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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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A Vitória le sorprendió el triste semblante de su madre, pero no se atrevió a preguntar por la causa. Además, no quería que le fastidiaran aquel momento. Durante semanas había interpretado el papel de hija modelo, se había volcado en su trabajo, había mejorado en sus estudios de piano y había confesado pequeñas faltas al Padre Paulo… hasta que sus padres tuvieron compasión: antes de Navidad podría ir unos días a Río para comprar los regalos. Había tenido que utilizar toda su fuerza de persuasión para que su madre la acompañara. No es que Vitória valorara tanto la compañía de dona Alma; es que sin ella no la habrían dejado hacer el viaje.

Entre la muchedumbre del andén casi no vieron a Pedro.

– ¡Mae, Vita! ¡Estoy aquí!

Pedro saltaba y movía su sombrero. Ellas le perdieron de vista, pero él siguió saltando y diciendo sus nombres. Dona Alma pensó que le iban a tomar por loco, y se alegró cuando por fin pudieron saludarse.

– ¡Qué buen aspecto tiene, mae! ¡Y tú, Vita, estás todavía más guapa!

– Sí, sí, sí -dijo dona Alma enojada-, pero ahora sácanos cuanto antes de este horrible lugar.

Vitória no tenía tanta prisa en abandonar la estación. Le gustaba el gentío, el ajetreo y las miradas de admiración de los hombres. ¡Era la ciudad!

Delante de la estación tomaron un coche de alquiler. El cochero era muy descortés, y Vitória sospechó que se metía a propósito en todos los baches. Pero incluso eso le gustaba. Los habitantes de la ciudad eran más descarados que los del campo, eso era así. Fueron dando tumbos hacia Sao Cristóvao, adelantaron numerosos omnibuses -coches tirados por dos caballos en los que había sitio para unas quince personas-, pasaron ante imponentes edificios públicos y personas elegantemente vestidas que parecían tener mucha prisa. Vitória devoraba cada detalle que veía desde la ventanilla. Se contagió de la agitada actividad. Se sintió despierta, viva y con ganas de hacer muchas cosas.

La casa de Sao Cristóvao estaba en una estrecha calle sin salida. Al igual que las casas de alrededor, era relativamente estrecha y de tres pisos de altura. Estaba pintada de amarillo claro, y en la planta superior había unos balcones de hierro forjado con amplias puertas de dos hojas. La casa tenía un aspecto cuidado y podría pertenecer a un barrio elegante de Florencia, Niza o Lisboa. Lo único que indicaba que no estaban en Europa eran las dos negras con sus delantales recién almidonados que esperaban a la familia en la puerta.

– Maria do Céu, ¿eres tú? ¡Cielos, cómo has cambiado!

María do Céu hizo una educada reverencia.

– Sí, sinhazinha, usted tampoco está como la recordaba.

Ambas se echaron a reír. Dona Alma no entendía qué les hacía tanta gracia, y la madre de Maria do Céu se avergonzó de la insolente conducta de su hija. Dos años antes habían sido enviadas madre e hija a Sao Cristóvao para que cuidaran de la casa de la familia da Silva en la ciudad. Maria do Céu tenía entonces 13 años, y la niña de entonces de piernas y brazos larguiruchos, se había convertido en una linda jovencita. Y en alguien que no se mostraba demasiado servil ante sus señores. La mayor parte del tiempo estaban solas en la casa, y el joven señor no se ocupaba realmente de la educación de su personal mientras éste hiciera su trabajo correctamente.

– Sea bienvenida, sinhá dona Alma -dijo Maura haciendo una reverencia-. Entre cuanto antes, dentro se está más fresco.

Dona Alma entró en primer lugar, seguida de Vitória, Pedro y las dos esclavas.

