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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— ¿El amo Rahl? —inquirió una voz aterrada.

Los soldados parecían consternados. Raina hizo chasquear los dedos y señaló el suelo. Todos se hincaron de rodillas. Antes de tener tiempo para pensar, el grupo de Richard se había alejado ya por el pasillo. El ruido de sus botas sobre el suelo de tablas de madera resonaba contra los muros. Algunos de los soldados los siguieron con las espadas desenvainadas.

Al final del corredor Ulic abrió con violencia la puerta que daba a una amplia sala de techos altos que había sido despojada de cualquier tipo de ornamentación. Aquí y allí aún se adivinaba el color azul original bajo la práctica capa de cal. Gratch, en la retaguardia, tuvo que agacharse para pasar por la puerta. Algo visceral avisó a Richard de que se estaban metiendo en un nido de víboras.

En la sala fueron recibidos por tres filas de formidables soldados d’haranianos que empuñaban hachas de guerra o espadas, formando un sólido muro de rostros adustos, de músculos y de acero. Detrás de los soldados se veía una mesa que estaba situada delante de sencillas ventanas que daban a un nevado patio. Por encima del lejano muro del patio Richard distinguió los chapiteles del Palacio de las Confesoras y, más arriba todavía, en la ladera de la montaña, el Alcázar del Hechicero.

Se sentaba a la mesa un grupo de hombres de severo aspecto que observaban a los intrusos. A través de las mangas de sus cotas de malla que cubrían parcialmente la parte superior de sus brazos Richard vio cicatrices que supuso denotaban rango. Desde luego el brillo de confianza e indignación de sus ojos hacía pensar que eran oficiales.

El hombre sentado en el centro inclinó la silla hacia atrás y cruzó sus musculosos brazos, que mostraban más cicatrices que los demás. La crespa barba rojiza cubría parte de una antigua cicatriz blanca que le iba desde la sien izquierda hasta la mandíbula. Sus pobladas cejas se torcieron en gesto de desagrado.

— Hemos venido a ver al general Reibisch —dijo Hally, fulminando con la mirada a los soldados—. Apartaos u os apartaremos nosotras.

El capitán de los soldados fue a por ella.

— No…

Hally lo golpeó en un lado de la cabeza con su guante acorazado. Egan describió un arco ascendente con el codo, presto a descargar la espada sobre el hombro del capitán. Recordando quizá las órdenes de Richard, lo agarró por el pelo, lo obligó a arrodillarse y echándole la cabeza atrás le presionó la tráquea.

— Una palabra más y estás muerto.

El capitán cerró la boca con tanta fuerza que los labios se le tornaron blancos. Pese a las airadas imprecaciones de los soldados, el grupo fue avanzando con los agiels alzados en señal de amenaza.

— Dejadlos pasar —ordenó el hombre barbudo que estaba sentado a la mesa.

Los soldados retrocedieron dejando apenas espacio para que pasaran. Las mord-sith blandieron los agiels y consiguieron que les dejaran más sitio. Egan soltó al capitán. Éste, apoyándose sobre las rodillas y el brazo bueno, tosió y boqueó. Detrás, la puerta y el corredor se llenaron de hombres armados.

El hombre de la barba pelirroja dejó que las patas delanteras de su silla volvieran a posarse ruidosamente en el suelo y cruzó las manos encima de los papeles esparcidos sobre la mesa, entre pilas de otros perfectamente ordenados.

— ¿Qué queréis?

Hally dio un paso al frente entre Ulic y Egan.

— ¿Sois el general Reibisch?

Ante el breve gesto de aquiescencia del hombre, Hally inclinó levemente la cabeza. Richard jamás había visto a ninguna mord-sith humillarse más, ni siquiera ante una reina.

— Os traemos un mensaje del comandante general Trimack, de la Primera Fila. Rahl el Oscuro ha muerto y su espíritu ha sido desterrado al inframundo por el nuevo amo Rahl.

— ¿De veras?

