El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
De repente torció hacia un callejón, bajando la cabeza contra las ráfagas de nieve y llevándose instintivamente la mano al sombrero para sujetarlo. Incluso allí iba a hacer patente su superioridad llevando sombrero en lugar de un chal para protegerse de los elementos. Se detuvo ante una de las muchas puertas y llamó con brusquedad. Al cabo de nada le abrió una niña regordeta con un rostro que resultaba simpático al sonreír, pese a faltarle algunos dientes y tener oscurecido el resto.
– Quiero ver a Nellie -dijo Vida sin rodeos-. Dile que ha venido la señora Hopgood. Traigo a Monk. Ella sabrá a quién me refiero.
Monk sintió una punzada de miedo al ver que su nombre era conocido incluso por aquella mujer de la calle de quien nada sabía. Si ni siquiera recordaba haber estado antes en Seven Dials, ¿cómo iba a recordar el rostro de nadie? Estaba en clara desventaja.
La niña advirtió el tono autoritario de la voz de Vida y fue obedientemente en busca de Nellie. No los invitó a entrar, dejándolos en el gélido callejón. Vida se dio por invitada y empujó la puerta para abrirla. Monk la siguió.
Dentro también hacía frío, pero al menos no soplaba el viento ni nevaba. Las paredes del pasillo estaban húmedas y olían a moho, y un penetrante hedor a excrementos indicaba que el muladar estaba cerca y, probablemente, a rebosar. Vida empujó una segunda puerta, que se abrió a una habitación con una cama de buen tamaño, arrugada y a todas luces recién usada, aunque relativamente limpia y con varias mantas y edredones encima. Monk supuso que era un lugar de trabajo y no sólo de descanso.
En el rincón opuesto había una muchacha de pie, esperándoles. Tenía el rostro desfigurado, con cardenales que amarilleaban y una ceja con un corte profundo, que aún estaba cicatrizando, y que, sin duda, iba a dejarle marca. Monk no necesitaba más pruebas para constatar que la mujer había recibido una paliza tremenda. No cabía concebir un accidente que pudiera causar semejante daño.
– Cuéntale a este tipo lo que te pasó, Nellie -ordenó Vida.
– Es un guindilla -dijo Nellie incrédula, mirando a Monk con intenso disgusto.
– No, no lo es -la contradijo Vida-. Lo fue. Lo expulsaron. Va a averiguar quién está pegando estas palizas a las chicas del barrio, para que podamos acabar con el asunto.
– Ah sí, ¿eh? -se mofó Nellie-. ¿Y cómo piensa hacerlo, si se puede saber? ¿A él qué le importa?
– Seguramente le importa un bledo -dijo Vida con aspereza, impacientándose ante la estulticia de Nellie-. Cumplirá su trabajo por dinero. Lo que luego hagamos con ese cabrón, cuando lo haya encontrado, no es asunto suyo.
Nellie seguía mostrándose dubitativa.
– Mira, Nellie -a Vida le costaba poco perder los estribos-, puede que seas una de esas guarras idiotas que disfrutan cobrando de lo lindo, ¡no lo quiera Dios! -Puso los brazos en jarras-. Pero, ¿te gusta la idea de tener demasiado miedo como para salir a la calle a ganar un dinerillo extra? ¿Prefieres vivir sólo con lo que sacas cosiendo camisas, tontaina? ¿Crees que con eso te llega?
De mala gana, Nellie fue captando la cuestión. Se volvió hacia Monk, torciendo el gesto con fastidio.
– Cuénteme qué ocurrió, y dónde -indicó Monk-. Empiece por decirme dónde se encontraba y qué hora era, con tanta precisión como pueda.
– Fue hace tres semanas menos un día -contestó Nellie, lamiéndose un diente roto-. Un martes por la noche. Estaba en Fetter Lane. Acababa de decirle adiós a un caballero que se fue otra vez hacia el norte. Al volverme para regresar a casa vi a otro caballero; llevaba un buen abrigo, muy grueso, y sombrero de copa. Olía a dinero y estaba merodeando por allí como si buscara compañía. Así que me acerqué y me hice la simpática. Pensé que igual le gustaba.
Se calló, esperando la reacción de Monk.
– ¿Y fue así? -preguntó él.