– ¡Dios mío, Pedro! ¿Qué ha ocurrido aquí? -exclamó dona Alma cuando entraron en el salón. Vitória no entendía muy bien a qué se refería su madre. Hacía mucho tiempo que no iba a la casa, pero le parecía que la habitación estaba como siempre. Tenía claramente el sello de sus padres, con el papel pintado de rayas verde claro y beige, las pesadas cortinas de terciopelo, los ostentosos muebles estilo 1850 y las mullidas alfombras orientales. Vitória siguió la mirada de su madre y enseguida descubrió el cambio. Tres nuevos cuadros colgaban en la pared.

– El pintor se llama Van Gogh, es holandés -explicó Pedro, señalando un oscuro cuadro que mostraba a un hombre en un telar-. Éste otro -añadió refiriéndose a un cuadro con dos mujeres planchando-, se llama Edgar Degas. Y ese precioso cuadro del puente es de Paul Cézanne. Descubrí los tres cuadros en una pequeña galería de París durante el viaje que hice a Europa hace dos años. Estaban bien de precio. Me parecen maravillosos.

– Cada vintém que gastas en estos pintarrajos es dinero desperdiciado -dijo dona Alma enfadada-. Hazme un favor y quita esos cuadros de ahí mientras nosotras estemos en Río. No creo que al tejedor ni a las planchadoras se les haya perdido nada en nuestro salón.

Vitória tuvo que dar la razón a su madre, aunque le fascinaron los cuadros. Se propuso verlos con más detalle en otro momento.

Tras tomar un pequeño refrigerio subieron a sus habitaciones a descansar un poco después del agotador viaje. Pero Vitória no podía descansar. Estaba muy nerviosa. Tenía tantos planes para esos dos días que no podía perder el tiempo durmiendo. Eso podía hacerlo en Boavista. Se lavó, se cambió de ropa y bajó de nuevo al salón. Quería aprovechar para hablar con su hermano a solas.

Pedro estaba descolgando los cuadros.

– ¡Ay, Vita! No te envidio en absoluto. Creo que no podría soportar a mamae todos los días.

– Sí, tienes razón. Pero en este caso comprendo su reacción. Esos cuadros no pegan nada en una habitación como ésta.

– Si pudiera, cambiaría todo. Estos muebles viejos me deprimen. Luego te enseñaré mi cuarto, la única habitación de la casa que he decorado a mi gusto. Creo que te gustará.

– Sí, pero antes tienes que contarme todo lo que ha ocurrido desde que nos vimos la última vez. ¡Cielos, han pasado ya más de tres meses! ¿Qué hacen tus amigos Aaron, Joao Henrique y León? ¿Conoceré por fin a la famosa Joana de la que tanto hablabas en tu carta?, la única, debería darte vergüenza.

Vitória esperaba que mencionándolo de pasada no se hubiera notado demasiado su interés por León. Pero no era fácil engañar a Pedro.

– Vita, sé perfectamente lo que quieres saber. ¿No creerás que no me he enterado de tu castigo? El resto lo he deducido. A ver, ¿qué hay entre Aaron y tú?

Vitória se sorprendió. Luego se echó a reír hasta que se le saltaron las lágrimas.

– Nada, Pedrinho, nada en absoluto. ¿Cómo has podido pensar eso?

– Desde nuestra visita a Boavista, Aaron no ha parado de preguntarme por ti. Nada le parece banal, quiere saberlo todo. Creo que ya conoce cada detalle de tu vida.

– Pero aquello de la rana no se lo habrás contado, ¿no?

– Claro que no. Sabe que fuiste una niña muy mala, y también sabe que ahora eres una sinhazinha insoportable.

– ¡Pedro, cómo eres!

– Por favor, Vita, no tenía elección. Aaron está tan enamorado de ti que me persigue a todas horas y no me deja tranquilo hasta que le cuento alguna anécdota.

– ¡Pobrecillo!

– ¡Sí, el pobre! Puedo imaginar que tú no correspondes a su amor. A ti te gustan más los hombres del tipo de Edmundo Leite Corrêia o Rogério Vieira de Souto. Ricos fazendeiros con una buena genealogía católica.

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