La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¿Ah, sí? ¿Quién? -Vitória prefirió dejarle con esa idea. Se sintió aliviada de que Pedro no imaginara nada de sus verdaderos sentimientos-. Pero, mejor cuéntame algo de tu Joana. ¿Vamos a conocerla?
– Sí, he sacado entradas para ir mañana al teatro. Joana nos acompañará, así la podrás observar detenidamente. ¡Ah, ahora que me acuerdo! Tengo una fotografía suya. -Pedro se fue al despacho, que estaba junto al salón, y volvió con un pequeño marco-. Mira, ésta es.
Vitória se asombró. Se había imaginado a una mujer más elegante, y más guapa. No se esperaba que su hermano se buscara una novia tan aburrida.
– Parece muy… inteligente.
– ¡Ay, Vita, eres deliciosa! Ya sé lo que piensas. Pero espera a conocerla. Creo que te gustará. Es realmente inteligente, e ingeniosa. Además, está preciosa cuando sonríe. En esta foto ha salido muy mal.
La siguiente hora pasó volando. Vitória y Pedro intercambiaron novedades sobre amigos y conocidos comunes, hasta que llegó dona Alma y entre los tres planearon lo que harían al día siguiente.
Vitória y su madre empezaron dando una vuelta por la Rúa do Ouvidor. Pedro tenía que trabajar y se reuniría con ellas para comer en el Hotel de France. Pero no le echaron de menos: cuando se va de compras la compañía masculina suele suponer un estorbo. Dona Alma estaba inusualmente alegre, y en las elegantes tiendas que visitaron disfrutó tanto como Vitória.
– ¡Mamae, mire! ¿No es maravilloso este sombrero? ¡Qué bien quedaría con mi vestido rojo! ¿Qué opina usted?
Vitória se puso el sombrero y se giró ante el espejo.
– Te queda estupendamente -dijo dona Alma volviéndose hacia la vendedora-. Nos lo llevamos.
Ella se compró dos extravagantes horquillas decoradas con mariposas de brillantes perlas de cristal. Vitória trató de disimular su asombro. ¿Qué le ocurría a su madre?
Siguieron deambulando, desde la Rúa do Ouvidor hasta el Largo do Paco, la Rúa da Misericordia, el Largo da Carioca; por avenidas con tiendas escandalosamente caras y sucios callejones; por plazas inesperadamente silenciosas y calles comerciales donde reinaba el atronador griterío de los comerciantes negros. Compraron cigarros, gemelos y un paraguas con puño de plata para el senhor Eduardo, una botella de cristal con sus correspondientes copas de coñac para Pedro, una bolsa de tabaco y una pipa para Luiza, un cuello de encaje para Miranda y un almohadón para José.
Vitória habría seguido durante horas dando vueltas, pero dona Alma necesitaba un descanso. Se sentaron en la confeitaria Francisco, pidieron té y un bollo y charlaron sobre lo que habían visto como si fueran dos buenas amigas. Dona Alma estaba de tan buen humor que no sólo se reía de cualquier ridícula observación, sino que incluso pidió un licor. Eran las once y media.
– Mamae, ¿qué ocurre? La encuentro muy cambiada.
– ¿Qué va a pasar, niña? ¡Me estoy divirtiendo!
Se tomaron el licor y abandonaron el café un poco achispadas. En el exterior les cegó el sol.
– Creo que no tengo ni fuerzas ni apetito para comer con Pedro y contigo. Tomaré un coche hasta casa. Vete a buscar a Pedro y te vas sola con él. Luego vienes a casa. Tendrás que echarte la siesta para que esta tarde estés descansada y despierta.
– Sí, mae, la voy a echar de menos. Me ha gustado mucho nuestro paseo.
– Podemos repetirlo mañana, en otro barrio. A lo mejor podemos ir por Gloria.
– Sería estupendo.
Vitória lo pensaba realmente. Pocas veces se había sentido tan a gusto con su madre como esa mañana, y quería disfrutar de ello.
