La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Félix no soportaba la falta de privacidad. En Boavista siempre encontraba la manera de echarse una siesta a la orilla del río sin que le vieran o de sustraer algunas provisiones en la cocina. Aquí, en cambio, se sabía lo que hacía en cada momento. Nunca estaba solo, ni en las clases, ni en los campos, ni en su cuarto. Además, sólo se podía mover libremente dentro de la fazenda; las salidas más largas, como por ejemplo al cercano pueblo de Três Coraçoes, estaban estrictamente prohibidas. Para muchos, la tentación de sentarse allí en una taberna y emborracharse era muy fuerte, y con ello también era grande el peligro de presumir de haber conseguido fugarse. Sólo quienes llevaban tiempo allí podían acompañar a dona Doralice o a Gregorio cuando tenían que ir al pueblo a realizar algún encargo. Y cuanto más limitado y observado se sentía, más se aislaba de los demás. Empezó a tener nostalgia.
Se encontraba inmerso en ese estado de ánimo cuando llegó León Castro a Esperança. ¡Un amigo de sus señores! Le podría contar qué tal iban las cosas por Boavista, cómo había reaccionado la familia da Silva ante su huida, qué hacían los demás esclavos. Pero en un primer momento León no reconoció al chico que le miraba y que le saludó alegremente. Se bajó del caballo de un salto y parecía tener prisa por entrar en la casa. Subió las escaleras de dos en dos y cuando estaba delante de la puerta de la casa grande tocó impaciente la campana. Le abrió dona Doralice, y los dos se fundieron en un abrazo. Félix estaba admirado. ¿Qué blanco abrazaría a una mujer de color con tanto cariño delante de todo el mundo?
Hasta el día siguiente no tuvo Félix ocasión de oír las novedades que traía León. Éste le hizo llamar. Estaba sentado ante el escritorio del dono, a quien Félix nunca había visto pero que estaba presente por todas partes. Oswaldo Drummond, yerno del poderoso senhor Azevedo, y su mujer Beatrice eran los dueños de esa fazenda, pero vivían en otra propiedad situada a muchas millas hacia el interior. Pero eso no le daba derecho a León a sentarse ante el escritorio del senhor Oswaldo. Félix se asombró por esta falta de respeto, pero no dejó que se notara.
– Siéntate -le dijo León-. He oído que te has adaptado bien.
Félix asintió.
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Dos, tres meses?
Félix le dio a entender que llevaba casi cuatro.
– ¿Cuánto son trece por cuarenta y cinco?
Félix pensó un momento y después le enseñó primero cinco dedos, luego ocho y después otra vez cinco.
– Muy bien. ¿Y cómo se escribe tu nombre?
León le acercó una hoja de papel y un lápiz. «Félix Silva», escribió el chico con letras torpes en el papel. Luego añadió: «¿Cómo van las cosas por Boavista?»
León estaba admirado:
– Esto es fantástico. Hasta ahora nadie ha aprendido tan rápido a escribir. Sí, contestando a tu pregunta: hace tiempo que no paso por allí, pero he oído a Pedro decir que les va bien a todos. ¿Sientes nostalgia?
Félix apretó los labios. No quería que pensaran que era un sentimental. Pero finalmente asintió.
– Es normal. Aunque eso pasará. Una vez que hayas disfrutado de la verdadera libertad, nunca querrás renunciar a ella. -Se quedó un momento mirando a Félix-. Eres lo suficientemente joven como para aprender a vivir en libertad. Verás, muchas de las personas mayores no lo consiguen. Han vivido muchos años siendo unos esclavos y sin asumir sus propias responsabilidades. No resulta fácil, pero tú puedes hacerlo.
Félix estaba orgulloso de que una persona como León Castro confiara tanto en él.
– ¿Has pensado ya a qué profesión te gustaría dedicarte? -le preguntó León.
Sí, lo había hecho. Pero no había llegado a ningún resultado satisfactorio. Podía aprender un oficio, convertirse en herrero o carpintero. Era fuerte y tenía manos hábiles. Sin embargo, le atraía más una profesión en la que poder aplicar sus conocimientos recién adquiridos. Las clases para aprender a leer, escribir y calcular le habían abierto un nuevo abanico de posibilidades. Aunque, ¿no sería muy atrevido por su parte expresar lo que sentía?
El joven se encogió de hombros.
– Chico, tendrías que pensar ya en ello. Sólo entonces te podremos preparar. ¿Te imaginas trabajando en una oficina?
