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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Capítulo seis

El suelo estaba seco y duro. Las piedras que sobresalían del barro reseco se clavaban en los pies a cada paso. Después de llevar dos días andando, Félix tenía tales heridas que, para poder continuar, tuvo que romper su camisa y utilizar las tiras de tela como improvisado vendaje. Casi echaba de menos el pantano que habían atravesado. Allí los pies casi no habían sufrido. Pero no: el pantano tenía otros tormentos que no quería volver a pasar. ¡Qué rápido se olvida todo cuando surgen nuevas calamidades! Llevaban ya cinco días de camino. A Félix le dolían todos los huesos y, como su piel ya no estaba acostumbrada al sol intenso, se le estaba pelando la nariz. Los labios se le habían agrietado, y había un suplicio añadido: las picaduras de los insectos, ya que los cuerpos sudorosos suponían un festín para ellos.

Sin embargo, peor que a Félix les iba a las mujeres que tenían que cargar con sus hijos, algunos de ellos todavía bebés, y a los ancianos, que ya no tenían buenas piernas. Pero no eran muchos. La mayor parte de las treinta personas que componían el grupo eran jóvenes y fuertes. Fueran jóvenes o mayores, hombres o mujeres, todos tenían algo en común: querían escapar de la esclavitud. A cualquier precio. Aunque para ello tuvieran que caminar durante días por terrenos impracticables y sufrir penalidades, aunque tuvieran que vivir el resto de su vida con el temor de ser descubiertos: querían conseguirlo.

Cuando Félix pidió al famoso abolicionista León Castro que le ayudara a huir, estaba convencido de que podría afrontar cualquier cosa con tal de alcanzar la libertad. Ahora, después de la agotadora marcha por el interior de la provincia de Río de Janeiro y de las cuatro insoportables noches que habían pasado durmiendo sobre el polvoriento suelo de algún granero o incluso a cielo abierto, no estaba tan seguro. ¿Por qué había abandonado el confort del pequeño cuarto que compartía con José, el cochero? ¿Cómo podía haber renunciado a los privilegios de que disfrutaba en Boavista por aquel viaje hacia la incertidumbre? Ya empezaba a echar de menos a su amigo Betinho, que tan bien tocaba la flauta, así como los cuidados maternales de Mariana. Añoraba los sonidos de la fazenda en la que había nacido, los gritos de Pereira en el patio, los relinchos de los caballos, el regreso de los esclavos de los campos, siempre acompañado de cánticos, las groseras rabietas de la vieja Zélia, que resonaban incluso en la casa grande. Ahora, tanto de día como de noche, estuvieran andando o descansando, sólo se oían apagados murmullos, nada de música, ninguna palabra más fuerte que otra. El silencio del miedo.

Incluso el llanto de los bebés era más tenue, como si también fueran perdiendo fuerzas. Las fatigas de la marcha y la escasa dieta estaban debilitando a todos. Desde que había escapado, Félix sólo había comido las tortas secas de maíz que las mujeres cocinaban cuando se detenían. Del armadillo que tres muchachos habían cazado en el bosque casi no había tocado nada, y no conocían los frutos de los árboles por lo que nadie se atrevía a probarlos. Con gran tristeza, Félix se dio cuenta de que los restos de la comida de los amos que Luiza le calentaba en la cocina eran mejor que todo lo que pudiera comer en un futuro. Se le hacía la boca agua sólo con pensar en pasteles de carne, sopas y asados.

Ninguno de los compañeros de viaje de Félix había comido en su vida otra cosa que lo que se cultivaba en las fazendas. Ninguno de ellos había vivido en libertad, ninguno había tenido que tomar decisión alguna ni había tenido que luchar por su supervivencia en un entorno hostil. El único que podría hacer frente a circunstancias adversas era Zé, el guía. Aquel negro enorme, con la cara marcada por la viruela, era el intermediario de León Castro y tenía que conducir a aquella penosa caravana desde Vassouras hasta Caxambú. Allí, otro guía les llevaría hasta Três Coraçoes, su destino final. Zé tampoco se fiaba de las plantas del bosque. «Según el dono podéis comer ése de ahí, -decía señalando un fruto redondo de corteza espinosa-, pero si queréis mi opinión, mejor no lo comáis, ya que os dejaréis las tripas por el camino», finalizaba echándose a reír estruendosamente.

