La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Éste -dijo Lulu-, es Gregorio. Él os enseñará todo y os explicará lo que haga falta. Es algo así como un capataz. Pues aunque dejéis de ser esclavos tenéis que seguir una serie de reglas precisas. Mejor haced lo que él os diga.
Gregorio se volvió hacia los recién llegados.
– Bienvenidos a Esperança. Veo el desencanto en vuestras caras, pero creedme: en cuanto hayáis comido y dormido veréis esto mucho mejor. Y cuando hayáis recibido vuestro primer salario desaparecerá toda nostalgia rápidamente. Aquí vivimos unas ciento cincuenta personas, todos antiguos esclavos. Cada uno de nosotros sabe cómo os sentís ahora. Pero ninguno de nosotros lamenta la decisión tomada.
El hombre de pelo blanco contempló despacio las caras de los recién llegados. Su mirada se clavó en Félix, que a su vez observaba fijamente al anciano. ¡Qué figura tan cómica la que contemplaba, con aquel raído gabán rojo y los gastados zapatos que alguna vez fueron de charol!
– Eh, tú, ¿qué miras embobado?
Félix se sintió atrapado. Encogió los hombros y mediante gestos dio a entender que no podía hablar.
– Tú debes ser el muchacho de Boavista, ¿no?
Félix asintió.
– ¿Pero aparte de la voz no te falta nada más, no?
Félix negó con la cabeza. Primero se palpó la frente y luego señaló sus bíceps.
– ¡Aja, te consideras astuto y fuerte! Eso está bien, necesitamos gente así. ¿Cuántos años tienes?
Si ahora Félix era sincero y contestaba catorce, iba a perder dinero. Había oído que el trabajo no era el único requisito para recibir un salario, también contaba la edad. Le enseñó al anciano primero diez dedos y luego seis. Aquello lo podrían aceptar.
– Aquí no necesitamos mentirosos.
Gregorio dirigió una penetrante mirada a Félix y se volvió hacia los demás.
– Para llegar hasta aquí habéis tenido que mentir. Tendréis que seguir mintiendo para no poner en peligro vuestra libertad. Pero no os atreváis a decir mentiras en Esperança. Y sobre todo tenéis que ser sinceros conmigo. Sé más sobre vosotros de lo que os creéis. Os conozco mejor de lo que os conocéis vosotros mismos. Quien se atreva a decir una mentira, lo va a tener aquí muy difícil. ¿Lo habéis entendido?
Todos asintieron.
– Ahora podéis descansar. Margarida enseñará a las mujeres sus alojamientos, los hombres seguirán a Carlos.
Mientras seguían al hombre, un muchacho se acercó a Félix y, en voz baja, le preguntó su verdadera edad. Félix le mostró catorce dedos.
– ¿Tienes catorce? ¡Jesús! Te he estado observando durante todo el camino. Estás realmente crecido. Y eres valiente.
Félix miró con tristeza al chico. Su valor le había abandonado en el momento en que Gregorio le había pillado mintiendo. Iba a ganar menos que muchos otros, aun cuando trabajara igual de bien, y también iba a estar más expuesto a las burlas, pues los hombres preferían fastidiar a los más jóvenes antes que a los de su misma edad. Con catorce años todavía te consideraban un niño, con dieciséis un hombre.
El alojamiento era sumamente rudimentario. Un gran barracón de una planta había sido dividido, mediante sencillos paneles de madera, en dos docenas de habitaciones. En cada una de ellas se instalaban tres o cuatro hombres. El suelo estaba cubierto de paja, y como colchón utilizaban sacos de café llenos también de paja. Carlos asignó a Félix y al otro muchacho, Lauro, el cuarto más pequeño.
– Aquí viviréis vosotros, junto con Guga y Matías. Los dos son de vuestra edad. Dentro de unas dos horas volverán de los campos y os explicarán cómo funcionan aquí las cosas.
Después, Carlos le entregó a ambos una bolsa con comida.
– Con esto tenéis suficiente para hoy.
Félix abrió la bolsa. Dentro había pan, un trozo de queso, una naranja y un plátano, además de arroz, alubias y una loncha de tocino. Pero sin utensilios de cocina no los podrían cocinar. Se comió con fruición el pan y el queso. Lauro hizo lo mismo.