– Pues sí. Eso me dijo. Sólo que cuando empezamos, aunque yo estaba dispuesta, se puso muy bruto y comenzó a arrearme golpes. Antes de que pudiera gritar, va y sale otro. Y se me tira encima. -Se tocó el ojo con cuidado-. Me pegó, el tío. Me pegó muy fuerte. El muy maldito por poco me deja grogui. Luego éste y el primer tío me agarran y me toman, uno después del otro. Después uno de ellos, a estas alturas ya no sé cuál pues me zumbaban los oídos y el dolor me tenía sin sentido, va y me vuelve a pegar y me rompe un diente. Y los muy cerdos se reían como locos. Le juro que pasé un susto de muerte.
Viéndole la cara no costaba creerla. Se puso blanca sólo de recordarlo.
– ¿Puede decirme algo sobre ellos? -preguntó Monk-. Cualquier cosa, un olor, una voz, el tacto de una tela.
– ¿Qué?
– Un olor -repitió-. ¿Recuerda algún olor? Estuvieron cerca de usted.
– ¿Como qué? -Nellie estaba desconcertada.
– Cualquier cosa. ¡Piense! -Trató de no ser demasiado brusco con ella. ¿Se estaría haciendo la tonta a propósito?-. Los hombres trabajan en distintos lugares -aclaró-. Unos con caballos, otros con piel, otros con pescado, o con lana, o con balas de cáñamo. ¿Olían a sal? ¿A sudor? ¿A whisky?
Nellie no dijo nada.
– ¿Y bien? -espetó Vida-. ¡Piensa un poco! ¿Qué diablos te pasa? ¿No quieres que pillemos a esos cabrones?
– ¡Sí! ¡Estoy pensando! -protestó Nellie-. Ninguno de ellos olía a ninguna de esas cosas. Uno olía a una bebida, algo muy fuerte pero que yo no he tomado nunca. Era horrible.
– La tela -continuó Monk-. ¿Tocó la tela de sus ropas? ¿Era de calidad o de lana retejida? ¿Gruesa o delgada?
– Cálida -dijo sin titubeos, pensando en lo único que sin duda llamó su atención-. No me importaría tener un abrigo así para mí. Cuesta más de lo que gano en un mes.
– ¿Iban afeitados o con barba?
– ¡No me fijé!
– ¡Lo notaría! Tuvo contacto con sus caras. ¡Piense!
– Sin barba. Bien afeitados… creo. Puede que con patillas. -Añadió con mofa-: ¡Pueden ser miles! -La desilusión le endureció la voz, como si por un instante hubiese abrigado esperanzas-. No los va a encontrar nunca. Es un embustero si acepta su dinero, ¡y ella imbécil por dárselo!
– ¡Vigila esa lengua, Nellie West! -amenazó Vida-. No eres tan lista como para arreglártelas por tu cuenta. ¡Más te vale no olvidarlo! Sé más educada, si sabes lo que te conviene.
– ¿Qué hora de la noche sería? -Monk le preguntó el último dato útil que pensaba que ella podría aportarle.
– ¿Por qué? -Nellie hizo una mueca de desprecio-. Para reducir el número de sospechosos, ¿verdad? Así sabrá quién lo hizo, ¿no?
– Puede ser de ayuda. Pero si prefiere protegerlos, lo preguntaremos en otra parte. Tengo entendido que no es la única mujer a quien han agredido.
Se volvió hacia la puerta, dejando que Vida le siguiera. La oyó insultar a Nellie con precisión y malicia, sin repetirse ni una sola vez.
La segunda mujer que Vida le llevó a ver era muy diferente. La encontraron mientras iba camino de su casa, andando con dificultad, tras una larga jornada en el taller. Seguía nevando, pero los adoquines estaban demasiado húmedos para que la nieve cuajara. La mujer tendría unos treinta y cinco años, aunque por su andar encorvado podría haber tenido cincuenta. Su rostro estaba hinchado y la piel muy pálida, pero sus ojos eran hermosos, así como el rizo natural de sus cabellos. Con un poco más de brío y buen humor, seguiría resultando atractiva. Se detuvo al reconocer a Vida. Su expresión no era temerosa ni poco amigable. Decía mucho en favor de Vida que, siendo la esposa del amo del taller, fuese capaz de mantener cierto grado de amistad con una mujer como aquélla.
– Hola, Betty-dijo con energía-. Este de aquí es Monk. Va a ayudarnos a encontrar a los cabrones que han estado pegando a las mujeres del barrio.
La esperanza brilló por un instante en los ojos de Betty, aunque fue algo tan breve que pudieron ser sólo imaginaciones de Monk.