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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Cara, ¿qué estáis haciendo aquí?

La mord-sith le tocó un brazo con reverencia y pareció sorprenderse de notarlo sólido. A continuación hundió un dedo en la espalda del joven y sonrió de oreja a oreja.

— Ni siquiera Rahl el Oscuro podía volverse invisible. Mandaba sobre las bestias, pero no podía hacerse invisible.

— Gratch es un amigo; yo no mando sobre él. Y tampoco es que me vuelva invisible exactamente… Cara, ¿qué estáis haciendo aquí?

— Protegeros —respondió la mujer con aire perplejo.

— ¿Y ellos? —Richard señaló hacia los dos hombres—. Dijeron que iban a matarme.

Los aludidos permanecieron quietos como estatuas gemelas.

— Lord Rahl —dijo uno de ellos—, moriríamos antes de permitir que os ocurriera algo malo.

— Casi os habíamos alcanzado cuando os topasteis con esos elegantes jinetes —explicó Cara—. Dije a Egan y Ulic que trataran de rescataros sin lucha, pues podríais salir herido. De saber que tratábamos de salvaros, esos jinetes habrían intentado mataros. No podíamos arriesgarnos.

Richard echó un vistazo a los dos hombretones rubios. Las correas de cuero negro, las planchas metálicas y los cinturones de su uniforme les quedaban como un guante sobre sus musculosos cuerpos. En el centro del pecho, grabado sobre el cuero, se veía una ornamentada «R» y bajo ella dos espadas cruzadas. Uno de los dos, Richard no sabía si Egan o Ulic, confirmó las palabras de Cara. Puesto que tanto Cara como las demás mord-sith lo habían ayudado en D’Hara dos semanas atrás, gracias a lo cual logró vencer a Rahl el Oscuro, se sentía inclinado a creerlas.

Poco podía imaginar él qué sucedería cuando liberó a las mord-sith del yugo a Rahl; una vez libres, decidieron convertirse en sus guardianas y protegerlo hasta la muerte. No parecía haber modo de hacerlas cambiar de opinión.

Otra de las mujeres llamó a Cara en tono de advertencia y señaló con la cabeza la entrada del callejón. Los viandantes aminoraban la marcha al pasar, echaban un vistazo y los observaban. Pero con una fulminante mirada, los soldados los obligaron a apartar la vista y seguir adelante.

— Aquí no estamos seguros… —dijo Cara a Richard, agarrándolo por el antebrazo— aún. Venid con nosotros, lord Rahl.

Sin esperar respuesta ni cooperación la mujer lo empujó hacia las sombras del fondo del callejón. Con un mudo gesto Richard tranquilizó a Gratch. Cara levantó la parte inferior de una contraventana suelta y lo hizo entrar delante de ella. La ventana por la que entraron era la única en una habitación solamente amueblada con una polvorienta mesa, tres velas, varios bancos y una solitaria silla. En un lado habían apilado su impedimenta.

Gratch plegó las alas y logró colarse en el interior. Se quedó cerca de Richard, en silencio, observando a los demás. Pero ellos, una vez sabían que era amigo de Richard, no parecían en absoluto inquietos por la presencia de un enorme gar que no les perdía de vista.

— ¿Cara, qué es lo que estáis haciendo aquí? —preguntó Richard por tercera vez.

— Ya os lo he dicho: protegeros —respondió ella con el ceño fruncido, como si lo considerara algo obtuso. Esbozando una maliciosa sonrisa añadió—: Y parece que hemos llegado justo a tiempo. El amo Rahl debe consagrarse a lo suyo, a ser la magia contra la magia, y dejarnos a nosotras que seamos el acero contra el acero. —La mord-sith extendió una mano hacia sus compañeras—. En palacio no hubo tiempo para presentaciones. Éstas son mis Hermanas del agieclass="underline" Hally, Berdine y Raina.

