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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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A Vitória le dio un vuelco el corazón.

– ¿Castro?

– Sí, las teorías abolicionistas de León Castro. Sus libros de poemas los tenemos en otro departamento.

– Ah, no sabía que Castro fuera también poeta. ¿Dónde decía usted que puedo encontrar su obra lírica?

En el suelo de madera de la librería los tacones de Vitória resonaron con demasiada fuerza para el silencio de la tienda. El vendedor se detuvo ante una estantería que ocupaba los cuatro metros de altura que había hasta el techo. Pensativo, se tocó la barbilla y entornando los ojos miró hacia arriba, hasta encontrar el estante en el que estaban los libros de Castro. Luego acercó una escalera con ruedas y se subió a ella. Un par de segundos después bajó con dos finos volúmenes bajo el brazo.

– Tus ojos son mi cielo es su última obra -explicó el vendedor-. Aunque es más conocido Sobre la luna.

A Vitória le habría gustado llevarse los dos. Pero después de calcular mentalmente de cuánto dinero disponía, se dio cuenta de que aparte del libro de Zola sólo podía comprar uno de los volúmenes de poesía.

Cuando abandonó la tienda, el sol de mediodía y el aire sofocante casi la dejan sin respiración. Con su paquete cuidadosamente envuelto bajo el brazo se dirigió al Hotel de France, que no estaba muy lejos.

Pedro ya estaba sentado en una mesa y le hizo un gesto con la mano en cuanto entró.

– ¿Dónde has dejado a mamae?

– Oh, estaba agotada de tanto callejear y se ha ido a Sao Cristóvao.

– ¿Y te ha dejado así, sola por la ciudad?

– Pedro, no te comportes como un senhor anticuado. -Vitória le contó lo que había hecho-. ¿Sabes? Ha sido estupendo. Poder caminar por las calles a mi antojo, sin tener en cuenta el ritmo o las preferencias de los demás ha sido sencillamente grandioso. Creo que voy a continuar mi pequeña exploración después de comer.

– Olvídalo. Las tiendas cierran ahora y no vuelven a abrir hasta las cuatro. Ninguna persona razonable vagaría voluntariamente por la calle a estas horas.

– Está bien, entonces me mezclaré con los poco razonables. Nadie lo notará -contestó Vitória riendo cuando vio la cara de sorpresa de su hermano-. No, Pedrinho, no temas. Me iré muy formalita a casa y me echaré una siesta reparadora. De hecho, estoy bastante cansada.

En realidad, lo que quería era leer cuanto antes el libro de poemas que había comprado, pero no se lo diría a nadie, ni siquiera a su querido hermano.

– ¿Qué es eso tan bonito que te has comprado? -preguntó Pedro, señalando el paquete que estaba sobre la mesa junto a Vitória.

– Ah, sólo dos novelas. Historias de amor, nada especial. Libros para mujeres, ya sabes.

Pedro la observó con curiosidad, pero no dijo nada más. No sabía que a su hermana le gustaran las lecturas frívolas.

Durante la comida hablaron sobre el trabajo de Pedro y las novedades de Boavista. A los dos les resultaba extraño que todavía no hubieran encontrado a Félix.

– No sé, Pedro, no puedo entender que un joven mudo de catorce años, y que encima ha recibido siempre un trato exquisito, escape así, sin más. Y tampoco me explico cómo es que todavía no lo han atrapado.

– Sí, es muy extraño. Incluso los hombres más listos son apresados, ¿y este joven tan inexperto lo va a conseguir?

– ¿No crees que se esconde algo detrás? Temo que esté muerto. Quizás se cayó al río, a lo mejor su cadáver ha quedado enterrado, yo que sé. Pero alguien como él no puede desaparecer así como así. Y la probabilidad de encontrarle disminuye cada día que pasa.

– Si está vivo, si realmente ha conseguido huir, tendrá cuidado para no caer en nuestras manos. Sabe lo que les pasa a los fugitivos que son encontrados.

– ¡Qué horrible! Vamos a hablar de otra cosa.

Pero la imagen de un joven atemorizado recibiendo latigazos casi hasta morir quedó grabada en su cabeza. Durante la comida, durante el camino de regreso a Sao Cristóvao e incluso mientras leía Tus ojos son mi cielo, seguía allí, como un velo que nublaba su buen ánimo. Únicamente cuando Vitória se quedó dormida, la imagen quedó borrada por los alegres colores de sus sueños.

