La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
»Rahl el Oscuro, y su padre antes que él, reunieron a su alrededor a personas que pensaban como ellos, que ansiaban el poder. Por las venas de muchos de ellos no corría verdadera sangre de D’Hara, sino sólo ambición.
— El comandante general Trimack de palacio y los hombres de la Primera Fila —con un gesto Richard señaló a Ulic y Egan— y la guardia personal del amo Rahl, ¿deben ser de sangre pura?
— Así es —respondió Ulic—. Rahl el Oscuro, como su padre, solamente confiaba en los de sangre pura para que lo protegieran, mientras que a los de sangre mezclada o los que no sentían en absoluto el vínculo los enviaba a luchar lejos de D’Hara y a conquistar nuevas tierras.
Richard se acarició pensativo el labio inferior.
— ¿Y qué me decís del hombre que está al mando de las tropas de D’Hara en Aydindril? ¿Cómo habéis dicho que se llama?
— General Reibisch —replicó Berdine—. Es de sangre mezclada, por lo que no será fácil. Pero si conseguís que os reconozca como amo Rahl tiene la suficiente sangre pura para establecer el vínculo. La vinculación de un oficial conlleva la vinculación inmediata de muchos de sus hombres, porque confían en él y creen lo que él cree. Si lográis unir al general Reibisch tendréis el control de las fuerzas en Aydindril, pues aunque algunos de sus hombres no tienen ni una gota de sangre pura son leales a su líder y, en cierto modo, también estarán unidos a vos.
— En ese caso tendré que hacer algo para convencer a ese general Reibisch de que soy el nuevo amo Rahl.
— Para eso nos necesitáis —declaró Cara con una maliciosa sonrisa—. Os hemos traído algo de parte del comandante general Trimack. Enséñaselo Hally.
La aludida se desabrochó la parte superior de su atuendo de cuero y se sacó una bolsa larga que colgaba entre sus senos. Con una orgullosa sonrisa se la tendió a Richard. Éste sacó del interior un rollo y examinó el símbolo de una calavera con dos espadas cruzadas debajo grabado en la cera de color dorado.
— ¿Qué es?
— El comandante general Trimack quería ayudaros —respondió Hally. Con un destello de sonrisa aún en sus ojos señaló el sello de cera—. Éste es el sello personal del comandante general de la Primera Fila. Está escrito de propia mano. Yo misma vi cómo lo escribía. En él declara que vos sois el nuevo amo Rahl y que tanto la Primera Fila como todas las tropas y generales de campo de D’Hara ya os han reconocido, se han vinculado y están dispuestos a defender vuestro ascenso al poder con sus propias vidas. Amenaza con eterna venganza a todos aquellos que se opongan a vos.
Richard alzó la mirada hacia los azules ojos de la mord-sith.
— Te comería a besos, Hally.
La sonrisa de la mujer se esfumó al instante.
— Lord Rahl, nos habéis declarado libres. Ya no tenemos que someternos a… —Hally se interrumpió y se sonrojó, como sus compañeras. Entonces humilló la cabeza y clavó la vista en el suelo. Al hablar su voz fue un dócil susurro—. Perdonadme, lord Rahl. Si es eso lo que deseáis, naturalmente nos ofrecemos voluntariamente.
Richard le levantó el mentón con los dedos.
— Hally, no era más que una forma de hablar. Vosotras mismas me habéis dicho que, pese al vínculo, esta vez no sois esclavas. No soy sólo el amo Rahl sino también el Buscador de la Verdad y espero que llegue el día en que todos vosotros queráis seguirme porque nuestra causa es justa. Vuestro vínculo debe ser con la causa, no conmigo. No temáis nunca que revoque vuestra libertad.
— Gracias, lord Rahl.
— Bueno —prosiguió Richard, agitando el rollo—, ya es hora de que el general Reibisch conozca al nuevo amo Rahl, para así seguir adelante con los planes.
Berdine frenó su entusiasmo.
— Lord Rahl, las palabras del comandante general sólo son una ayuda. Pero ellas mismas no bastan para vincular a vos las tropas.
— Lo de siempre: primero me dais esperanzas y luego las destrozáis de un plumazo. ¿Qué más debo hacer? ¿Algún truco de magia?