Vitória bajó del coche de un salto delante de la oficina del comissionista Ferreira. Saludó a su madre con la mano mientras desaparecía por la esquina. Luego miró por la ventana de la oficina de Ferreira. Se protegió los ojos con la mano para poder apreciar algo en la penumbra del interior. Estaba vacía, no había nadie ni siquiera en el mostrador de la entrada. Faltaba una hora hasta la cita con Pedro, y quería aprovechar ese tiempo mejor que esperando a su hermano o charlando con uno de sus colegas. En cuanto entrara en la oficina y sonara la campanilla de la puerta saldría irremediablemente alguien a ocuparse de ella. No se veían muy a menudo auténticas sinhazinhas por allí, y la hija de Eduardo da Silva merecía una atención especial. Tendría suerte si no era el mismísimo senhor Fernando el que se sintiera obligado a atenderla. Vitória no podía soportar su servil actitud, y su cara gorda le deprimía.
Miró a su alrededor. No, nadie había notado su presencia. Siguió andando hasta el siguiente cruce, donde giró a la izquierda. Recorrió la calle sin rumbo fijo, algo mareada por el calor y el licor, pero con una agradable sensación que hacía tiempo que no sentía. Nadie la conocía, nadie se interesaba por ella. La gente pasaba a su lado como si fuera una de ellos. ¡Consideraban a Vitória Catarina Elisabete da Silva e Moraes como una carioca! Naturalmente, sólo las muchachas de la provincia iban por la ciudad acompañadas por su madre o sus viejas amas negras. Las mujeres modernas ya no causaban sensación si iban solas por la calle.
Vitória no tenía mucho dinero. En el valle del Paraíba era muy conocida y no tenía que pagar en ninguna tienda. Y en la ciudad siempre pagaban su madre o su hermano por ella. Así pues, no podía pensar en comprar mucho. Pero no importaba. Se conformaba con ver escaparates. En una zapatería se probó unas botas que en sus delicados pies quedaban muy bien, pero que no podía pagar. En una perfumería francesa vio con admiración una selección de delicados jabones. Probó diversas colonias y al final le dijo al vendedor que era incapaz de decidirse por un perfume concreto. En un puesto callejero estuvo a punto de comprarse un bollo frito en aceite, pero se acordó de la inminente comida con Pedro y desistió.
Finalmente entró en una librería cuyo surtido la dejó asombrada. ¡La tienda era más grande que la Livraria Universal de Vassouras y el negocio de las hermanas Lobos de Valença juntos! Tenían todo tipo de libros de fotografías, literatura especializada en todos los ámbitos académicos, poesía italiana, novelas alemanas, libros de historia portugueses, libros de política ingleses, cuentos americanos… casi todo lo que un bibliófilo pudiera desear. Vitória no era una gran lectora, pues en Boavista no tenía muchas ocasiones para leer. Pero la gran variedad, el olor del papel, la gran cantidad de conocimientos recogidos en los libros, la impresionaban. Hojeaba algunos volúmenes que estaban sobre una mesa en el centro de la tienda, cuando un dependiente se le acercó.
– ¿Busca algo concreto?
– ¡Oh, yo… no, nada concreto! -Como el vendedor no se marchaba, añadió-: Quizás una novela actual.
– ¿Una obra del naturalismo francés o quizás algo del romanticismo?
Vitória no sabía qué significaba lo del naturalismo francés, pero dicho por el vendedor sonaba casi obsceno. Por otro lado: qué importaba si aquí, donde no la conocía nadie, preguntaba por un libro indecoroso.
– Me gusta más el naturalismo.
El dependiente le rogó que le siguiera hasta una estantería que estaba justo a la entrada. «El naturalismo no puede ser tan malo, -pensó Vitória-, las obras poco aconsejables suelen estar más escondidas».
El hombre le dio un libro titulado Germinal, de Émile Zola.
– Esta obra acaba de salir. Se considera la obra maestra de Zola y en Europa está causando furor.
Como a Vitória le sonaba el nombre del autor, decidió comprar el libro. Una obra como aquella, que “en Europa está causando furor”, tardaría al menos dos años en llegar al valle. Vitória echó un vistazo a los demás libros de la estantería. El vendedor la observó y por fin dijo:
– Aquí tenemos los autores que hacen crítica social. Marx, Mili, Castro y demás.