– Esto me gusta. ¡Tocino! Y un cuarto para cuatro. En Santa Clara no teníamos esto.
Félix le envidiaba. Él encontraba insuficiente tanto la ración de comida como el alojamiento. Pero tendría que acostumbrarse. De todo el grupo con el que había llegado hasta aquí, él era el único que había trabajado dentro de la casa. Pero no tenía intención de contárselo a nadie, ya que se le echarían encima como fieras. La rivalidad entre los esclavos que trabajaban en la casa y los del campo era enorme, y Félix suponía que la libertad no iba a cambiar nada al respecto.
En cuanto terminó la frugal comida le entró un gran cansancio. Juntó tres sacos para poder tumbarse cómodamente en ellos y se quedó dormido. Dos horas después le despertaron sin ningún miramiento.
– ¡Eh, tú, estás en mi cama! -le recriminó un corpulento mulato al que Félix calculó pocos años más que él. Félix le miró entornando los ojos, bostezó y no se movió de su sitio. Estaba tan agotado que tenía la sensación de que nunca más iba a poder levantarse. Pero cuando el chico le empujó hacia un lado, Félix se incorporó.
– No lo vuelvas a hacer, ¿entendido? Ése de ahí -dijo, señalando a una esquina en la que había algo de paja-, es tu sitio.
A Lauro también le habían despertado y echado de su cama.
– ¿Queréis todos los sacos para vosotros y que nosotros nos tumbemos sobre estos restos de paja sucia? Ni hablar. -Diciendo esto, Lauro tomó un saco de café llevándolo a la esquina que le habían señalado.
– Aquí es lo que se suele hacer. Nosotros tenemos derechos de antigüedad -respondió el gordo, al que se había unido otro chico, musculoso y más negro que el azabache, con un aspecto algo salvaje que no invitaba a bromas. Félix se sentó en la esquina asignada, pero Lauro todavía no estaba conforme con aquella injusticia. Les gritó e insultó a los dos, hasta que el gordo le dio un empujón y le quitó los sacos. Félix sabía que la situación iba a empeorar, y permaneció quieto en su rincón. No sería buen presagio empezar el primer día con una trifulca. Pero Lauro continuaba gritando cada vez más alto, hasta que finalmente le dio un empujón al gordo y los dos muchachos cayeron encima de él. El gordo sujetaba fuerte a Lauro mientras el musculoso le golpeaba de forma brutal en el estómago, en la cara y entre las piernas. Lauro gemía de dolor. Aquello era demasiado para Félix. De buena gana habría gritado pidiendo ayuda o chillado a los dos chicos, pero ambas cosas habrían sido inútiles. A los hombres del barracón no parecía importarles lo que pasara en las demás habitaciones, aunque se oyera cualquier murmullo a través de los delgados paneles. Así que el propio Félix tuvo que intervenir. Saltó como un rayo, y antes de que el gordo pudiera prevenir a su compinche, había metido sus dedos en los ojos del flaco. La situación cambió rápidamente a favor de Félix y Lauro. El flaco estaba fuera de combate; se retorcía y se tapaba los ojos. Al gordo le habían dado una buena tanda de golpes. Lauro miró a Félix. Su ojo izquierdo estaba tan hinchado que apenas podía ver, pero no pareció importarle ni disminuyó su alegría.
– Ven, tomaremos lo que nos corresponde.
Durante los días y semanas siguientes, la situación con respecto a la posesión de los sacos de café parecía haber quedado clara, pero se notaba tensión en el ambiente. Guga, el gordo, y Matías, el flaco, provocaban a los nuevos inquilinos en cuanto tenían ocasión. Les robaban sus raciones de comida, boicoteaban su trabajo y difundían horribles mentiras sobre ellos. Félix y Lauro no podían esperar que nadie les ayudara. Era como había dicho Carlos: ya no eran esclavos, pero tampoco eran señores. En Esperança aprenderían a pensar y actuar por sí mismos, para estar preparados para cuando salieran de allí. Ningún negro se quedaba más de un año. Después de ese tiempo y provisto de documentación falsa, zapatos, alguna formación y algo de dinero, pasaba a vivir en verdadera libertad. Cuando llegaron allí, Gregorio les había dejado muy claro que sólo uno entre mil tenía la capacidad necesaria para ganarse la vida honradamente en el mundo exterior.