Richard escrutó los tres rostros a la titilante luz de las velas. En el palacio de D’Hara tenía tanta prisa que solamente recordaba a Cara, la mord-sith que había hablado en nombre de las demás y a la que había amenazado con un cuchillo hasta convencerse de que decía la verdad. Al igual que Cara, Hally era rubia, de ojos azules y alta. Berdine y Raina eran algo más bajas; Berdine tenía los ojos azules y pelo castaño ondulado que se recogía en una trenza. Raina era morena y tenía una mirada que lo taladraba; escrutaba su alma en busca de fuerza, debilidad y carácter, como sólo una mord-sith era capaz de hacer. Pero, debido a los ojos oscuros, el examen de Raina parecía más incisivo y penetrante. Richard les sostuvo la mirada.

— ¿Vosotras estabais entre las mord-sith que me guiaron en el palacio? —Las mujeres asintieron—. En ese caso os debo gratitud eterna. ¿Y las demás?

— Las otras se han quedado en palacio, por si regresabais antes de que nosotras os encontrásemos —respondió Cara—. El comandante general Trimack insistió en que Ulic y Egan nos acompañaran, pues forman parte de la guardia personal del amo Rahl. Partimos una hora después de vos y tratamos de alcanzaros. —La mujer sacudió la cabeza en gesto de admiración—. Pero, aunque no perdimos tiempo, nos sacasteis casi un día de ventaja.

Richard se ajustó el tahalí del que colgaba la espada.

— Es que tenía mucha prisa.

Cara se encogió de hombros.

— Sois el amo Rahl. Nada de lo que hagáis puede sorprendernos.

Richard recordó que se había quedado pasmada al verlo desaparecer pero, decidido a aprender a morderse la lengua, no dijo nada. En vez de eso observó la habitación polvorienta y apenas iluminada.

— ¿Que estáis haciendo aquí?

Cara se quitó los guantes y los arrojó encima de la mesa.

— Tenía que ser la base desde la que buscaros. Hace poco que llegamos. Elegimos este lugar porque está cerca del cuartel general de los d’haranianos.

— Me han dicho que ocupan un gran edificio detrás del mercado.

— Así es —dijo Hally—. Lo hemos comprobado.

Richard buscó sus penetrantes ojos azules.

— Iba hacia allí cuando me encontrasteis. Supongo que no me irá mal que me acompañéis. —El joven se aflojó la capa de mriswith al cuello y se rascó la parte posterior del cuello—. ¿Cómo lograsteis dar conmigo en una ciudad tan grande?

Los dos hombres no revelaron emoción alguna, pero las mujeres enarcaron las cejas.

— Sois el amo Rahl —se limitó a decir Cara, como si fuese suficiente explicación.

Richard puso las manos en las caderas.

— ¿Y…?

— El vínculo —dijo Berdine. Perpleja, contempló la expresión de desconcierto del joven—. El vínculo nos une al amo Rahl.

— No lo entiendo. ¿Qué tiene eso que ver con encontrarme?

Las mujeres intercambiaron miradas. Cara ladeó la cabeza y luego repuso:

— Vos sois el amo Rahl de D’Hara, y nosotros somos d’haranianos. ¿Cómo es posible que no lo entendáis?

Richard se apartó un mechón de pelo de la frente y entonces suspiró exasperado.

— Yo me crié en La Tierra Occidental, muy lejos de D’Hara. No supe nada de la existencia de D’Hara y mucho menos de Rahl el Oscuro hasta que los Límites cayeron. Ni siquiera supe que Rahl el Oscuro era mi padre hasta hace unos meses. Rahl violó a mi madre —contó a las desconcertadas mord-sith, aunque evitando su mirada— y ella huyó a la Tierra Occidental antes de nacer yo, antes de que se alzaran los Límites. Rahl el Oscuro nunca supo de mi existencia ni que yo fuese su hijo hasta que murió. Así pues, no tengo ni idea de qué significa ser el amo Rahl.

Los dos hombres continuaban impasibles. Las cuatro mord-sith lo observaron fijamente unos momentos como si nuevamente exploraran su alma. La luz de las velas añadía un destello a los ángulos de sus ojos. Richard se preguntó si acaso lamentaban haberle jurado fidelidad.

Era muy embarazoso contar a personas a las que realmente no conocía el modo en que fue concebido.

— Aún no me habéis explicado cómo me habéis encontrado.

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