Se despertó cuando el sol ya estaba bajo. Debían de ser más de las cinco. ¿Por qué no la había despertado nadie? Vitória se puso una bata y tiró del cordón que había junto a su cama, haciendo sonar una campanilla en la cocina. Poco después apareció Maria do Céu. Vitória le pidió que le llevara un café.

– ¿Qué ha sido de mi vestido? ¿Está ya planchado? Y el sombrero nuevo lo tenía dona Alma: tráemelo, por favor.

– El vestido está planchado en el armario, sinhá Vitória, y el sombrero lo he puesto también ahí.

– Eres un tesoro, Maria. ¿Me puedes ayudar luego con el peinado, o es mejor confiarlo a las manos expertas de tu madre?

– Yo le ayudaré con gusto a peinarse. Mamae le está arreglando el pelo a dona Alma y no le va a dar tiempo a peinarla a usted.

Cuando Maria do Céu volvió con el café, Vitória ya estaba sentada ante su tocador peinándose su larga cabellera. Maria cogió el cepillo y continuó con la tarea.

– Cuéntame, ¿con quién se reúne mi hermano cuando tiene visitas?

– Ah, casi siempre los mismos. Suele estar Joana da Torre, algunas veces acompañada de su hermano, Carlos da Torre. Ya sabe, ese loco que quiere volar. También suelen venir Joao Henrique de Barros, Aaron Nogueira, por supuesto, y algunas veces Floriano de Melo, un colega de su hermano. De vez en cuando vienen también León Castro y su Viúva-Negra.

– ¿La “Viuda Negra”? ¿Quién es ésa?

– ¿No ha oído nunca hablar de ella? Es la, ejem, acompañante del senhor Castro. Todos la llaman Viúva-Negra no sólo por el color de su piel, que para una mulata es bastante clara, sino porque siempre viste de negro. No sé si realmente es viuda.

– Pero tiene algo de araña venenosa, ¿no?

A Vitória se le escapó la malvada observación, pero enseguida se habría abofeteado por ello. Maria do Céu dejó de peinarla por un instante y la miró en el espejo con gesto interrogante.

– ¿La conoce?

– ¡Oh, no! ¿De qué?

– Realmente tiene algo de araña venenosa. Pero sólo se aprecia cuando se la conoce, más de cerca. A primera vista es cautivadora, sumamente encantadora, y parece tener mucha fuerza.

– ¡Aja! Pero, bueno, todo eso es intrascendente. Cuéntame algo de Joana.

– Es una auténtica dama. Es lista, cariñosa, justa y de gran corazón. Es la mejor mujer que su hermano podía encontrar.

– ¿Cómo es? Sólo he visto una fotografía suya, y al parecer no sale muy favorecida.

– No, la fotografía que está abajo sobre el escritorio no le hace justicia. No es tan bella como usted, naturalmente, pero tiene rasgos proporcionados, piel de alabastro y ojos cálidos. Creo que le gustará.

Mientras tanto, el pelo de Vitória había quedado ya suave y brillante. Maria do Céu pasó los dedos entre los mechones.

– ¿Cómo quiere llevar hoy el pelo?

– Si te atreves, hazme un moño muy extravagante. Quiero llevar el peinado más llamativo de Río, con diferencia. Tiene que adaptarse al sombrero, claro.

La muchacha pensó un momento, luego dividió el cabello de Vitória en mechones por debajo de la nuca y trenzó la mitad de ellos. Maria do Céu no dijo absolutamente nada sobre lo que iba a hacer. Después cogió un rizador y convirtió el resto de mechones en enormes tirabuzones. Vitória se miró en el espejo y pensó que estaba horrible. Pero decidió esperar hasta ver qué tenía pensado Maria do Céu: la chica era mañosa y conocía las modas de Río. Vitória cerró los ojos y dejó a la esclava hacer su trabajo. Su pensamiento se centró en todo lo que le había contado Maria do Céu, en especial en torno a la Viúva-Negra, la “Viuda Negra”. Debía tratarse de la misma mujer que Vitória había visto con León en Conservatoria. Por tanto, la primera impresión de Vitória no había estado tan equivocada: parecía ser algo más que una compañera de lucha contra la esclavitud. ¿Sería la amante de León? ¿O quizás incluso su novia? ¿Cómo podía tener entonces la desfachatez de cortejar a Vitória? ¿O tan sólo se lo había imaginado ella?

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