Félix asintió encantado.
– Tengo un amigo en Río que dirige un gran negocio y que podría necesitar a alguien como tú. Alguien que sepa hacer cuentas, sea discreto y digno de confianza.
Félix arqueó las cejas. Comparar mudez con discreción, ¡por favor! Encontraba absurda aquella idea. Él podía ser igual de indiscreto que cualquiera.
– No me mires con tanto escepticismo, Félix. No me refiero de ninguna manera a tu mudez. Cuando digo discreción, quiero decir discreción. Yo sé que tú eres capaz de guardar un secreto.
León dirigió a Félix una mirada que le atemorizó.
– Si quieres trabajar con este amigo mío, todavía tienes mucho que aprender. Yo sólo recomiendo trabajadores de toda confianza a mis amigos y que respondan a lo que se espera de ellos. Si eres capaz de imaginarte el resto de tu vida trabajando con filas de números en un pequeño cuarto, en los próximos meses te prepararemos aquí, en Esperanza, de manera intensiva. Tú decides.
Félix se rascó vacilante la cabeza. La idea de pasar toda su vida tal como había descrito León no era precisamente muy atractiva. Aunque, por otra parte, si se decidía por ello, dedicaría menos horas al duro trabajo en el campo y más tiempo a las clases con dona Doralice. Aquello fue decisivo. Extendió el pulgar en señal de aprobación y sonrió.
– Una cosa más, Félix. Mi amigo no quiere gente que se gasta en prostitutas el dinero ganado duramente.
El chico quiso que se lo tragara la tierra. ¡Incluso León conocía todo el asunto! Por encima de la mesa cogió lápiz y papel y escribió: «Tuve que hacerlo».
León se rió:
– Sí, ya lo sé. Los viejos incluso reunieron dinero para ti. Puedes estar realmente orgulloso. No lo habrían hecho por nadie más. Parece como si te consideraran su mascota. Pero no lo vuelvas a hacer. Pero no porque yo lo considere reprobable, sino porque con las prostitutas puedes coger enfermedades terribles.
Félix asintió con gesto serio. En cualquier caso, no tenía intención de volver a visitar a Lili.
– Entonces, ya está todo aclarado. Me ocuparé de que dona Doralice te dé todos los días cinco horas de clase. No la defraudes. Esfuérzate. Tienes que aprender en poco tiempo lo que otras personas han aprendido durante años en la escuela. Pero yo sé que tú tienes talento para conseguirlo.
León se puso de pie y le dio la mano a Félix. La conversación había terminado.
Los siguientes meses fueron un infierno para Félix. Ya no era la mascota de los demás, sino que había pasado a ser el objetivo preferido de sus maldades. Le tachaban de vago porque él no tenía que matarse trabajando como ellos. En realidad trabajaba más que ellos, se pasaba noches enteras estudiando con su pizarra y los libros que le había prestado dona Doralice. Le acusaban de arrogante porque, según ellos, presumía de ser más inteligente. Siempre que tenían ocasión se burlaban de él y le humillaban. Si no hubiera sido por Lauro, le habrían robado los libros y le habrían humillado más todavía. Lauro no daba importancia al trato especial que recibía su amigo, aunque en su fuero interno estaba convencido de que Félix se lo merecía. Él dudaba entre la envidia y la admiración, pero nunca lo habría admitido ante los demás hombres.
En las clases no le iba mucho mejor. Mientras Félix había compartido las lecciones con los demás, todo era muy fácil. Pero ahora dona Doralice había aumentado tanto el ritmo y el nivel, que Félix casi se desesperaba. También habían elegido a Fernanda para recibir aquellas clases especiales, y a ella no le iba mejor que a él. Pero en lugar de ponerse de acuerdo, estudiar juntos y hacer más llevadero el sufrimiento, Fernanda y Félix se habían convertido en encarnizados rivales. En escritura ella era mejor y le aventajaba en las lecciones de gramática. Félix apenas podía seguirlas. En las cuentas él iba por delante y Fernanda tenía que trabajar duro por las noches para ir al mismo paso que él. La clase que más les gustaba a los dos era la de conocimientos generales. Lo que allí aprendían sobre países lejanos, plantas y animales de su país, grandes descubridores y navegantes, batallas históricas y acontecimientos políticos contemporáneos, les abría horizontes nuevos… y les hacía conscientes de su propia ignorancia.