Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:

La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 179
Перейти на страницу:

Hally le aplicó el agiel a una mano. Lanzando un chillido el general retrocedió de un salto. Era evidente que no se esperaba eso. Inmediatamente sacó un cuchillo.

El rugido de Gratch hizo temblar los cristales de las ventanas. Sus ojos verdes relucían, enseñaba los colmillos y bruscamente desplegó las alas, como velas en plena galerna. Los soldados recularon alzando manos armadas.

Richard gruñó para sus adentros. La situación se le estaba escapando de las manos. Deseó haber tenido un plan mejor, pero había estado seguro de que los d’haranianos se asustarían al verlo aparecer de repente y que creerían en él. Al menos debería haber urdido un plan de escape. Ahora no tenía ni idea de cómo conseguirían salir con vida de aquel edificio. El único modo de conseguirlo sería un baño de sangre, justo lo que no quería. Solamente había aceptado tratar de ser reconocido como lord Rahl para evitar que más gente muriera, no para causar más muertes. A su alrededor resonaban gritos.

Sin darse cuenta de lo que hacía desenvainó la espada. Su característica vibración metálica llenó la sala. La magia de la espada brotó en él con ímpetu, acudiendo en su defensa, inundándolo con su furia. Era como ser golpeado por una onda expansiva que lo quemaba hasta el tuétano. Richard conocía perfectamente esa sensación y la alentó; no tenía elección. En su interior se desataron tormentas de rabia. Los espíritus de aquellos que habían usado la magia de la espada antes que él surcaron con él los vientos de la ira.

— ¡Muerte a los impostores! —gritó Reibisch, mientras blandía el aire con su cuchillo.

Justo cuando el general salvaba de un salto la mesa que lo separaba de Richard, en la sala resonó un ruido estruendoso. El aire se llenó de fragmentos de cristal que reflejaban la luz en rutilantes destellos.

Richard se agachó para que Gratch saltara por encima de él. Por encima de sus cabezas volaron piezas de los parteluces de las ventanas. Los oficiales que flanqueaban al general salieron despedidos hacia adelante, muchos de ellos con cortes de los cristales. Richard comprendió, atónito, que las ventanas estaban estallando hacia el interior.

Entre la lluvia de cristales se veían manchas borrosas de color. Sombras y luz en el aire aterrizaron en el suelo. Richard los sintió y pese a la furia de la espada se asustó.

Mriswith.

Al aterrizar en el suelo se materializaban. Richard distinguió destellos rojos, borrones de pelaje y amplios arcos de acero. Un oficial cayó de bruces sobre la mesa, salpicando los papeles con su sangre. Ulic frenó la arremetida de dos soldados, mientras que Egan lanzaba a otros dos por encima de la mesa.

Richard hizo caso omiso del tumulto que se desataba a su alrededor mientras buscaba el centro de calma en su interior. La algarabía se apagó mientras se tocaba la frente con el frío acero y suplicaba en silencio a su espada que no le fallara.

Solamente veía a los mriswith, solamente los sentía a ellos. Con cada fibra de su ser no deseaba nada más.

El más cercano saltó hacia arriba dándole la espalda. Profiriendo un grito de furia Richard dio rienda suelta a la rabia de la Espada de la Verdad. La punta del arma silbó al describir un semicírculo, y luego hizo mella; la espada había derramado sangre. Decapitado, el mriswith se desplomó y su cuchillo de triple hoja repiqueteó sobre el suelo.

Inmediatamente giró sobre sí mismo para enfrentarse al reptiliano ser del lado opuesto. Pero Hally se interpuso de pronto entre ambos. Mientras completaba el giro, Richard aprovechó el impulso para empujarla con el hombro. Antes de que la cabeza del primer mriswith tocara el suelo, la espada ya había rajado al segundo. Hedionda sangre de mriswith empañó el aire.

Nuevamente giró sobre sí mismo; está vez hacia adelante. Se había entregado por completo a la furia, se había fundido con la espada, con sus espíritus y su magia. Era lo que las antiguas profecías escritas en d’haraniano culto anunciaban: fuer grissa ost drauka, el portador de la muerte. De no ser así sus amigos estarían perdidos, aunque en esos momentos Richard era incapaz de atender a la razón; estaba inmerso en su ansia.

