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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– El conocimiento es poder -les dijo dona Doralice-, por eso los blancos os niegan la educación. Quien sepa leer y esté al día con las lecturas de libros y periódicos, puede tener ideas que no gustan a los blancos.

«Pero a ellos también les beneficiaría, -escribió Félix en su pizarra-. Pueden emplear esclavos en la administración».

Fernanda le miró como si no estuviera en su sano juicio.

– ¿Por qué tendrían que colocar a alguien como tú en la administración? ¿Para que puedas ver sus libros y enterarte de cuánto ganan?

«¿Por qué no? No es ningún secreto que son ricos».

– Ellos temen -contestó Fernanda- que alguno de nosotros sea lo suficientemente astuto para engañarles.

Le guiñó un ojo a Félix con complicidad. Él contestó con una sonrisa. Era la primera vez que entre ellos había algo parecido a un entendimiento amistoso. Ellos dos, y así lo reconocían incluso, en su mutua rivalidad, eran lo suficientemente listos como para vencer a los blancos con sus propias armas. Que lo lograran era otra cosa.

Dona Doralice estaba orgullosa de sus alumnos. En un primer momento había fomentado la competencia entre ellos, porque así avanzaban más deprisa. ¿Cómo podía hacerles ver ahora que los negros tenían que permanecer unidos ante cualquier circunstancia, fuera cual fuera su sexo o su edad, y que unidos serían más fuertes que separados? Félix parecía no tomar en serio a Fernanda porque era una chica, y Fernanda consideraba a Félix un tonto mucho más inmaduro que ella.

– Vosotros sois más listos que los demás -les dijo un día dona Doralice con semblante serio-, pero sois tan tontos que os hacéis la vida imposible el uno al otro. Como si no fuera ya bastante difícil, especialmente para vosotros. Yo sé que los demás se meten con vosotros, que apenas tenéis amigos aquí. La única persona que os podría liberar de esta soledad la tenéis sentada enfrente todos los días.

Félix y Fernanda miraron confusos el pupitre que tenía cada uno frente a sí e hicieron como si las iniciales y los símbolos allí grabados fuera lo único digno de su atención. Finalmente Fernanda hizo un esfuerzo. Miró hacia arriba y subió los hombros.

– Dona Doralice, con todos mis respetos, pero ¿qué cree usted que dirían los demás si fuéramos buenos amigos? Nos considerarían una pareja y nos darían la lata con ello. Y, sinceramente: no quiero que me atribuyan tan mal gusto como para salir con este niño.

– Este niño, como tú le llamas, querida Fernanda, es hoy por hoy la única persona en esta fazenda que te puede echar una mano. Yo sé que añoras a tu amiga Lidia, y yo sé que ningún hombre, joven o mayor, puede sustituir la amistad con otra muchacha. Pero Lidia ya no está aquí, y una cosa al menos tendrías que haber aprendido: si no puedes cambiar las circunstancias, al menos saca lo mejor de ellas.

– Lo mejor sería no tener que soportar todos los días a este estúpido chico.

Dona Doralice miró enojada a Fernanda.

– ¡Si eso es lo que quieres! Estás dispensada de venir a clase durante las dos próximas semanas. En el lavadero tendrás oportunidad de pensar sobre tu impertinencia.

Fernanda se disponía a contestar, pero se lo pensó mejor. Recogió sus cosas y levantándose con tanta brusquedad que tiró la silla, salió de la habitación. Detrás quedó un incómodo silencio en el que Félix y dona Doralice se miraron sintiéndose culpables.

