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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Aquel día Vitória puso una disculpa para no asistir a la cena: le dolía la cabeza y no tenía apetito. En realidad no le pasaba nada aparte de que tenía miedo a que su padre la sermoneara de nuevo. Seguro que su madre le había contado su atrevimiento, del que luego se arrepintió de corazón. Había ido demasiado lejos acusándola de escuchar a escondidas. Además temía que el Padre Paulo les hubiera contado cada sílaba de su conversación, con lo que su padre tendría motivos suficientes para reprenderla.

Vitória se sentó en su escritorio. Ante ella estaban las dos cartas que había recibido de León. La primera, la que había enseñado a Eufrasia, estaba ya sucia de tanto doblarla y desdoblarla, y en los pliegues el papel estaba tan blando que Vitória temía que se rompiera. En la segunda carta, muy breve, León le anunciaba que tenía previsto ir a Boavista después de la conferencia de Conservatoria. ¡Qué correspondencia más escasa! Pero Vitória la leía una y otra vez, interpretando de nuevo cada palabra, adivinando siempre nuevas intenciones. Estaba furiosa consigo misma porque ya no tenía la nota que él había dejado cuando Miranda mintió por ella. ¡Quién sabe qué mensajes secretos podría haber encontrado en ella!

Pero a Vitória le preocupaba más el correo que no había recibido. No había vuelto a saber nada de León desde que le había escrito diciéndole que no iría a Río. ¿Habría sido su carta quizás demasiado fría? ¿o se debería a que no había mencionado su humillante castigo y no había explicado el motivo de su ausencia? ¿habría llegado su respuesta a otras manos? Si sus padres le prohibían recibir visitas, podían también retener su correo.

Vitória oyó de pronto que la llamaban. Escondió rápidamente las dos cartas en un cajón del escritorio, fue hacia la puerta y pegó el oído para escuchar lo que ocurría en la casa. Dona Alma no consentiría jamás que se llamara a alguien a voces a no ser en circunstancias especiales.

– ¡Vita! -Su padre abrió la puerta, sobresaltándose al ver a Vitória tan cerca de él-. ¡Cielo santo, niña! ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no contestas?

– No me encuentro bien. No puedo comer nada.

– ¿Quién habla de comer? Félix ha desaparecido. ¿Tienes idea de dónde puede estar?

– En mi habitación seguro que no.

– Ahórrate tus descaradas observaciones. Ven al salón y escucha lo que dice José. Quizás a ti se te ocurra dónde puede estar el muchacho.

El cochero estaba en el centro de la habitación con la cabeza gacha y a punto de echarse a llorar.

– Le dejé en la farmacia. Debía recoger las medicinas para dona Alma y comprar luego los cuadernos de la sinhazinha en la tienda de música. Mientras tanto yo fui a la estación a recoger el paquete de las telas y cintas que usted encargó en Río. El muchacho debía ir a la estación, donde yo le esperaba con el coche. Pero no llegó. Esperé durante dos horas, luego recorrí toda la ciudad preguntando por Félix, pero nadie lo había visto. ¡Oh, cielos…!

– No te preocupes -dijo Vitória intentando calmar al viejo-, probablemente aparecerá en cualquier momento con una sonrisa malvada y una explicación plausible para su retraso. A lo mejor no te ha encontrado en la estación porque llegó cuando tú ya te habías ido. Puede que haya tenido que venir andando, y se lo tendría merecido.

Vitória no era tan optimista como parecía. A ella también le resultaba preocupante la desaparición de Félix. Nunca había ocurrido nada parecido, el muchacho siempre se había caracterizado por su formalidad. Y si realmente se encontraba en apuros, si había sido víctima de un robo o un accidente, tendría graves problemas para comunicarse. A la mañana siguiente tenía que ir alguien con José a la ciudad para seguir buscándole. A ser posible ella misma: se trataba de una situación excepcional en la que su padre no podía seguir manteniendo su castigo.