Las cuatro asintieron, satisfechas de que al fin Richard hubiera entendido el plan.
— ¡Qué! —exclamó el joven—. ¿Decís en serio que ese general espera que le haga un truco de magia para demostrar quién soy?
Cara se encogió de hombros, incómoda.
— Lord Rahl, lo que tenéis en las manos no son más que palabras. Por mucho que os ayuden no pueden hacer el trabajo por vos. En el palacio de D’Hara la palabra del comandante general es la ley, sólo vos estáis por encima de él, pero aquí no es así. Aquí, el general Reibisch es la ley, y debéis convencerlo de que estáis por encima de él.
»No os será fácil ganaros a esos hombres. El amo Rahl debe ser una figura fuerte y poderosa que les inspire un respeto reverencial. Para invocar el vínculo debéis sobrecogerlos, como hicisteis con las tropas de palacio al encender los muros con vuestros rayos. Como vos mismo habéis dicho: deben creer. Y para creer necesitarán más que unas palabras escritas en papel. La carta del general Trimack ayudará, pero no es suficiente.
— Magia —masculló Richard, dejándose caer sobre la desvencijada silla. Estaba tan cansado que apenas podía pensar. Él era el Buscador, designado por un mago, lo cual conllevaba poder y responsabilidad; el Buscador era una ley por sí mismo. Su plan había sido actuar como Buscador. De hecho, aún podía hacerlo. Sabía cómo ser el Buscador.
Sin embargo, si pudiera ganarse la lealtad de los d’haranianos en Aydindril…
Una cosa estaba clara: tenía que asegurarse de que Kahlan se encontraba a salvo. Tenía que pensar con la cabeza y no sólo con el corazón. No podía simplemente correr a su encuentro, haciendo caso omiso de lo que sucedía; no, si quería realmente asegurarse de que nada le pasara. Era preciso que se ganara a los d’haranianos.
De un salto se puso en pie y preguntó:
— ¿Habéis traído los trajes rojos? —Las mord-sith se ponían trajes de cuero rojo cuando se disponían a impartir disciplina. Eran rojos para que la sangre no se viera. Cuando una mord-sith llevaba su traje rojo era señal de que esperaba que hubiera mucha sangre, y desde luego no suya.
Hally sonrió con astucia y cruzó los brazos sobre los pechos.
— Una mord-sith no va a ninguna parte sin su traje rojo.
— ¿Se os ha ocurrido alguna cosa, lord Rahl? —preguntó Cara, esperanzada.
— Sí. ¿No habéis dicho que necesitan ver una exhibición de poder y fuerza? ¿Que deben quedar sobrecogidos por la magia? Pues les daremos una magia que los dejará anonadados. No obstante —añadió, alzando un dedo en gesto admonitorio— no quiero que nadie salga herido. Tenéis que hacer lo que yo diga. No os di la libertad para que os maten a las primeras de cambio.
Hally lo taladró con su férrea mirada.
— Una mord-sith no debe morir en la cama, vieja y desdentada.
En aquellos ojos azules Richard captó una sombra de la locura que había convertido a aquellas mujeres en armas sin sentimientos. Él había sufrido en sus propias carnes una pequeña parte de lo que ellas habían sufrido; sabía qué era vivir con esa locura. Así pues, sostuvo la mirada a Hally y replicó en tono suave, para aplacarla:
— Si os matan, ¿quién me protegerá?
— Si debemos dar nuestras vidas, lo haremos. De otro modo no habrá lord Rahl que proteger. —Una inesperada sonrisa suavizó la mirada de Hally y alumbró una pequeña luz en las sombras—. Queremos que lord Rahl muera en la cama, viejo y desdentado. ¿Qué queréis que hagamos?
Por la cabeza del joven pasó la sombra de una duda. ¿Acaso esa misma locura estaba alimentando su ambición? No. No tenía elección. Era el modo de salvar vidas.
— Quiero que las cuatro os pongáis vuestro traje rojo. Nosotros esperaremos fuera mientras os cambiáis. Cuando estéis listas os lo explicaré.
Ya daba media vuelta para irse cuando Hally lo detuvo agarrándolo por la camisa.