Félix sintió compasión por Fernanda. La veía con las demás mujeres delante del lavadero, donde retorcían la colada y la colgaban para que se secase. Veía las enormes manos de Fernanda, que no estaban acostumbradas a aquel trabajo ni al jabón de sosa. Sabía cómo sufría, no sólo porque se burlaban de ella, sino porque estaba perdiendo clases y él iba a avanzar tanto que luego ella no iba a poder alcanzarle. A veces la veía sentada delante del barracón de las mujeres leyendo con empeño y bostezando con disimulo. Pasada una semana Félix tuvo que reconocer que la echaba de menos. Las clases no tenían la misma gracia sin su rival. Además, consideraba demasiado duro aquel castigo. Al fin y al cabo lo único que había hecho Fernanda era decir la verdad. Él, sin embargo, no había tenido valor para manifestar su opinión, que no difería mucho de la de Fernanda.

Reunió todo el valor que pudo y se dirigió al lavadero.

– ¡Quita de mi camino, sapo! -le gritó Fernanda cuando se acercó.

Félix le dio a entender que quería ayudarla. Retorcer la colada sería más fácil si él colaboraba.

– ¡Te diviertes mucho con mi situación! -Ella le empujó a un lado de muy mal humor.

Pero Félix insistió tanto y con tal mirada de perro, que Fernanda finalmente se echó a reír.

– Está bien, si quieres que se burlen de ti por hacer un trabajo de mujeres… Mira, puedes llevar esto detrás de la casa.

Y le señaló una enorme cuba llena de ropa ya lavada. El lado sur del barracón era menos polvoriento, por lo que era allí donde se tendía la colada. También en esto le ayudó Félix, ya que al ser más alto le resultaba más fácil prender las piezas grandes en las cuerdas altas.

A partir de ese día Félix y Fernanda se volvieron inseparables. Siguieron peleando con frecuencia, y en las clases seguían rivalizando entre sí, pero estudiaban juntos y compartían todo el tiempo libre que pudieran tener. Aunque les habían inculcado que a ser posible no pensaran en sus tiempos de esclavitud, y mucho menos hablaran de ello, Félix y Fernanda se solían sentar a la sombra de un jambeiro y se entregaban a sus recuerdos. La nostalgia se hizo más llevadera al poder compartirla con alguien que había vivido experiencias similares. No se les pasaba por la cabeza que algún día añorarían con la misma fuerza su vida de entonces en Esperança.

Capítulo siete

Dona Alma miró melancólica por la ventana. Era el primer viaje que hacía en cinco años. Se había alegrado más de lo que aparentaba ante su marido o su hija, pero ahora, a medida que se acercaban inexorablemente a su destino, le había invadido una extraña tristeza. Mientras se encontraba en Boavista, donde todo seguía su curso habitual, las monótonas ocupaciones de cada día evitaban que pensara en su propia vida. Se había conformado con su destino, que era mucho menos esplendoroso de lo que parecía visto desde fuera. Ser la señora de una gran fazenda de café significaba, sobre todo, mucho trabajo y preocupaciones. Aunque Vitória hubiera asumido muchas de sus responsabilidades, dona Alma se ocupaba de ciertos problemas de la vida diaria más de lo que era habitual en cualquier otra senhora. La calidad del suelo, los esclavos rebeldes o los animales enfermos… estos eran los temas que predominaban en las conversaciones y los pensamientos de la familia. Sobre poesía, arte o música, sobre vestidos carísimos o detalles picantes de las intrigas palaciegas apenas se hablaba entre los da Silva. Sólo en contadas ocasiones, cuando había una visita notable o se daba una gran fiesta, asumía dona Alma el papel de la dama mundana con la que hacía mucho tiempo que ya no se identificaba.

En algún momento de aquellos últimos veinticinco años se había transformado de aristócrata en campesina. Había perdido su juventud, su viveza, su despreocupado convencimiento de que estaba destinada a algo mejor. Y había ocurrido sin que se diera cuenta. Aquel viaje le hacía ver a dona Alma lo mucho que había cambiado. En circunstancias similares antes se habría sentido como una reina que se digna a dejar el aislamiento libremente elegido de su palacio para ser aclamada por su pueblo. Ahora se sentía como la reina madre destronada que ha estado demasiado tiempo encerrada en una torre y que ya no sabe estar en público. Dona Alma tenía miedo.

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