Mientras Vitória se iba sintiendo más animada a la vista de esta nueva perspectiva, José se desmoronaba cada vez más.

– Vita, piensa un poco. ¿Tenía que hacer quizás algún otro encargo tuyo? -preguntó Eduardo.

– ¡Hum! Aparte de los cuadernos de música y las telas no había ningún otro encargo. A lo mejor ha pasado por la pastelería. Dona Evelina le ha cogido cariño al muchacho y siempre le regala bombones y otros dulces. Pero eso no explicaría su desaparición.

– Sinhá Vitória, ya le he preguntado a dona Evelina. Por allí no le han visto -explicó José.

– Debe de haber escapado -dijo dona Alma, que hasta entonces había permanecido en silencio sentada en el sofá escuchando.

– No me lo puedo creer, mae. ¿Qué posibilidades tendría? Es muy listo, pero mudo. Enseguida le descubrirían.

– Ahora no podemos hacer nada más. Propongo que esperemos a mañana. Si Félix no ha aparecido a primera hora emprenderemos una búsqueda en toda regla. Tú, José, ven a la casa a las siete.

Eduardo despidió al cochero con una inclinación de cabeza.

José salió como si estuviera doblegado por el peso de la culpa que se atribuía sólo a sí mismo. En el fondo compartía la sospecha de dona Alma de que el joven habría intentado escapar, pero no hablaría de ello con nadie hasta no estar completamente seguro. En la habitación en la que vivía con Félix encontraría la prueba. Había una cosa que el muchacho guardaba como oro en paño. Si aquel objeto no estaba allí, sabría que Félix había escapado.

La puerta de la habitación crujió cuando Félix la abrió vacilante. Dejó la lámpara de aceite sobre una pequeña mesa desvencijada, corrió el cerrojo de la puerta y cerró las contraventanas. Luego se sentó sobre su cama, una sencilla estructura de hierro con un colchón de paja encima. No le gustaba rebuscar en el escondrijo de Félix. El joven guardaba aquel escondite en secreto, pero el viejo, que con los años dormía cada vez menos, había observado muchas veces cómo ocultaba sus tesoros en un hueco entre las maderas. Era reducido, pero suficiente para los pequeños objetos que tanto valoraba Félix. Había un par de monedas que había conseguido reunir de algunos recados, una piedra de extraña forma que se había encontrado, el diente de un puma que ganó una vez en una apuesta. Y también escondía allí una pequeña bolsa de cuero con un medallón de oro. Esta joya era el único recuerdo que le quedaba de su madre, que murió de parto cuando él nació. Se lo había entregado su padre, cuya identidad no pudo aclarar nunca Félix. Pero el medallón era de tal valor que debía de tratarse de un caballero de la alta sociedad. Luiza se lo había guardado hasta que cumplió los doce años. «Toma, jovencito, esto era de tu madre. Ya eres bastante mayor para guardarlo tú mismo».

De vez en cuando Félix miraba el medallón con gran respeto. José le había enseñado cómo se abría. Cuando se levantó la tapa, Félix se sobresaltó. Pasado el primer susto, examinó la joya con detenimiento. En su interior, a ambos lados, había una pequeña fotografía ovalada. Pero con el tiempo las fotos se habían llenado de manchas. Casi no se podía apreciar nada, excepto que se trataba de un hombre con uniforme de gala y un sable poco común y de una mujer de piel oscura. Sus padres.

José se levantó de la cama suspirando. Tenía que mirar, si no la desaparición de Félix no le iba a dejar tranquilo. Se puso de pie sobre la cama del joven para llegar al escondite. Enseguida tocó una caja. La cogió y se sentó para mirar en su interior. La piedra estaba allí, pero el diente, las monedas y el medallón habían desaparecido. A José, que apenas recordaba cuándo había llorado por última vez, se le inundaron los ojos de lágrimas.

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