Hally se sacó el rollo de la bolsa y se lo tendió. El general inspeccionó brevemente el sello antes de romperlo con un pulgar. Mientras desplegaba la carta, inclinó de nuevo la silla hacia atrás. Sus ojos de un verde grisáceo recorrieron rápidamente la misiva. Al acabar se echó de nuevo hacia adelante.

— ¿Son necesarias tantas personas para traerme un simple mensaje?

Hally plantó sus nudillos sobre la mesa y se inclinó hacia él.

— No sólo os traemos el mensaje, general Reibisch, sino que también traemos a lord Rahl.

— ¿Ah sí? ¿Y dónde está ese lord Rahl?

Inmediatamente el rostro de Hally adoptó su mejor expresión de mord-sith; la que advertía que cesaran tantas preguntas.

— Lo tenéis delante —repuso.

La mirada de Reibisch se posó en el grupo de intrusos y se detuvo brevemente en el gar. Hally se irguió y señaló con una mano a Richard.

— Permitid que os presente a lord Rahl, amo de D’Hara y de su gente.

Las palabras de la mord-sith avanzaban por el corredor de boca de los soldados, que las repetían en murmullos. Desconcertado, el general hizo un gesto hacia las mujeres.

— ¿Una de vosotras reivindica ser lord Rahl?

— No seáis estúpido —replicó Cara—. Éste es lord Rahl —dijo, señalando a Richard.

— No sé a qué estáis jugando, pero os advierto que mi paciencia se está…

Richard se echó hacia atrás la capucha de la capa y relajó la concentración. Ante los ojos del general y de todos sus hombres apareció como salido de la nada.

Todos los soldados lanzaron exclamaciones entrecortadas, y algunos incluso se arrodillaron y humillaron la cabeza.

— Yo soy lord Rahl —declaró Richard sin alzar la voz.

Sobrevino un momento de absoluto silencio, hasta que el general prorrumpió en carcajadas y dio un palmetazo a la mesa. Echó la cabeza hacia atrás y siguió riéndose. Algunos de los hombres se unieron tímidamente a sus risas, pero por sus nerviosas miradas era evidente que no sabían de qué se reían y solamente lo hacían para no contrariar a su general.

— Un truco excelente joven —declaró el general cuando por fin dejó de reírse y se puso de pie—. Pero he visto muchos trucos desde que llegué a Aydindril. Un día me enviaron a un payaso que se sacaba pájaros vivos de los pantalones. —La expresión se tornó seria para añadir—: Por un momento estuve tentado de creerte pero los trucos de magia no te convierten en lord Rahl. Tal vez Trimack se lo crea, pero yo no. No pienso inclinarme ante un mago de tres al cuatro.

Richard, blanco de todas las miradas, se quedó petrificado, tratando frenéticamente de pensar qué debía hacer. No había previsto esa reacción, no se le ocurría ninguna otra exhibición de magia, y aquel general parecía capaz de distinguir entre la magia real y un truco. Incapaz de pensar en nada mejor, Richard intentó al menos que su voz sonara segura.

— Soy Richard Rahl, hijo de Rahl el Oscuro. Rahl el Oscuro está muerto y ahora yo soy el nuevo lord Rahl. Si quieres seguir en tu puesto, arrodíllate ante mí y acepta mi autoridad. Si no lo haces, te reemplazaré.

Riéndose, el general Reibisch adoptó una postura de absoluta confianza en sí mismo.

— Haz otro truco y, si me gusta, te daré a ti y a tus amigos comediantes una moneda antes de echaros de aquí. La verdad es que te la mereces, aunque sólo sea por tu temeridad.

Los soldados se acercaron a ellos. El temor había sido sustituido por una actitud de amenaza.

— Lord Rahl no hace trucos —replicó Hally.

Reibisch apoyó sus rollizas manos en la mesa y se inclinó hacia ella para decirle:

— Tu disfraz es muy convincente, pero no deberías jugar a ser una mord-sith, muchacha. Si una de las auténticas te descubre, no se tomaría nada bien la broma. Las mord-sith se toman su oficio muy seriamente.

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