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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Su mirada era sombría al posarla en Richard.

— Ellos son los indeseables. Ellos, que nos arrebatan lo poco que podemos ganar o fabricar con nuestras manos con la vana promesa de que pronto nos lo devolverán, y encima esperan que les agradezcamos su generosidad. Ellos, quienes empujan a las buenas personas a ser holgazanas a fin de dominarnos como borregos junto al pesebre. Ellos, quienes nos privan de nuestra libertad y nuestras costumbres. Incluso una pobre mujer como yo sabe que los haraganes no tienen opiniones propias y que sólo piensan en ellos mismos. No sé adónde vamos a llegar.

Cuando finalmente pareció quedarse sin aliento, Richard indicó con un gesto la moneda que apretaba en un puño mientras tragaba el bocado de la torta. Entonces le dirigió una mirada muy elocuente.

— Te estaría muy agradecido si, por el momento, olvidaras el aspecto de mi espada.

— Pues claro —accedió la anciana, cabeceando—. Lo que gustéis, milord. Que los buenos espíritus os acompañen. Espero que deis a esos indeseables lo que se merecen.

Richard se alejó un trecho y fue a sentarse un momento sobre un barril al lado de un callejón para acabarse la torta de miel. Estaba muy rica, aunque él no prestara excesiva atención al sabor. Tampoco le servía para acabar con la sensación de aprensión en el estómago. No era exactamente la misma sensación que lo advertía de la presencia de un mriswith, sino más bien lo que sentía al notar que alguien lo observaba. Los pelillos de la nuca se le erizaron. Una vez más escrutó las caras, pero nadie parecía especialmente interesado en él.

Tras lamerse la miel de los dedos volvió a lanzarse al sinuoso fluir de la muchedumbre en la calle, rodeando carros y carretas tirados por caballos. A veces era como nadar contra corriente. El barullo, el metálico repicar de los arreos, el ruido sordo de los cascos, el traqueteo del cargamento en los carros, el crujido de los ejes, el crepitar de la nieve dura, los gritos de los vendedores ambulantes y de los charlatanes así como el zumbido de las conversaciones, algunas de ellas en un sonsonete, y la amalgama de idiomas incomprensibles, lo ponían nervioso. Richard estaba acostumbrado al silencio de su bosque, donde como mucho se oía el susurro del viento en los árboles o el agua saltando sobre las rocas. Aunque iba a menudo a la ciudad del Corzo, la capital de la Tierra Occidental no era más que una pequeña ciudad; nada comparado con las grandes urbes, como Aydindril, que había visto desde que abandonara su hogar.

¡Cuánto echaba de menos su bosque! Kahlan le había prometido que un día regresarían juntos. Richard sonrió para sí al imaginarse los bellos parajes que le mostraría: los miradores, las cascadas, los escondidos pasos de montaña. Y aún sonrió más al imaginar lo sorprendida que se quedaría y lo felices que serían juntos. Al recordar la especial sonrisa de Kahlan, ésa reservada sólo a él, no pudo evitar sonreír de oreja a oreja.

Echaba de menos a Kahlan mucho más de lo que nunca llegaría a echar de menos su bosque. Deseaba reunirse con ella cuanto antes. Pero primero tenía que resolver algunos asuntos en Aydindril.

Oyó gritos, alzó la mirada y se dio cuenta de que, sumido como estaba en sus ensoñaciones, no se había fijado por dónde iba y estaba a punto de ser pisoteado por una columna de soldados. El oficial soltó una maldición y ordenó bruscamente a sus hombres que se detuvieran.

— ¿Es que estás ciego? —vociferó—. ¡Hay que ser un idiota para ir directo hacia una columna de jinetes!

Richard echó un vistazo en torno. Todo el mundo se había apartado de los soldados y, por sus caras, uno hubiese pensado que jamás se les habría ocurrido caminar por el centro de la calle. De hecho, se comportaban como si los soldados no existieran y muchos de ellos trataban de hacerse invisibles.