Nadie comió de aquel fruto. En todo lo demás también seguían los consejos de Zé, aunque Félix pensaba que éstos no eran consecuencia de su experiencia como hombre libre, sino de su escasa inteligencia. Al fin y al cabo, seguía siendo un antiguo esclavo al que se le notaba cierta inseguridad, a pesar de su aspecto imponente y gigantesco. Zé no les dejaba lavarse, ya que consideraba la limpieza como un signo de afeminamiento, una característica propia de los blancos. Con frecuencia, su camino discurría a lo largo de algún río, pero Zé también les prohibió pescar, ya que según él en todos los ríos existían corrientes traicioneras. Además, como no tenían gallinas para ofrecer en sacrificio, todas las noches les obligaba a enterrar por lo menos una pluma de ave delante de él pronunciando misteriosos conjuros. Era una de las pocas ocasiones en las que a Félix no le importaba ser mudo.

Félix no conocía los rituales de Zé. Las reuniones secretas para adorar a divinidades africanas que se celebraban en Boavista y a las que a él, por ser mudo, le permitían asistir, seguían normas muy distintas. Sin embargo, nada le sorprendía. Los esclavos habían sido llevados a Brasil desde diversos países de África, y los diferentes cultos habían ido evolucionando de mil formas con el paso de los años. Quién sabe, quizá Zé había enriquecido su ceremonia con ritos de los indios. Después de todo, Esperança, el final de su viaje, estaba situada en el centro del territorio guaraní.

La mayoría de sus compañeros estaban contentos con los ritos realizados por Zé. Toda ayuda era bienvenida, aunque procediera de divinidades indias. ¿Y dónde iban a vivir los dioses si no era aquí, en las empinadas laderas de la Sierra de Mantiqueira, cubiertas de verde y en las que parecía percibirse la presencia de inquietantes criaturas? Incluso el pragmático Félix creía sentir el aliento de una presencia sobrenatural, pero él pedía ayuda al dios de los blancos. Mentalmente rezó tantos Padrenuestros y Avemarías como no lo había hecho jamás en su vida. Y con éxito: cuando un día les detuvo una patrulla del emperador y les preguntó por el objetivo de su viaje, sus silenciosos rezos debieron contribuir a convencer a los soldados de la legalidad de su viaje:

– Todos son esclavos del senhor Azevedo -les explicó Zé, y sacó del bolsillo un escrito aparentemente oficial. En él se decía que el senhor Azevedo, dueño de la fazenda Santa María, era un famoso veterano de la guerra de Paraguay y, por tanto, un buen amigo del emperador, y enviaba aquellos esclavos, a los que conocía por su nombre, a su hija y su yerno, que necesitaban con urgencia más braceros en su fazenda de Minas Gerais.

Los soldados se mostraron escépticos, revisaron el documento y preguntaron algunos detalles a Zé. Llegaron a hablar incluso con algunos esclavos, confiando en que éstos revelarían los verdaderos motivos del viaje. Existían muchos esclavos fugitivos y la recompensa por su captura era considerable.

Pero después de un interrogatorio de media hora los soldados no pudieron encontrar ningún detalle que contradijera la versión de Zé y se despidieron. Félix se santiguó.

Al undécimo día llegaron a Esperança. A primera vista, la fazenda no hacía honor a su nombre. La casa grande era más pequeña de lo que Félix estaba acostumbrado a ver en el Valle de Paraíba. No había un paseo con palmeras reales ni se veía signo alguno de riqueza. ¿Tendrían que quedarse en una finca tan pobre? Las senzalas parecían miserables, y por todas partes abundaban las malas hierbas. Ante la puerta de la casa había un desvencijado carruaje de caballos que acentuaba la impresión de pobreza. La única persona que se alegró de llegar allí fue Lulu, su guía durante la última parte del trayecto. Abrazó con cariño a un viejo mulato que no parecía pertenecer al lugar.

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