para matar; el oficial que ahora se retorcía en el suelo, preso aún del dolor, se recuperaría, aunque los demás hombres lo observaban boquiabiertos—. Inclinaos ante el amo Rahl —ordenó Raina con un siseó—. Todos.

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