El joven fijó la vista en el oficial que lo había increpado y por un instante sopesó la posibilidad de volverse invisible antes de que surgiera algún conflicto y alguien resultara herido. No obstante, a su mente acudió la Segunda Norma de un mago: de las mejores intenciones puede resultar un gran mal. Había aprendido que jugar con magia podía tener resultados desastrosos. La magia era peligrosa y debía usarse con cautela. Así pues, decidió que lo más prudente y sensato sería disculparse.

— Lo siento. No miraba por dónde iba. Perdonadme.

No guardaba memoria de haber visto nunca unos soldados como aquéllos, montados sobre sus caballos formando filas exactas y precisas. Todos exhibían una expresión adusta y llevaban armaduras de un brillo cegador a la luz del sol. Además de impecable armadura perfectamente abrillantada, también espadas, cuchillos y lanzas refulgían. Llevaban asimismo una capa carmesí que formaba exactamente los mismos pliegues sobre el flanco del respectivo caballo blanco. Era como si un poderoso monarca estuviera a punto de pasar revista.

El hombre que le había gritado le lanzó una fulminante mirada bajo el borde de un reluciente yelmo rematado por un penacho rojo de crin de caballo. Sujetando fácilmente las riendas de su brioso caballo castrado gris con una sola mano cubierta por guantelete, se inclinó hacia Richard.

— Apártate, imbécil, o te aplastaremos como a un ratón.

Richard reconoció el acento del hombre; era el mismo de Adie. No sabía de qué país era Adie, pero aquellos hombres procedían del mismo lugar.

Richard se encogió de hombros y retrocedió un paso.

— He dicho que lo siento. No tenía ni idea de que hubiera asuntos tan urgentes.

— Combatir al Custodio siempre es un asunto urgente.

Richard retrocedió otro paso.

— No discutiremos sobre eso. No perdáis tiempo; estoy seguro de que ahora mismo debe de estar escondido en un rincón, temblando, esperando que lleguéis a vencerlo.

Los oscuros ojos del oficial brillaron como el hielo. Richard trató de ocultar un estremecimiento. ¿Cuándo aprendería a no ser tan guasón? Suponía que era la consecuencia de su tamaño.

A Richard nunca le había gustado pelearse, pero a medida que crecía se fue convirtiendo en el blanco de otros que deseaban demostrar su valor. Antes de que le fuera entregada la Espada de la Verdad, que le enseñó que a veces era necesario dar rienda suelta a la furia que siempre había reprimido, aprendió que con una sonrisa y un comentario jocoso podía calmar los agitados ánimos de sus rivales y desarmar a aquellos que trataban de provocarlo en busca de pelea. Richard era consciente de su fuerza, y la confianza que ello le daba lo había conducido a un humor fácil y frívolo. En ocasiones no podía evitarlo y hablaba sin pensar.

— Eres atrevido. Tal vez seas uno de los que se han dejado engatusar por el Custodio.

— Os aseguro de que vos y yo combatimos al mismo enemigo.

— Los esbirros del Custodio acechan tras la arrogancia.

Justo cuando pensaba que no tenía que meterse en líos y que ya era hora de emprender la retirada, el soldado hizo gesto de desmontar. En ese mismo instante dos poderosas manos lo agarraron y dos hombres enormes, uno a cada lado, lo levantaron en vilo.

— Lárgate, caballerete —dijo el gigante de su derecha al hombre a caballo—. No te metas donde no te llaman. —Richard trató de torcer el cuello, pero únicamente distinguió el cuero marrón de los uniformes d’haranianos de los hombres que lo sujetaban por detrás.

El soldado se quedó paralizado con un pie fuera del estribo.

— Luchamos en el mismo bando, hermano. Tenemos que interrogar a ese tipo y luego enseñarle algo de humildad. Le…

— ¡Largo he dicho!

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