Aunque el tercer mriswith era marrón oscuro, del color del cuero, Richard lo distinguió corriendo entre los soldados. De una poderosa estocada lo atravesó clavándole la espada entre los omóplatos. El aullido mortal de la bestia resonó en el aire. Al oírlo todos se quedaron quietos y silenciosos.

Resoplando por el esfuerzo y la rabia, Richard apartó al mriswith. El cuerpo sin vida se deslizó de la hoja y cayó al suelo sobre una pata de la mesa. La pata se rompió, y la esquina del tablero se derrumbó bajo un revoloteo de papeles.

Con dientes apretados Richard describió con la espada un arco hacia el hombre que hasta pocos segundos antes estaba delante del mriswith. La punta de la hoja se detuvo en su garganta, inmóvil, goteando sangre. La magia ardía fuera de control y pedía a gritos derramar más sangre para soslayar la amenaza.

La mortífera mirada del Buscador se clavó en los ojos del general Reibisch. Por primera vez esos ojos vieron de verdad a quién tenían ante él. La magia que danzaba en los ojos de Richard era inconfundible; era como ver el sol, sentir su calor, saber sin dudar.

Nadie hizo ningún ruido, aunque de todos modos Richard nada habría oído, concentrado como estaba en el hombre al que amenazaba a punta de espada, deseoso de clavarla en él. Richard se había arrojado de cabeza desde el borde de un compromiso letal a un caldero de burbujeante magia, y salir de él le provocaba una terrible angustia.

El general Reibisch se arrodilló y sus ojos recorrieron la espada en toda su longitud hasta encontrar la mirada de halcón de Richard. La voz del general resonó en el clamoroso silencio.

— Amo Rahl, guíanos. Amo Rahl, enséñanos. Amo Rahl, protégenos. Tu luz nos da vida. Tu misericordia nos ampara. Tu sabiduría nos hace humildes. Vivimos sólo para servirte. Tuyas son nuestras vidas.

No eran palabras falsas que pronunciaba para salvar la vida, sino que las pronunciaba con la reverencia de un hombre que acaba de ver algo que jamás hubiera esperado.

Richard había recitado esas mismas palabras infinidad de veces durante las plegarias. Durante dos horas cada mañana y cada tarde, todos los habitantes del Palacio del Pueblo de D’Hara se reunían en los patios de oración cuando la campana tañía, inclinaban la frente hasta el suelo y repetían esa plegaria. Richard había tenido que recitar esas mismas palabras cuando conoció a Rahl el Oscuro.

Al bajar la vista hacia el general y oírlas Richard se sintió asqueado, aunque otra parte de él las acogió con alivio.

— Lord Rahl —susurró Reibisch— me habéis salvado la vida. Nos habéis salvado a todos. Gracias.

Richard sabía que aunque ahora lo intentara, la Espada de la Verdad no lo mataría. En su corazón sabía que Reibisch ya no era una amenaza, ni un enemigo. La espada no podía causar ningún mal a alguien que no fuese una amenaza, a no ser que se tornara blanca y se usara en nombre del amor y el perdón. Pero la ira no respondía a la razón y negarle la sangre que demandaba era un tormento. Finalmente Richard dominó la ira y envainó la Espada de la Verdad, guardando al mismo tiempo la magia y la rabia.

Todo había acabado tan rápidamente como había empezado. A Richard, al menos, se le antojó como un sueño inesperado, un breve instante de violencia que pronto había terminado.

Sobre el inclinado tablero de la mesa yacía un oficial muerto, cuya sangre descendía por la madera pulida. El suelo estaba cubierto de fragmentos de cristal, papeles y hedionda sangre de mriswith. Los soldados que atestaban la sala y el corredor estaban de rodillas. También ellos habían presenciado lo innegable.

— ¿Estáis todos bien? —Richard se dio cuenta de que se había quedado ronco de tanto gritar—. ¿Hay algún herido?

El silencio fue la respuesta. Unos pocos soldados atendían heridas que parecían dolorosas pero no mortales. Ulic y Egan, jadeantes, ambos con las espadas aún envainadas y con los nudillos ensangrentados, estaban de pie entre los soldados arrodillados. Ellos ya habían visto la prueba en el Palacio del Pueblo; sus ojos ya habían visto.

1 ... 27 28 29 30 31 32 33 34 35 ... 179
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)